Cultura

Unicornio Por Esto: Hacia mi wabi-sabi

A poco tiempo de conmemorar el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, la escritora Karen Lorena Reyes Morales comparte una narración íntima sobre el bullying, una confrontación del diagnóstico médico y una filosofía de vida basada en la belleza de lo imperfecto.

Unicornio Por Esto: Hacia mi wabi-sabi
Unicornio Por Esto: Hacia mi wabi-sabi / Especial

Peinando recuerdos

Cuando era niña, mi mamá disfrutaba peinarme con paciencia y adornar mi cabeza con los moños más extravagantes; mi favorito era uno con una tortuga de peluche que tocaba una melodía cuando la apretabas.

Me encantaba que mis compañeritos preguntaran por el lugar de procedencia de aquellos artículos tan curiosos.

Hasta que un día, mientras los años pasaban y la inocencia se volvía conciencia, mis compañeros dejaron de preguntar por mis moños y comenzaron a fijarse en mi tan curiosa oreja izquierda.

“Es un taquito”, decía yo, sin sentirme apenada; creía que también lo verían como una curiosidad. Fue todo lo contrario.

Alejandro comenzó el rumor: “Si tocas a Karen, te vas a contagiar y tu oreja se volverá como la suya.”

Todos siguieron su juego. Se volvió un reto tocarme. Empecé a estar sola en los recesos; los profesores también comenzaron a tratarme diferente, entre la lástima y la preocupación.

Empecé a odiar que mi mamá me peinara, porque me rehusaba, a toda costa, a que se viera la diferencia con la que había llegado al mundo.

Comencé a insistir en las operaciones. Quería sentirme “normal”, porque así, pensaba, me aceptarían y podría volver a dejar que mi mamá me peinara como ella quisiera, sin que tuviera que cambiar el trayecto de las trenzas para tapar mi tristeza.

Ahora tengo 20 años, y en total me han hecho cuatro cirugías reconstructivas… de las cuales me arrepiento. No cambió nada en lo funcional; todo ha sido estético. Ya no se siente mía, a pesar de que se reconstruyó con partes diferentes de mi propio cuerpo. Muy irónico, al parecer.

A veces le pido perdón, porque sigo sin poder usar los peinados y moños que quisiera.

Porque, en mi mente, Alejandro sigue susurrando: “Eres contagiosa.”

¿Por qué lloras?

“No podemos hacer algo para remediarlo. Una cirugía no es una opción”, me decía el doctor con un tono de voz calmado, mientras yo estaba sentada frente a la mesa del consultorio y veía con atención la cuerda de mis zapatos, que no había amarrado bien. Era como si no quisiera alzar la mirada, como si no hacerlo hiciera que la noticia fuera menos real.

Sentí la mirada de mi mamá como un clavado en una cascada, como aquella a la que habíamos ido en Oaxaca, en el caluroso verano pasado. Pero ahora estábamos en invierno.

Muchas preguntas me invadieron en ese momento, pero solo pude decir una: “¿Por qué lloras, mamá?”

Así como yo no veía al doctor, mi mamá no me veía. Supongo que también bajó la mirada y, al fin, se dio cuenta de que se había puesto calcetines diferentes. Tardó un rato en hablar, hasta que, después de unos momentos, lo único que pudo decirme fue: “Perdón”.

Me quedé sin aliento. ¿Por qué tendría que perdonarla? Ella siempre me ha dicho que desde que estaba embarazada me esperaba con anhelo. No es su culpa. No pude decir nada en voz alta.

El regreso fue lo peor. Salir del consultorio con mi madre llorando hacía que todos dirigieran la mirada, excepto el personal médico, claro. Supongo que con el tiempo se acostumbran a toda clase de historias. Quizá yo también me había vuelto algo insensible después de tantos ir y venir del hospital. Tal vez, en el fondo, ya esperaba el diagnóstico. ¿Qué más podía hacer? 

Mi mamá no dejó de llorar en todo el camino de regreso. Me limité a abrazarla. Ninguna dijo nada.

Después de llegar a casa, me encerré en mi cuarto y me cambié la ropa. En ese momento me di cuenta de que se me había olvidado tomarme un minuto de mi día para amarrar bien la agujeta de mi zapato. Me incliné, la amarré y decidí no quitármelos.

Ahora no podía acostarme en mi cama, porque la ensuciaría con los zapatos. Busqué un mejor sitio: bajo la cama. Ahí no mancharía de tierra las colchas recién tendidas que mi mamá había lavado con mi suavizante favorito. Ahí no molestaría a nadie.

Me acosté en lo más profundo de la oscuridad, abracé mis piernas… y lloré.

Adivina la referencia

A mis hermanos y a mí nos encanta ver películas y, más aún, retarnos mutuamente para ver si recordamos los nombres de los personajes secundarios.

 La última vez le pregunté a mi hermano cómo se llamaba la pulga que sale en Bichos. Respondió correctamente.

Hoy decidimos ir al cine a ver el estreno de una famosa película de terror. Compramos los boletos y estaba emocionada, porque hacía muchos años que no íbamos. Supongo que, en parte, era mi culpa: estuve hospitalizada por una cirugía en la cadera, y trasladarme no era sencillo. Pero ahora ya había dominado el uso del bastón, así que me sentí confiada.

Llegamos al cine y estaba demasiado lleno. Pensamos en regresar a casa, hasta que un empleado me vio y me dio preferencia. Fue una sensación muy extraña tener un trato diferente… pero supongo que yo también lo era.

Más raro aún fue ver la reacción de mis hermanos, quienes al notar la escena me tomaron del brazo y comenzaron a tratarme con una delicadeza inusual, al descubrir que podríamos saltarnos la larga fila de todos los desafortunados que no usaban bastón. Mis hermanos nunca habían sido tan compasivos como mi mamá, por ejemplo. Quizá, así como yo, no sabían cómo lidiar con la situación.

Pasamos muy rápido, conseguimos buenos asientos y disfrutamos de la película.

 Al salir, por primera vez después de una larga lista de dolores y baja autoestima, me sentía feliz de usar un bastón. Gracias a él pasé un rato agradable con mis hermanos.

Al llegar a casa nos reímos y recordamos la anécdota una y otra vez, repitiendo cada detalle, como si necesitáramos que todos supieran sobre la divertida historia.

 Al final, mi hermana dijo: “Todo gracias a… Larry”, mientras señalaba el bastón.

Hace unos meses, cuando escuché “el bastón lo tendrás que usar de por vida”, me negué rotundamente a aceptarlo y, aunque tomé todos los tipos de rehabilitación posibles, nunca pude cambiar ese destino. Cuando mis papás fueron a comprarlo, me preguntaron entusiasmados el color de mi preferencia —“incluso hay de bonitos estampados”, me dijeron—, pero yo respondí que eso no me importaba. No quería saber nada de él; ni siquiera quería decir su nombre en voz alta. Traté de deshacerme de su presencia muchas veces, y en todas fracasé, pues siempre fue necesario para aliviar mi dolor al caminar.

Cuando mi hermana decidió darle un nombre, pensé, por primera vez, en Larry como un amigo al que me alegraba tener a mi lado.

Desde entonces, todos mis bastones han tenido nombre, para recordarlos siempre con cariño.

Regar la planta

A mi papá le encanta sembrar frutas y verduras... todo lo que sea comestible, en realidad.

 Admiro mucho la dedicación que tiene para levantarse todos los días a las seis de la mañana a llenar cubetas y regar sus tantas matas: coco, mango, naranja, plátano, guayaba, entre otras.

 Desde que tengo memoria, es algo a lo que le ha dedicado un tiempo significativo. Aunque ahora, que ya está jubilado, puede entregarse por completo a ellas.

Siempre está preocupado por sus plantas: si darán buenos frutos, si las hormigas no las atacarán este año.

 Con total ahínco les da “vitaminas” y las alimenta con cáscaras de huevo y de plátano para que crezcan más fuertes.

 Durante los huracanes, las amarra con fuerza para que sobrevivan.

Mi papá dedicó toda su vida a las fuerzas armadas. Es un hombre serio, con el que no se podía bromear mucho. No estaba acostumbrada a las muestras de cariño; solo nos abrazábamos en mi cumpleaños, en Navidad y en Año Nuevo.

Creo que a la planta a la que más tiempo le ha dedicado es a la palma de coco.

 Un día, mientras lo observaba desde la ventana, en su ritual verde, le dije a mi mamá en tono de broma:

 “Creo que ese coco recibe más amor de mi papá que yo.”

Después de eso, comprendí —como una revelación— que quizá sus muestras de cariño eran diferentes, y que yo no las había sabido ver hasta ese momento.

La verdad es que, mientras estuve en el hospital, mi papá daba vueltas para conseguir todo lo que necesitaba. Sacaba mis citas, compraba mis medicinas y se desvelaba.

 Cuando regresaba a casa después de una cirugía, era él quien me cargaba hasta donde lo necesitara.

 Gracias a todos sus años de trabajo y esfuerzo, tuve un hospital al que ir.

Lo seguí observando por la ventana un rato más, hasta que volteó a verme y me sonrió.

 Sentí su cariño abrazador y entendí que, así como a sus plantas, también a mí me ha procurado siempre.

Feliz cumpleaños, Karen

“Pide un deseo”, coreaba mi familia alegremente mientras la vela del pastel seguía bailando, esperando ser apagada con un soplido.

 El pastel olía a chocolate, mi favorito; la cera derretida goteaba lentamente sobre el glaseado verde y la risa de mis hermanos estalló al fondo, rompiendo el silencio que antecede a los cumpleaños. Yo sonreía mientras trataba de coser cada momento a mi memoria, temiendo perder el más mínimo detalle.

Muchas cosas pasaron por mi mente. Primero, me sorprendió que la vela siguiera tan completa, considerando que la habíamos reutilizado al menos cinco veces en los últimos cumpleaños. Luego pensé en qué debería pedir: ¿más dinero?, ¿salud?, ¿amor?

Justo cuando iba a soplar, el calor de la vela me llevó de golpe a mi cumpleaños número 15 —exactamente a la mitad de mi vida—, cuando después de mi pequeña fiesta terminé llorando en la oscuridad de la madrugada e intenté terminar con mi existencia.

Es curioso que ese recuerdo haya llegado en ese momento. No me sentí triste; sentí compasión.

Me vi a mí misma, acurrucada en la esquina de mi cuarto, tomando de golpe la caja entera de medicamentos que sostenía con las manos temblorosas. Creía que ahí encontraría una salida a ese dolor que me comprimía el pecho y se infiltraba en cada rincón de mi vida. 

La adolescencia es difícil, siempre lo es. Pero se vuelve más dura cuando, además de los amores no correspondidos o las burlas de una compañera, debes enfrentar varios diagnósticos médicos que te cambian por completo la idea de lo que es vivir.

Me acerqué a esa imagen de mí y la abracé.

Soplé la vela. 

Y pedí, por primera vez, no cambiar nada de lo que fui.