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Yucatán

En Yucatán, solo siete de cada 100 campesinos utilizan semillas de maíz mejoradas

Un estudio reciente realizado en la región lo confirma con una cifra que incomoda: sólo el 7.1 por ciento de los agricultores peninsulares ha adoptado plenamente las semillas mejoradas.

Sólo 7 de cada 100 agricultores peninsulares han adoptado plenamente las semillas mejoradas del Inifap
Sólo 7 de cada 100 agricultores peninsulares han adoptado plenamente las semillas mejoradas del Inifap / Especial

Cuando Lorenzo lleva al mercado su maíz blanco, no lleva sólo granos. Lleva el nombre que su padre le enseñó para esa planta, el ritual que abre la temporada de siembra, el sabor que su familia reconoce desde la tortilla hasta el pozol. Por eso, cuando un técnico llega a su comunidad a ofrecerle una semilla “mejorada”, Lorenzo escucha con cortesía y luego hace lo que ha hecho siempre: siembra la suya.

Esta escena, repetida en cientos de ejidos y comunidades de la Península de Yucatán, es el corazón de un problema que la ciencia agrícola lleva décadas intentando resolver. Un estudio reciente realizado en la región lo confirma con una cifra que incomoda: sólo el 7.1 por ciento de los agricultores peninsulares ha adoptado plenamente las semillas mejoradas del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (Inifap). No es ignorancia. No es terquedad. Es algo mucho más complejo.

La milpa no es sólo un campo, es una civilización

Para entender por qué una semilla puede ser rechazada aunque produzca más, hay que entender primero qué es la milpa en Yucatán. No es una técnica de cultivo. Es un sistema de vida. Los más de 36 mil 481 agricultores de maíz registrados en el Programa Producción para el Bienestar cultivan 250 mil 298 hectáreas en la Península –82.2 por ciento de maíz blanco y 17.8 de maíz amarillo, según el Censo Agropecuario 2022‒ pero lo hacen dentro de una lógica que el mercado no siempre comprende: la lógica de la reproducción propia, de la semilla guardada, de la variedad que tiene nombre en maya y que la abuela reconocería.

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El maíz aquí es pilar de la alimentación y de la economía local. Pero también es identidad. Y es precisamente esa identidad la que convierte cada decisión de siembra en un acto que va mucho más allá de la agronomía.

Los agricultores peninsulares, cuando evalúan una semilla, no preguntan sólo cuánto produce. Preguntan: ¿Resiste las plagas? ¿Cómo sabe? ¿Cuánto tiempo puedo guardarlo? ¿Aguanta la sequía? ¿Se acama con el viento? Son preguntas que revelan una sabiduría acumulada durante generaciones en un territorio donde el temporal puede ser brutal y donde el almacén de semillas es, literalmente, el seguro de vida de la familia.

Las barreras invisibles

El estudio identifica con claridad las razones por las que muchos agricultores inician el proceso de adopción de semillas mejoradas pero lo abandonan en el camino. No son razones irracionales. Son barreras muy concretas.

La primera es económica: las semillas mejoradas tienen un costo que muchas familias campesinas no pueden asumir, especialmente en las zonas más aisladas de la Península, donde el acceso al crédito es limitado y los márgenes de error son nulos. Una mala cosecha con semilla cara puede significar meses de hambre.

La segunda es de distribución: incluso quienes tienen dinero para comprar la semilla, a veces no saben dónde conseguirla. Los canales de comercialización no llegan a todas las comunidades, y la información disponible es escasa o poco confiable.

La tercera barrera es más sutil pero igualmente poderosa: el desconocimiento técnico. El estudio revela que un 25 por ciento de las semillas mejoradas utilizadas por agricultores locales fue generado para otras regiones del país. Eso significa que un cuarto de las semillas “recomendadas” no fueron diseñadas para el clima, el suelo ni el sistema productivo de Yucatán. Cuando una semilla foránea falla —porque no tolera la sequía peninsular o porque el grano no gusta en la tortilla local— el daño no es solo económico. Es de credibilidad. Y la credibilidad perdida tarda generaciones en recuperarse.

Cuando la ciencia aprendió maya

Frente a ese panorama, el Inifap tomó una decisión que parece sencilla pero que en el mundo de la investigación agrícola representa un giro importante: en lugar de insistir en que el agricultor adoptara lo que la ciencia producía, la ciencia comenzó a producir lo que el agricultor necesitaba.

El resultado son dos variedades de polinización libre que hoy se están abriendo paso en los campos peninsulares. La primera se llama Sac Beh –“camino blanco”, en maya‒ de grano blanco. La segunda, Nukuch Nah –“casa grande”–, de grano amarillo. Los nombres no son casualidad. Son una declaración de principios: estas semillas nacieron aquí, fueron pensadas para aquí y llevan nombres que el agricultor maya puede pronunciar con orgullo.

Ambas variedades tienen un origen criollo, lo que significa que se adaptan al sistema milpa de una manera que las semillas híbridas comerciales no logran replicar. Han sido multiplicadas durante varios años en el Sitio Experimental Uxmal, bajo la conducción del investigador Alejandro Cano González, con un objetivo específico: ponerlas al alcance de los pequeños y medianos productores, principalmente los del sistema milpa, a través de alianzas con actores locales que conocen el territorio y la confianza comunitaria.

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La estrategia funcionó. Los rendimientos se duplicaron en parcelas demostrativas. La variedad Nukuch Nah, validada recientemente en suelos mecanizables, alcanzó rendimientos medios de 5 toneladas por hectárea, lo que la convierte en una alternativa real para incrementar la producción de maíz amarillo en la región.

Un grano como puente entre mundos

El trabajo en campo fue más lejos que los laboratorios. El INIFAP organizó eventos demostrativos donde los agricultores no sólo observaban, sino que participaban activamente en la validación de los rendimientos. Y en esas parcelas demostrativas ocurrió algo que los datos no terminan de capturar: las mujeres agricultoras comenzaron a intervenir.

En la milpa peninsular, las mujeres han sido históricamente guardianas de la semilla. Son ellas quienes seleccionan, guardan y cuidan el material genético de una temporada a la siguiente. Incorporarlas a la validación no fue sólo un gesto de inclusión; fue una decisión técnicamente estratégica. Su aprobación es, en muchas comunidades, el aval más importante que una semilla puede recibir.

El reconocimiento llegó también desde fuera. El Sitio Experimental Uxmal ha recibido en los últimos años a agricultores franceses interesados en los modelos de producción de la región, en recorridos de campo que han colocado a las variedades peninsulares del Inifap en una conversación global sobre seguridad alimentaria y biodiversidad agrícola.

Ese reconocimiento internacional impulsó una nueva etapa. La demanda creciente por parte de los productores locales detonó proyectos adicionales de multiplicación de semillas de polinización libre: las variedades V 561, V 562 y VS 536 se suman ahora al catálogo disponible para los agricultores peninsulares.

El 7.1 por ciento que puede cambiar todo

El Inifap lleva desde su fundación acumulando un catálogo de 221 variedades de maíz registradas en el Catálogo Nacional de Variedades Vegetales, adaptadas a distintas condiciones agroecológicas del país. La pregunta que persiste es cómo hacer que ese conocimiento llegue hasta el último ejido de la Península, hasta el último agricultor que guarda su semilla en una bolsa de tela colgada del techo.

La respuesta no parece estar solo en la tecnología, sino en la confianza. En técnicos que hablen el idioma del agricultor ‒a veces literalmente. En canales de distribución que lleguen donde los caminos de terracería terminan. En semillas que se llamen Sac Beh y que una abuela pueda reconocer.

El 7.1 por ciento actual no es un fracaso. Es el punto de partida de un proceso que, como la milpa misma, requiere paciencia, conocimiento del terreno y respeto por lo que ya estaba ahí antes de que llegara cualquier técnico con una carpeta bajo el brazo.

Lorenzo, el agricultor del principio, quizá no sepa todavía qué es la Nukuch Nah. Pero si alguien llega a su parcela, le explica que la semilla fue creada para su suelo, que lleva nombre maya y que la probaron los agricultores de su región antes de recomendarla, probablemente pedirá que le dejen un poco para intentarlo.

Eso es exactamente lo que la ciencia aprendió a hacer. Llegar con semillas que recuerden quién eres.