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La eticidad en la filosofía cubana electiva

Por Rita M. Buch Sánchez*

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Si analizamos el desarrollo del pensamiento filosófico cubano, que parte de José Agustín Caballero a fines del siglo xviii y llega a Martí en las postrimerías del siglo xix, se puede afirmar que el electivismo constituye un rasgo inequívoco de su originalidad, frente al discurso filosófico europeo.

Entre tantos sistemas y teorías filosóficas que disfrutaban de gran reputación en Europa y, en especial, en la España de los siglos xvii y xviii, esta vertiente del pensamiento cubano escogió el método electivo como el único método que en la práctica social contribuyera a la solución definitiva de “nuestros problemas” como colonia y nos condujera a la independencia política respecto a la metrópoli.

El electivismo, por definición, consistía en la elección de lo más conveniente, entre todos los sistemas, sin adscribirse con pertinacia a ninguno de ellos.

Fue muy acertada, creativa y original, la “elección” del electivismo como vía para liberar a la filosofía del yugo de la escolástica-tomista. Y esto nos permite hablar de una “filosofía cubana”, auténtica, desde sus orígenes, sin copias de modelos europeos importados, que propone, por una parte, la no adhesión a ningún sistema, y por otra, invita a mantener una lógica interna que garantice la coherencia necesaria en la elección de sus presupuestos y postulados esenciales.

De tal modo, el electivismo cubano de los siglos xviii y xix se convierte en un legado para el siglo xx y para el presente siglo xxi, pues en Cuba ha existido un rico pensamiento que, lejos de “copiar” modelos importados de Europa, ha propuesto soluciones a problemas muy nuestros, y ha sabido pensar “en y desde” nuestra realidad.

En esta vertiente de la filosofía cubana se destacan cinco pensadores de estatura colosal. Son ellos:

- José Agustín Caballero, el iniciador.

- Félix Varela, el continuador.

- José Antonio Saco, el polemista.

- José de la Luz y Caballero, el polémico.

- José Martí, el integrador.

Todos fueron grandes filósofos y grandes pedagogos, y en todos ellos, la ética ocupó un lugar preeminente en sus concepciones.

Este será el objeto del presente ensayo: la eticidad en el pensamiento filosófico cubano electivo, durante la etapa colonial.

Sobre cómo y sobre qué bases nació el tema de la ética en la tradición cubana, el destacado intelectual y revolucionario Armando Hart Dávalos, señaló con acierto:

[…]. Comencemos por los finales del siglo xviii e inicios del siglo xix. Es la época del obispo Espada, de José Agustín Caballero, del presbítero Félix Varela y de José de la Luz y Caballero. En ellos está presente el pensamiento de la modernidad europea, y como rasgo singular de nuestra tradición intelectual, no se consideró contradictorio con la creencia en Dios. La modernidad científica cubana nunca se puso en contradicción con la creencia en Dios.

De este modo, la ética cristiana, que es una de las bases esenciales de la cultura occidental, se asumió también sin ponerla en antagonismo con la ciencia, marcando una tradición desde fray Bartolomé de Las Casas, el obispo Espada, el presbítero Félix Varela y los que la continuaron. Esto es un milagro. Por eso, cuando se habló de canonizar a Varela, yo dije que aquéllos que buscaban el milagro de Varela, podían considerarnos a nosotros como parte de ese milagro. Esto nos diferencia de lo que ocurrió en Europa, Constituye un rasgo original de la tradición cultural cubana sobre el que debían meditar los cristianos, los católicos […].1

Esta reflexión de Hart resulta muy importante, como punto de partida para el análisis de las concepciones éticas de los representantes del electivismo filosófico en el pensamiento cubano de los siglos xviii y xix.

Esa marcada eticidad como rasgo distintivo del pensamiento cubano en este período, llegaría a su clímax en las postrimerías del siglo xix con Martí.

Al respecto, cuando Cintio Vitier advertía sobre la posibilidad futura de escribir “una historia de la eticidad cubana”, en su antológico libro Ese sol del mundo moral, expresó sobre el Apóstol:

De lo que se trata aquí es sólo de señalar aquellos momentos claves en el proceso de forja de la nacionalidad, que denotan un fundamento y una continuidad de raíz ética, es decir, una creciente, dramática y dialéctica toma de conciencia. En el punto focal de ese proceso –que desde luego, si no es toda la historia, es su porción más lúcida y edificante– se sitúa la figura de José Martí, uno de los hombres acumulados y sumos, como él llamó a otros, que llevan en sí la agónica rectoría moral de sus pueblos.2

Principales concepciones éticas de los exponentes más representativos de la filosofía cubana electiva en los siglos xviii y xix

Comenzaré por referirme a las concepciones éticas de José Agustín Caballero (1762-1835), sobre las cuales mucho habría que decir en relación con su rectitud en el actuar, su civismo intachable, su ejemplo como maestro, su sensibilidad humana y la pureza de sus principios y valores. Baste recordar que supo formar, con su ejemplo como maestro, hombres íntegros y patriotas a toda prueba, como Varela, Saco y Luz.

En relación con la ética, habría que destacar dos aspectos especialmente importantes en Caballero, los cuales reflejan una postura excepcional que demuestra la valentía de este presbítero, si se tiene en cuenta la época tan temprana y el contexto histórico en el que fueron expuestos. Me refiero a su actitud en defensa del esclavo y en defensa de la mujer, los sectores más discriminados en la sociedad colonial esclavista cubana a finales del siglo xviii.

Respecto a las ideas expuestas por Caballero sobre la esclavitud habría que destacar su postura inequívoca de rechazo, ante el maltrato que sufrían los esclavos y el llamamiento que realiza a nivel social, en aras de brindarle a los mismos un trato humano y piadoso.

En 1791, en las páginas del “Papel Periódico de la Havana” aparece su artículo “En defensa del esclavo” en el que denuncia el maltrato de que eran objeto estos seres indefensos. Se debe a la pluma de Caballero y fue firmado con el seudónimo: “El amigo de los esclavos”, bien atrevido para su época. Va dirigido a los “Nobilísimos Cosecheros de Azúcar, Señores Amos de Ingenios. Mis Predilectos Paisanos”. En este artículo puede leerse:

[…] Cuando he visto a estos miserables que, después de haber sufrido el peso del día, haraposos, encadenados, y tal vez hambrientos, bajan la escalerilla de la casa de molienda para entrar en su prisión, no he podido menos que volver el rostro para no mirarlos, horrorizado de que nuestros antiguos nos dejasen esta práctica. Práctica nociva que a la madrugada los extrae de aquellos lúgubres encierros, y exhalados en sudor, abiertos los poros, los saca al campo, al aire húmedo, al frío, y les produce constipaciones, pulmonías, dolores pleuráticos que acaban con ellos, y nuestro dinero […].

Quiera Dios que esta hojilla produzca los buenos efectos que me propongo y espero ver coronados, en los que me sigan cuando oigan del Supremo Juez, estaba encarcelado y me visitaste, esto es, me aliviaste redimiendo de estrecheces tan amargas a unos entes de nuestro mismo calibre, a nuestros hermanos y prójimos que debemos tributar la más sincera compasión y benevolencia; a unos brazos que sostienen nuestros trenes, mueblan nuestras casas, cubren nuestras mesas, equipan nuestros roperos, mueven nuestros carruajes, y nos hacen gozar los placeres de la abundancia.3

Asimismo, en un informe a la Sociedad Patriótica, el 24 de noviembre de 1798, expresa entre sus consideraciones, que:

[…] siendo admitida la esclavitud en nuestro suelo […] parece que debía esmerarse la legislación en dar a los hombres libres o señores una educación proporcionada a la situación tan elevada y superior de éstos sobre aquéllos; una educación que templase el vigor del despotismo que el amo naturalmente propende a ejercer sobre su esclavo; que le inspirase aquellas virtudes, aquella alta dignidad propias del hombre que está llamado a poseer un derecho tan peligroso como el de reconocer dominio y propiedad sobre sus semejantes […].4

Por otra parte, resultan particularmente interesantes las concepciones de Caballero sobre la mujer y la forma en que el presbítero manifiesta su respeto y admiración, por la inteligencia, la intuición femenina y las cualidades innatas que la adornan, propias de su sexo, en una época en que la mujer era prácticamente excluida de las funciones sociales, que eran reconocidas como exclusivas para los hombres.

En los siguientes fragmentos esto se expresa del modo siguiente:

La mujer es una máquina muy exquisita y muy complicada. Sus muelles son infinitamente delicados y se distinguen de los hombres como un reloj de repetición se distingue de una torre (...) Examinadle sus sentidos: ¡Qué finos! ¿Y su entendimiento?: ¡Qué sutil!, ¡Qué agudo! Registrémosle también el corazón. Aquí es donde está la máquina del reloj, compuesta de piezas tan pequeñas y combinadas con tal maravilla, que se necesita de un buen microscopio para verla con toda claridad.

La comprensión de las mujeres es tan rápida como un relámpago; su penetración es una ojeada, es casi un instinto. En un abrir y cerrar de ojos deducen una conclusión exacta y profunda; y, si se les pregunta cómo la han deducido, no contestan.

A la manera que su comprensión es admirablemente vívida, así como también su alma y su imaginación es extraordinariamente susceptible de diversas afecciones. Es verdad que entre ellas son pocas las que tienen toda la cultura necesaria para escribir bien, pero en las que saben escribir ¡qué animadas son sus pinturas! ¡qué patéticas sus descripciones! […] Aquel espíritu que muestran en su conversación depende enteramente de su grande imaginativa, y en todas partes hablan mejor que los hombres […].

Cuando una de estas mujeres de fantasía se acalora en una conversación, produce mil imágenes agradables. Ninguna baja ni grosera. Pongamos a un hombre en el mismo caso: se podrá encontrar alusiones más fuertes, pero no serán ni tan puras ni tan brillantes.5

Sirvan estos fragmentos, como prueba de la correspondencia entre sus concepciones éticas y su espíritu ilustrado, y como expresión genuina de su compromiso consciente con las urgencias sociales de la época. Su llamamiento a un trato humano hacia los esclavos, en el contexto de una sociedad eminentemente esclavista, así como sus concepciones sobre la mujer, en las que enaltece a las féminas y llega a elevarlas en importancia por encima de los hombres, son constancia de su mentalidad abierta al libre pensamiento y su postura anticipatoria al siglo en que vivió.

En Félix Varela (1788-1853), el tema ético está indisolublemente vinculado al tema político-social, que fue una constante en su obra, así como lo fue el tema de la educación y el patriotismo. Es casi imposible deslindarlos, por cuanto su labor pedagógica en la formación de los ideales éticos y patrióticos estuvo presente en todo su ideario político, mostrándose en total cohesión. Lo mismo desde su cátedra de Filosofía, que en la de Constitución en el Seminario de San Carlos, como en sus trabajos aparecidos en El Habanero y en sus Cartas a Elpidio, enseñar fue para él la palabra clave y, especialmente, significaba formar valores e inculcar el amor a la patria. Sobre el patriotismo en Varela, resultan significativas las siguientes palabras, que en su caso, resultaron premonitorias:

No es patriota el que no sabe hacer sacrificios a favor de su patria, o el que pide por éstos una paga, que acaso cuesta mayor sacrificio que el que se ha hecho para obtenerla, cuando no para merecerla. El deseo de conseguir el aura popular es el móvil de muchos que se tienen por patriotas, y efectivamente no hay placer para un verdadero hijo de la patria, como el de hacerse acreedor a la consideración de sus conciudadanos por sus servicios a la sociedad; mas cuando el bien de ésta exige la pérdida de esa aura popular, he aquí el sacrificio más noble, y más digno de un hombre de bien, y he aquí el que desgraciadamente es muy raro. Pocos hay que sufran perder el nombre de patriotas en obsequio de la misma patria, y a veces una chusma indecente logra con sus ridículos aplausos convertir en asesinos de la patria los que podrían ser sus más fuertes apoyos. ¡Honor eterno a las almas grandes que saben hacerse superiores al vano temor y a la ridícula alabanza!6

Como expresara magistralmente Cintio Vitier:

[…] Sostenido por el inteligente y enérgico patrocinio del obispo Espada […], Varela no sólo consolidó la reforma de los estudios filosóficos iniciada por Caballero, profundizando el rechazo del criterio escolástico de autoridad, implantando la filosofía moderna de Descartes a Condillac y la enseñanza científica experimental de la Física y la Química, sino que en 1821, al crearse en el Seminario de San Carlos la Cátedra de Constitución, como consecuencia de la jura de Fernando VII de la Constitución liberal de 1812, profesó la que él mismo llamara “cátedra de la libertad, de los derechos del hombre”, con proyecciones éticas y políticas de indudable trascendencia.7

Efectivamente, como advierte Cintio Vitier con la agudeza que le caracterizara como investigador del pensamiento cubano, Varela fue fiel a las enseñanzas de su maestro de Filosofía, pero fue mucho más allá que él, no sólo por la época en que le tocó vivir, sino por las proyecciones éticas y políticas de su pensamiento, las cuales trascendieron su época y mantienen gran vigencia en la actualidad. Su ideario ético-político aparece particularmente concentrado en sus Cartas a Elpidio, conformadas por un conjunto de ensayos a modo de epístolas. En ellas, Varela dirige su último mensaje a la juventud cubana, que es para él “la dulce esperanza de la patria”.8 Sabe que ya no volverá a ejercer su brillante magisterio que le permita el contacto directo con los jóvenes estudiantes e intuye que no verá más la tierra que le vio nacer. Pero no pierde su optimismo y aparece como un Varela rejuvenecido que deposita toda su fe en las nuevas generaciones. Así, por ejemplo, en la Sexta Carta que titula “Furor de la impiedad”, expresa:

Ya, mi Elpidio, no nos veremos, a no ser que vengas a hacerme una visita. Entretanto, pienso mandarte otra serie de cartas sobre la superstición y el fanatismo, si el cielo me conserva la salud que disfruto; pues aún me hallo a los cuarenta y ocho años de mi edad, y más fuerte que a la de veinte (…) La naturaleza, en sus imprescriptibles leyes, me anuncia decadencia, y el Dios de bondad me advierte que va llegando el término del préstamo que me hizo de la vida. Yo me arrojo en los brazos de su clemencia, sin otros méritos que los de su Hijo, y guiado por la antorcha de la fe camino al sepulcro en cuyo borde espero, con la gracia divina, hacer, con el último suspiro, una protestación de mi firme creencia y un voto fervoroso por la prosperidad de mi patria”. “¡Adiós! Elpidio, ¡adiós!”.9

En desgarradora despedida, transmitirá a los jóvenes y a todos los cubanos de cualquier edad, un mensaje para épocas futuras, que en nuestros días, cobra especial significado y nos obliga como cubanos a rescatar su palabra certera:

Para concluir, tengo una súplica que hacerte: No ignoras que si circunstancias inevitables me separan para siempre de mi patria, sabes también que la juventud a quien consagré en otro tiempo mis desvelos, me conserva en su memoria, y dícenme que la naciente no oye con indiferencia mi nombre. Te encargo, pues, que seas el órgano de mis sentimientos y que procures, de todos modos, separarlas del escollo de la irreligiosidad. Si mi experiencia puede dar algún peso a mis razones, diles que un hombre, de cuya ingenuidad no creo que dudan, y que por desgracia o por fortuna conoce a fondo a los impíos, puede asegurarles que son unos desgraciados y les advierte y suplica que eviten tan funesto precipicio. Diles que ellos son la dulce esperanza de la patria, y que no hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad.10

Este fue el mensaje de Varela, a modo de testamento ético-político, lo que nos obliga moralmente como cubanos, a rescatar su precioso legado y a mantenerlo vivo para siempre, transmitiéndolo a las nuevas generaciones.

Sobre José Antonio Saco (1797-1879), cuánto pudiéramos decir en relación a su legado ético.

Baste recordar su postura inexorablemente antianexionista, que le llevó a redactar en vida su propio epitafio, que vale la pena recordar: “Yace aquí, José Antonio Saco, que no fue anexionista, porque fue más cubano que todos los anexionistas”.11

Saco es quizás, una de las figuras más controvertidas y menos comprendidas y justipreciadas dentro del desarrollo del pensamiento cubano del siglo xix. Sin embargo, su personalidad ocupa un lugar prominente en nuestra historia de las ideas.

Sólida mentalidad, saber enciclopédico, carácter incorruptible, amor entrañable a Cuba, tales fueron las principales cualidades de José A. Saco. Héroe civil, siempre confió en el poder de las ideas y difundió las suyas con vigor insuperable, tratando de orientar a su pueblo durante más de medio siglo, por los caminos que creía habrían de llevarlo a figurar entre los más adelantados y felices de la tierra; combatió sin miedo la trata, que defendían ferozmente los negreros, y el anexionismo, que arrastró a sus amigos predilectos. Caudillo del reformismo, por creerlo el mal menor para Cuba y por desconfianza en la obra de las revoluciones; más, al exhibir una y otra vez los vicios del régimen colonial vigente, descubrió a los cubanos su verdadera situación y, sin proponérselo, contribuyó a empujarlos a la conquista de la independencia.12

A lo largo de toda su vida, combatió en múltiples frentes, destacándose sobre todo en la lucha contra el despotismo colonial, el esclavismo negrero, el anexionismo norteamericano, los vicios de la sociedad colonial, el absolutismo político y la revolución prematura.

Respecto a la eticidad en Saco, como ha señalado acertadamente Cintio Vitier:

Saco enriqueció enormemente la cultura sociológica y política de las minorías ilustradas de la Isla y llegó a ser un símbolo del patriotismo, clamando en el desierto, pero no se insertó en esa poesía de la conducta que es la eticidad creadora de nuevas imágenes para el pueblo, precisamente porque no creyó en él, aferrado como estaba al maniqueísmo de blancos y negros, y al temor, latente siempre en su clase, de que se reprodujeran en Cuba los sucesos revolucionarios de Haití […] Su enciclopédica obra de estadista sin Estado, […] queda como el testimonio salvado de una frustración, que fue la de Cuba misma desde el gobierno de Tacón que lo expulsó en 1834 hasta las vísperas del grito de Yara. Vivió, sobreviviéndose, hasta un año después de terminar la guerra grande, que tuvo la virtud de aminorar su desconfianza ante la raza negra. Cuando se disponía a trasladarse a Madrid para defender al fin, como diputado en las Cortes, sus tesis “provinciales” de siempre, murió en Barcelona a los 82 años. Saco fue un hombre de una sola pieza.13

La cuarta figura en este análisis que nos ocupa es la de José de la Luz y Caballero (1800-1862), quien nace con el siglo xix, centuria plagada de contradicciones sociales e inquietudes espirituales e ideológicas. Son los albores de nuestra primera guerra de independencia de 1868. Su vida transcurre paralelamente a la etapa preparatoria y de conformación ideológica de una auténtica conciencia cubana, la cual se desarrolla a través de múltiples contradicciones sociales internas y se manifiesta hacia el exterior en la polarización cada vez más definible entre los intereses de la colonia y los de la metrópoli.

En la primera mitad del siglo xix se producen los procesos independentistas en la mayoría de los territorios latinoamericanos, lo cual constituiría la manifestación más palpable de la posibilidad de liberación del yugo colonial y encendería en la Isla de Cuba, la llama del independentismo.

Ello generó, sin lugar a duda, un proceso de radicalización y modernización en el pensamiento cubano, desplegado en todos los órdenes. Específicamente en el campo de la filosofía, se manifiesta en la introducción acelerada de las ciencias particulares y en la intensificación de la temática socio-política y ética, con un énfasis peculiar en la ejercitación de un nuevo método, antecedido por una nueva actitud filosófica, que rompiera definitivamente con la tradición escolástica heredada de España, contribuyera a formar las nuevas generaciones abiertas a la polémica filosófica, y que en la práctica social estuviera dispuesta y preparada para enfrentar la lucha por la independencia y para proyectar un nuevo modelo de sociedad.

La vida de Luz y Caballero representó una lección permanente de ética, primero durante su etapa de estudiante y posteriormente, como maestro de Filosofía en el Seminario de San Carlos, cuando ocupó esa cátedra en sustitución de Saco.

Como señala Cintio Vitier:

A partir de 1832 despliega una importante actividad docente en el Colegio San Cristóbal, situado en el barrio habanero de Carraguao. Allí desarrolló una labor docente de elevada eticidad y adquirió fama de ser “el maestro que enseñaba todas las ciencias”.

Desde 1839 hasta 1843, Luz impartió clases de Filosofía en el Convento de San Francisco –lo que no contradice su famosa polémica filosófica con los hermanos González del Valle y otros en la misma época–. En el Convento, continuaría profundizando su eclecticismo, en el sentido de electivismo, es decir, “escogedor” o “seleccionador” de lo mejor de todos los sistemas.14

Esta concepción, a la que siempre fue fiel, hasta su muerte, quedaría plasmada con magistral síntesis, de manera inequívoca, en uno de sus más conocidos aforismos, que reza: “Todos los sistemas y ningún sistema: he ahí el sistema”, lo cual representaba, al decir de Cintio Vitier, una actitud, moral y pedagógica de máxima fecundidad para la generación del 68, cuyas semillas espirituales, a través de Mendive, llegan a Martí.

Un hecho que demuestra como pocos, el alto sentido de la eticidad en Luz, quien definió la “justicia”, como el sol del mundo moral, fue la actitud ética y cívica ante el siguiente episodio: Agotado, tras el gran esfuerzo intelectual que requirió la polémica filosófica cubana de finales de la década de 1830, de la cual fue figura protagónica y, abatido profundamente por las circunstancias referidas anteriormente, fue víctima de una enfermedad nerviosa y tuvo que viajar a París por segunda vez15 en 1843, en busca de reposo para su salud resquebrajada. En 1844, estando en esa ciudad se entera de que en Cuba han vinculado su nombre con la conspiración “De la escalera” y se apresta a regresar inmediatamente para presentarse ante las autoridades, lo que definitivamente, acaba con su salud. Esta decisión demuestra la rectitud de sus principios éticos y su civismo ejemplar.

En 1848 se retira de la vida pública y establece el Colegio “El Salvador”, en la barriada del Cerro, en el que desarrolló una destacadísima labor; allí dignificó la labor diaria del pedagogo, logrando una reputación sin par como profesor, por el matiz polémico de su enseñanza y por su apertura al conocimiento científico. Esta tarea la llevaría a cabo hasta su muerte en 1862 y durante esos años se dedicaría por entero a formar a las más jóvenes generaciones desde la base, lo que llegaría a convertirse en “su magna obra” ética y patriótica.

Según la profunda apreciación del destacado investigador Cintio Vitier: “[…] las circunstancias de su tiempo exigían otros modos más secretos de acción: de acción indirecta, de sensibilización de las conciencias, de educación tácita para la gesta de la libertad”.

Sobre esto, expresa:

Para llevarla a cabo “el maestro que enseñaba todas las ciencias”, según lo llamó un hombre de pueblo; el cubano más culto de su siglo, […] debió renunciar, como antes lo había hecho, al ejercicio de la abogacía ante tribunales corruptos, al lucimiento y las gratificaciones de una brillante carrera de profesor, orador y publicista; o, sacrificio sin duda mayor, al cultivo único de su propio espíritu, en el que se conjugaban fuertes intereses científicos y absorbentes tendencias místicas, fortalecidas a partir de la muerte de su hija en 1850 […] Luz comprendió que todos los problemas de Cuba, convergían en uno solo: la esclavitud; que este era, esencialmente, un problema ético, un pecado colectivo, un cáncer social; y que para atacarlo desde la raíz sólo había, por el momento, una terapia efectiva: la educación moral de la clase privilegiada, a la cual él mismo pertenecía.16

Eso explica el contenido de sus aforismos sobre la esclavitud y su legado testamentario. Un hombre como Luz, de sentimientos humanitarios y liberales, no podía ser partidario de la esclavitud, como muestran los siguientes aforismos:

- En la cuestión de los negros lo menos negro es el negro.

- La introducción de negros en Cuba, es nuestro verdadero pecado original, tanto más cuanto que pagarán justos por pecadores.17

Por otra parte, en la cláusula novena de su testamento, otorgado veinte días antes de morir, hizo la siguiente declaración:

Habiendo repugnado siempre a mis principios apropiarme del trabajo ajeno, y después de haberme ocupado del modo más justo de proceder, para que no forme parte de mi haber materno lo que pudiera haberme correspondido por valor de esclavos, señalo tres mil pesos para que se liberten los que se puedan de los que formaron parte de la dotación del ingenio “La Luisa” en la época de su enajenación […].18

Asimismo, legó también la libertad a los esclavos Dolores, Joaquín y Julio, recomendando que los que fueran menores de edad, quedasen al abrigo de su consorte hasta cumplir los 25 años, y mandó que le dieran 6 onzas de oro a cada uno de los dos primeros citados.

Tanto Luz como Varela y Saco –entre otros– fueron dignos continuadores del maestro Caballero –padre de los pobres y amigo de los esclavos– y supieron plasmar consecuentemente en su obra, de modo ejemplar, la orientación filosófica electivista, reformadora y renovadora que el presbítero José Agustín había iniciado en las postrimerías del siglo xviii, desbrozando el camino hacia el pensamiento moderno y el iluminismo, al proclamar y asumir como iniciador, la actitud electiva en el pensamiento filosófico cubano.

Sin embargo, como expresa Cintio Vitier:

No se trataba ya, como en Caballero y Varela, de la cátedra filosófica y política, ni siquiera de los trabajos filantrópicos de la Sociedad Económica de Amigos del País, que él presidió nueve años, o del desoído proyecto de un Instituto Cubano que hubiera suministrado los técnicos nativos indispensables para el progreso del país. Se trataba, mucho más humilde y hondamente, de la enseñanza primaria y secundaria concebida, no como mera información, sino como “formación” humana de la minoría beneficiaria de la esclavitud, destinada a cobrar conciencia de su terrible responsabilidad individual y colectiva y a configurar de un modo u otro, contra la corriente podrida del sistema colonial, los destinos de la patria. Esta idea fundamentalmente apostólica (y también en cierto modo artística) de la educación, es lo que explica que Luz pudiera realizar su obra forjadora de conciencias dentro del marco estricto de los rutinarios programas escolares, que no estuvo en su mano alterar. Lo que él creó, en primer término, fue una atmósfera de austeridad y pureza que llenaba el recinto del Salvador; una transparencia sensible que podía vivir, aparentemente, dentro de la rígida ley, aunque desbordándola por todas partes. El colegio tenía, por eso, algo de templo y hasta de lugar de peregrinación […].

Ejerció como maestro por más de cuatro lustros. Su atracción personal, su dulzura y rectitud de carácter, su franqueza y simpatía acogedoras; su palabra sencilla, suave y persuasiva; su entusiasmo generoso, que nunca decayó ante la peor de las circunstancias; su interés por los alumnos y su ejemplo como educador, le granjearon el afecto, la devoción y el respeto de todos.

De todas partes de la Isla, los padres enviaban a sus hijos a estudiar con “Don Pepe”, como cariñosamente le llamaban. Sus alumnos y familiares lo amaban y lo veneraban.

Sus aforismos aparecen cargados de contenido ético. Sirvan de ejemplo los siguientes:

Sobre filosofía:

- Más debe la filosofía a los intolerantes que a los conciliadores.

- El filósofo es (y debe ser) como la vela: arde y se consume para alumbrar a los demás.

Sobre educación:

- Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para la vida.

- Ay de la juventud si no siente el estudio como una religión!

- El espíritu de nuestra enseñanza es hacer sentir la ignorancia.

- Instruir puede cualquiera, educar sólo quien sea un evangelio vivo.

- Espinoso apostolado es la enseñanza: que no hay apóstol sin sentir la fuerza de la verdad, y el impulso de propagarla.

- La educación empieza en la cuna y acaba en la tumba.

Luz se preocupó especialmente por las cuestiones morales y sobre todo, destacó la importancia de la justicia, la cual definió como “ese sol del mundo moral”. Esto explica en gran medida, sus abundantes referencias en algunas obras, a la filosofía de Platón, gran exponente del pensamiento griego antiguo, quien dedicó su diálogo La República, a definir el concepto de “justicia”, destacando su importancia ética y política para lograr el buen funcionamiento del estado. En el concepto de “justicia”, Platón veía una de las esencias más puras e importantes que existe en el mundo inteligible o ideal, muy próximo a la idea del “bien”, a la cual todo debe aspirar en el mundo natural. Por esa razón, Platón concebía al “Estado”, como la imagen-reflejo ampliada del alma humana y planteaba que solo se lograba un estado “justo”, cuando en el alma de sus componentes o ciudadanos se cumplía la justicia a nivel individual, es decir, cuando las tres partes del alma, lograban un acuerdo interior y dejaban el mando a la parte racional, lo que resultaba imprescindible para lograr un estado justo. En el mundo ideal, la idea de “justicia” estaba indisolublemente vinculada a la idea del “bien”, ocupando un lugar equivalente al que ocupa el sol en la naturaleza o mundo sensible.

Quizás Luz, gran espiritualista y profundo conocedor de la historia de la filosofía universal, siguiendo esta idea del antiguo filósofo ateniense sobre la importancia de primer orden que tiene la justicia en el plano ético-moral y político, utilizó esta imagen, como símil para expresar la importancia de la misma en el mundo moral humano. Sobre esto, expresó en sus aforismos sobre moral:

- El mal es la atmósfera del mundo moral: por eso no escapan de su influjo ni aún las más robustas constituciones.

- Antes quisiera yo ver desplomadas, no digo las instituciones de los hombres, sino las estrellas todas del firmamento, que ver caer del pecho humano la justicia: ese sol del mundo moral.

Como se puede apreciar, en el universo de problemas que le rodeaban, nada escapó al ojo penetrante del sabio filósofo cubano.

En 1862, al conocerse la desaparición física del maestro del Salvador, en La Habana se produjo un gigantesco duelo popular, que Martí recordaría toda su vida con gran nostalgia, a pesar de haber tenido en esa fecha solo nueve años de edad.

Por último, en la trayectoria del electivismo cubano del siglo xix se destaca la colosal figura de José Martí (1853-1895). Sobre el legado ético que nos dejó el apóstol, Armando Hart ha expresado:

Los cubanos tenemos, todavía, un deber con el mundo, mostrar con mayor precisión quién fue José Martí, el más profundo y universal pensador del hemisferio occidental” […].19

Alcanzó en un grado superior virtudes que podemos representar en tres ideas: amor, inteligencia y capacidad de acción. Todo ello forjado por una indoblegable voluntad creadora y humanista.20

[…]

Lo ético en Martí no fue sólo un conjunto de principios teóricos divorciados de la transformación práctica del mundo. Tuvo como divisa y raíz su condición de luchador político atento a su circunstancia, sin estrecheces que mermaran su condición de soldado de la humanidad.21

Con razón, ha afirmado Cintio Vitier que la experiencia del presidio en sus años juveniles:

[…] le hizo conocer, sin paliativos ni disfraces, la injusticia básica e irremediable del sistema colonial, injusticia que en él, además, resonó hasta planos trascendentes. Diríase que esta experiencia lo marcó al rojo vivo, como a un esclavo de la libertad. Esa marca indeleble lo condujo a Dos Ríos […]. A la cara adorable de la patria se opone su cara profanada y ultrajada, que es la colonia. Martí en las canteras la mira de frente y experimenta, mezclado al horror y a la indignación un extraño júbilo de vencedor: se siente libre de odio […]. Allí, encadenado, descubre la libertad del espíritu, la sustancia del bien y el sentido del sufrimiento.22

Esta profunda reflexión de Cintio Vitier, nos conduce a reconocer que ya en su más tierna juventud, con la sólida formación de valores que había recibido en el colegio San José, a partir de las enseñanzas de su maestro Mendive, quien fue discípulo de Luz, Martí, tras la experiencia del presidio político que le llevó al destierro en sus años mozos, poseía un sólido ideario ético, basado en la convicción de que sólo mediante la abolición de la esclavitud ignominiosa de unos hombres por otros y la independencia de Cuba se podría lograr una República con todos y para el bien de todos, basada en el respeto de los derechos del hombre y su libertad plena, como ideal ético a alcanzar.

El programa ético-político de Varela y Heredia, enraizado en una cultura electivista de los sentimientos y un pensamiento creador, continuado por Luz y Caballero en la preparación de la generación del 68 y enriquecido en la gesta emancipadora, devendrá premisa inmediata que Martí asume y elabora creadoramente en las nuevas condiciones históricas. La Generación del Centenario asume este legado y lo convierte en realidad concreta. Con ello, la nación en sí deviene nación para sí con su correspondiente cultura del ser y la resistencia, como condición de la preservación y desarrollo de la identidad nacional cubana.23

Como afirmara el destacado intelectual cubano José Antonio Portuondo:

Martí, hombre genial, fue más allá de su clase y puso las bases de la nación para sí (…) Su concepción radical de la república futura –una, cordial y sagaz, con todos y para el bien de todos– en la cual la aspiración suprema había de ser la dignidad plena del hombre, por encima de las clases y de las razas, lo enfrentó al egoísmo reaccionario de autonomistas y de anexionistas, decididos a conservar su dominio de la tierra y de la economía insulares, aliados a España o a los Estados Unidos.24

Por eso, Juan Marinello, fecundo investigador de la obra martiana, pudo afirmar que:

[…] el impulso creador de Martí no se murió en él porque es una resonancia y una continuidad, porque puso su voz en la impaciencia noble de los hombres y, apasionadamente, en el destino de sus pueblos. Por largo tiempo todavía, mientras subsistan las realidades primordiales que contempló, su advertencia será oportuna y fecunda. Y después, cuando hayan sido cambiados por otros mejores, todavía tendrá vigencia su lección de preguntar al hombre americano –con virtud artística– cuál es su pesadumbre y hacia dónde apunta su esperanza.25

En Martí, como figura culminante y paradigmática de la tradición filosófica cubana electiva del siglo xix,26 su democratismo revolucionario y antiimperialista se desarrolló en un proceso de continuidad y ruptura. Por eso pudo unir a todos los cubanos y liderar la guerra del 1895, con todos y para el bien de todos.

Notas

1 Armando Hart: “A manera de Prólogo: La ética en José Martí”, en Colectivo de autores: La condición humana en el pensamiento cubano del siglo xx. Tercer tercio del siglo, t. III, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, p. X.

2 Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral, Ediciones UNION, La Habana, 1995, Prólogo, p. 9.

3 José Agustín Caballero: “En defensa del esclavo”, en Escritos varios, Editorial de la Universidad de la Habana, 1956, La Habana, 1999, pp.7-8. Publicado en Papel Periódico de la Havana, 5 y 8 de mayo de 1971.

4 José Agustín Caballero: De la consideración sobre la esclavitud en este país, en Escritos varios, Editorial de la Universidad de la Habana, 1956, pp. 150-151. Informe ante la Sociedad Patriótica, 24 de noviembre de 1798.

5 José Agustín Caballero: “Las Mujeres”, artículo publicado póstumamente en el Diario de Avisos de La Habana, el 3 de febrero de 1844, en Escritos Varios, Editorial de la Universidad de la Habana, 1956, pp. 290-291.

6 Varela, Félix: “Patriotismo”, en Félix Varela: Obras, t. I, Ediciones Imagen Contemporánea, La Habana, 1997, Parte VI. Capítulo único, p. 436.

7 Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral, ed. cit.

8 Elpidio viene del griego “elpis”, que significa esperanza.

9 Félix Varela: Cartas a Elpidio, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1997, p. 114.

10 Ídem. El subrayado es de Varela.

11 Poco antes de morir, en 1879, Saco escribe su propio epitafio, para que fuera colocado en su tumba, después de su deceso. Sus ideas contra la anexión de Cuba a los EE. UU. fueron plasmadas en varios folletos, manifiestos, artículos y cartas, desde 1837 hasta su muerte.

12 José Antonio Saco: Contra la anexión. (Recopilación de sus papeles con prólogo y ultílogo de Fernando Ortíz), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974. Nota biográfica.

13 Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral, ed. cit, pp. 24-25.

14 Ibídem, p. 26.

15 Se trata de su segundo viaje a París, pues ya había ido por vez primera en 1829, regresando a Cuba en 1831.

16 Cintio Vitier: Ob. cit., pp. 30.

17 José de Luz y Caballero: Aforismos, Biblioteca Popular de Clásicos Cubanos, vol. 2, Editorial LEX, La Habana, 1960.

18 Mariano Sánchez Roca: “Nota Introductoria”, en José de Luz y Caballero: Aforismos, Biblioteca Popular de Clásicos Cubanos, vol. 2, Editorial LEX, La Habana,1960, p. 34.

19 Armando Hart Dávalos: José Martí. Apóstol de nuestra América. Editorial Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, p. 20.

20 Ibídem, p. 19.

21 Ibídem, p. 26.

22 Cintio Vitier: Vida y obra del apóstol José Martí, Editorial Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2006, p. 15.

23 Véase Rigoberto Pupo: Identidad, emancipación y nación cubana, Editora Política, La Habana, 2001.

24 Véase José Antonio Portuondo: “Cuba, nación para sí”, en la obra del propio autor: Crítica de la época y otros ensayos, Universidad Central de las Villas, s/f.

25 Juan Marinello: Martí escritor americano, Imprenta Nacional de Cuba, La Habana, 1962, p. 292.

26 Rita María Buch Sánchez: Aprehensión de la Historia de la Filosofía con sentido ético-cultural. Su concreción en el pensamiento cubano electivo, Tesis de Doctorado en Ciencias, 2009, Cap. VII, publicada por la Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2011.

(Ponencia presentada en el II Simposio de Ética y Formación de Valores, Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, octubre de 2018).

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