Cultura

Viernes de Dolores

José Iván Borges Castillo*

Tradición de Yucatán

Por Viernes de Dolores se conoce el último viernes de Cuaresma, que antecede al Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa, consagrado por el sacro rito tridentino, más por la tradición, en honra de los llamados siete dolores de Nuestra Señora la Virgen María, conmemorando en especial el gran dolor de estar al pie de la cruz de su hijo moribundo.

Esta antigua costumbre esparcida por Europa se desarrolló fuertemente entre los españoles, aún quedan soberanos monumentos de esa devoción en las procesiones de Sevilla, mientras que en Yucatán, aquí en la América hispana, solo quedan vestigios. El Concilio Vaticano II consideró suplir las fiestas marianas consideradas como “duplicadas” y dio cuello con cuchillo bien afilado a esta fiesta, que era de mayor arraigo, siendo establecida la del 15 de septiembre, que también fue movida, pues originalmente se efectuaba el tercer domingo de dicho mes especial dedicación de la orden Servita y aprobada por el año de 1667.

A diferencia de otras regiones tanto del sureste mexicano, como de toda la América, el Viernes de Dolores en Yucatán se efectuaba de otro modo, un novenario a la Nuestra Señora de los Dolores, acompañada de la estricta abstinencia de carne. Aquí los altares barrocos de banderitas moradas, de naranjas agrias y demás no fueron conocidos. El altar de las Dolorosas era sencillo, velas votivas, flores sencillas de color oscuro, en preferencia aludiendo luto y dolor, y desde luego que la Virgen portara vestido de riguroso color negro.

Aquí todo es más parco, la Virgen es colocada al pie del presbiterio y con dos velas y escasas flores, vestida toda de luto, de negro riguroso o morado oscuro. Ocurre en Yucatán algo sumamente importante, las imágenes principales de la Virgen en las iglesias o capillas, en la cual giran las devociones de la comunidad bajo cualquiera de sus títulos o advocaciones, son vestidas de negro, así la Virgen de la Concepción de Bolón, Chumayel, Teabo o la Candelaria de Yaxkukul se troncan en dolorosas, que presiden los últimos días de Cuaresma y la Semana Santa. Es probable que la falta de imágenes de la Virgen Dolorosa en las comunidades favoreció esta práctica que se relegó probablemente cuando en la segunda mitad del siglo XIX, gracias a la bonanza que dejo el henequén, las iglesias de Yucatán se vieron favorecidas en sus ajuares y se consiguieron dolorosas donde no las había.

Las imágenes de la Virgen Dolorosa fueron llegando paulatinamente a las iglesias de Yucatán, como parte del aparato de teatro religioso, pedagogía de enseñanza de la doctrina cristiana, auxiliar para impresionar a los indígenas en las procesiones por las plazas de los pueblos de sepulcros donde yace un Cristo articulado y detrás va una Virgen bandoleándose entre las cabezas de los fieles, con señales en el rostro de dolor y amargura que por el barniz de su pintura a la luz de la luna y velas parecer llorar por la muerte de sus hijo y por los pecados de la multitud… de eso ya se habían encardo de señalar los curas en los púlpitos durante el oficio de tinieblas.

La devoción por los dolores de María tiene presencia desde épocas muy tempranas en la cristiandad de Yucatán, herencia mariana de la España que dominó estas tierras. Mientras ahí se consolidaba ese culto, los peninsulares se encargaron de traerla a estos lares, por eso mientras el culto a la Virgen de la Soledad iba tomando fuerza en la segunda mitad del siglo XVI en Madrid, a la par iban los españoles avecindados en Mérida invocando su nombre, de ahí que cuando en la primera década de 1600 se pretende fundar un monasterio de monjas que sirviera de orfanatorio y centro de oración le dan por nombre Nuestra Señora de la Consolación. A diferencia de la consolación advocación mariana celebrada el 4 de septiembre, esta en se tornó en Yucatán por la María de los Dolores, que es consolada por la muerte de su hijo y no por la Madre que consuela a sus hijos sufridos como marca la advocación verdadera.

Consolación, de los siete dolores, la soledad, de las angustias y la dolorosa, son sinónimos de dolor de María al pie de la cruz. De las advocaciones más conocidas en la Iglesia de occidente.

En el Yucatán colonial se tiene registro de dos cofradía donde era especialmente venerada. La primera en el antiguo convento de San Francisco en Mérida, para el año de 1639; según escribe Francisco Cárdenas y Valencia, estaba dedicada a la Soledad y hasta tenía capilla particular, y cada viernes santo por la tarde en penitencia salía procesión “admirable y devotísimo concurso, no sólo de los dichos españoles, sino también de los indios, negros y mulatos, que haciendo cada cual su jerarquía en este ministerio y guardando su lugar y orden, se ordenan de todos la procesión tan devota”. A finales del siglo XVIII, en concreto en 1782 el pueblo actualmente carmelita de Motul registra una cofradía de indios dedicada “a la Santa Veracruz de Penitencia, el Santo Sepulcro y Nuestra Señora de la Soledad” evidentemente influencia de algún fraile franciscano pasionista que heredó a este convento sus sacras imágenes o bien se evidencian elementos de un teatro de Viernes Santo. Entre los años de 1750 y 1790 se registran en los inventarios parroquiales poco más de una docena de “Dolorosas”. En ese mismo periodo es cuando una antigua finca maicero-ganadera se dedica a Nuestra Señora de los Dolores de Pebá, en el municipio de Abalá, una típica imagen realizada de alguna muestra española, con las manos sueltas a la altura de la cintura como rogando al cielo por su dolor, esta antigua y venerada imagen de Pebá debe ser restaurada, por los daños que el tiempo le han causado paulatinamente, para perpetuar su devoción. Para el siglo XIX se registra el culto a la Virgen de las Angustias en el barrio de San Cristóbal, en la capital emeritense.

El uso de manuales, devocionario y novenas que habían tenido lugar en los trescientos años de dominación española fue favorecido con la introducción de la imprenta en Yucatán en 1813, desde entonces se hicieron popular la impresión, mejor dicho la reimpresión de novenas y devocionarios, como los viacrucis y las siete visitas a Jesús Sacramento, pero ante todo la novena de la Virgen Dolorosa, a la par que la educación primaria crecía en Yucatán para finales del siglo XIX, cuando las niñas mujeres comenzaron asistir a la escuela, lo que traería como consecuencia la aparición en el panorama peninsular de las rezadoras, tan populares en el medio local.

Con el paso de tiempo en algunas comunidades se practicaban las novenas a la Dolorosa en casas particulares y en las iglesias. La Virgen ya vestida de todo negro esperaba a un lado del presbiterio la llegada del Viernes Santo, en que será ocultada por la mañana para salir de nuevo al término de los oficios para a presidir la marcha de silencio y el rosario del pésame.

Uno de los poemas más hermosos de la cristiandad es el Stabat Mater Dolorosa, datado en el siglo XIII, que, gracias a la imprenta en Yucatán se propagó en español en versos de arte menor, y nuestras inteligentes rezadoras le pusieron “tonada”, o sea, melodía y se entona en los rosarios, especialmente en el rosario del pésame junto con la Salve Dolorosa.

La devoción yucateca modificó hasta el célebre Stabat Mater (en latín “Estaba la Madre”) a versos y se propagó la Salve Dolorosa, el primero aparece en las novenas aprobadas e impresas en Mérida para mediados del siglo XIX, aún se practican y entonan en los novenarios, en especial el Viernes de Dolores y en el Rosario de Pésame. El coro de ese sacro canto dice:

Estaba de pie junto a la cruz

la Madre de gracia hermosa

afligida y dolorosa

viendo pendiente a Jesús.

Reflexión

Olvidémonos por un breve momento a esas Virgencitas expuestas a veneración con lágrimas de perlas, con vestidos de hilo de oro, con rayos labrados en plata... la Virgen María de hoy es de carne y hueso, llora en los hospitales, en las calles de la ciudad, vende pepitas y cacahuetes, mangos pelados y chicharrones, es la humilde mestiza diabética que no tiene para su insulina, es la madre de 43 normalistas desaparecidos, es la mujer sobajada por un marido machista, es la abuelita que ve en sus nietos un futuro incierto.

Es la víctima en un femicidio, ultrajada de niña, rechazada y humillada por ser mujer profesional o madre de familia.

¡No, nos quedemos contemplando imágenes!

Que la contemplación nos impulse a ir a consolar y socorrer, y a darle el lugar que le corresponde a esas otras Marías de carne y hueso.

*Escritor comunitario