Opinión

General Francisco Cantón Rosado: ¿héroe o villano?

Carlos Alberto Pérez y Pérez

Caleidoscopio para una vida turbulent a

El 2 de abril es en la historia nacional una fecha de importancia por la victoria infligida por nuestro ejército mexicano sobre las tropas al servicio del Imperio durante la Segunda Intervención Francesa en México en 1867. Pero también un 2 de abril es la fecha en la que uno de los personajes señalados por haber tomado partido a favor de la causa extranjera en ese acontecimiento, conmemoraba su cumpleaños: Francisco Cantón Rosado.

Cantón Rosado es una de las figuras más polémicas y controversiales de la historia de Yucatán, pues, por un lado, algunos le ven como el defensor y representante en Yucatán del malogrado imperio de Maximiliano de Habsburgo y otros le ven como el pacificador de la Guerra de Castas e introductor masivo del ferrocarril a la entidad.

Su participación en la llamada Guerra de Castas alimenta también la ambivalencia de su figura, pues unos le ven como un perseguidor irremisible y cruel de los rebeldes mayas y otros le ven como el defensor de las poblaciones acosadas por “los bárbaros mayas”, como la clase privilegiada del momento denominaba a los campesinos rebeldes. Lo cierto es, que la misma ambivalencia le permitió permanecer mucho tiempo cerca del poder político y económico de Yucatán.

Descendiente de una familia criolla, Francisco de Paula Cantón Rosado nació en Valladolid el 2 de abril de 1833, lugar donde cursó sus estudios primarios. Desde temprana edad, a los 15 años, y motivado por las circunstancias que vivía el estado por la Guerra Social Campesina iniciada en 1847, en la que ya participaban su padre y su hermano Federico, se incorporó al ejército para combatir la rebelión.

Durante varios años luchó contra los rebeldes mayas, y como resultado de su participación exitosa e innumerables victorias, el prestigio de Cantón fue en ascenso y propiamente no hubo un sector de la sociedad yucateca que no supiera de sus acciones, al grado de convertirse en el tema de crónicas, artículos y distintos textos en los que figura como héroe o el villano.

Entre las situaciones que han alimentado la polémica en torno a su actuación se encuentra su apoyo al establecimiento del gobierno de Maximiliano, que le valió reconocimientos por parte del nuevo Imperio, sin embargo, por esa acción algunos críticos le ven como el traidor de la República o el proclamador del Imperio de Habsburgo en Yucatán, no obstante, ése es un tema para una amplia discusión, pues no era únicamente Cantón el interesado en que el Imperio triunfase; también lo eran la cepa de conservadores yucatecos quienes, entre otras cosas, sabían de la posibilidad del establecimiento de Yucatán como Comisariato imperial, lo que sin duda les pondría en una situación privilegiada, tanto política como económicamente, por lo que abierta o veladamente favorecieron el establecimiento del movimiento imperial en la entidad.

En su defensa diría posteriormente el propio Cantón, que no comulgaba con la idea de la intervención francesa y que había reconocido al gobierno imperial obligado por las circunstancias que atravesaba Yucatán por los enfrentamientos armados entre liberales y conservadores, por casi tres lustros de lucha contra los rebeldes mayas y por las disputas políticas entre Campeche y Mérida.

Vale mencionar que las condiciones de la entidad llevaron a Cantón a apoyar el triunfo del Plan de Tuxtepec, por lo que ante las circunstancias le fueron anulados los grados militares obtenidos con anterioridad al 24 de diciembre de 1876, por ser conferidos como premio de sus servicios al Imperio de Maximiliano y reconocido como miembro del entonces triunfante bando.

Su popularidad, le llevó a ser diputado en varias ocasiones. Durante este tiempo destaca como empresario y precisamente gracias a su iniciativa se logra el convenio que le confería, en 1880, el derecho para la concesión de la línea, la instalación y explotación a partir de 1882 de la línea de Oriente Mérida-Valladolid, la cual se inauguró en 1886, actividad económica que no lo alejó de sus simpatizantes, quienes tras una manifestación en contra del gobierno y una campaña intensa a su favor, finalmente lo llevaron a obtener la victoria como gobernador constitucional en enero de 1898.

A los pocos meses de haberse hecho cargo del poder Cantón sufrió un derrame cerebral que mermó casi por completo sus actividades. Durante su gestión al frente del poder de Yucatán apoyó al gobierno Federal en la campaña contra los rebeldes mayas, motivo que nuevamente le convierte en un personaje sobre el que recae una amplia polémica, por la crítica que esto generó entre los pensadores progresistas.

El fin de su mandato como gobernante coincidió con otro momento crucial de su vida: agobiado por los problemas y por exageradas deudas, entre ellas las contraídas con motivo de la construcción de su residencia en el Paseo de Montejo, que había iniciado desde 1904 y conocida desde ese tiempo como el Palacio Cantón y que constituyó durante los últimos años de vida su proyecto personal más importante, vendió en millón y medio de pesos su empresa ferrocarrilera a la sociedad formada por Carlos Peón, José Palomeque y Pedro Peón Contreras y destinó dicho fondo a la conclusión del palacio.

El general Cantón no logró recuperarse nunca de la caída económica en que se había sumido después de prolongadas campañas políticas que le alejaron de sus negocios y le endeudaron y sí en cambio, tuvo que realizar fuertes pagos por los trabajos de arquitectura, materiales y albañilería que le generaban la construcción de su hermoso Palacio que le costó aproximadamente un millón de pesos y cuyas obras concluyeron hasta 1911, o sea, de 1902 a 1911 se mantuvo permanentemente endeudado con la edificación de su lujosa casa.

El general Cantón que había sido convocado por el Presidente Porfirio Díaz como resultado del levantamiento conocido como la primera chispa de la revolución mexicana, ocurrido en Valladolid el 4 de junio de 1910, se estableció en la capital del país desde ése entonces y regresó a Yucatán el 28 de septiembre de 1912 junto con su esposa y su hijo Francisco Cantón Rosado, con quien había vivido en la Ciudad de México, mientras éste se desempeñaba como diputado federal y estableció residencia en el Palacio que había construido y donde su estado de salud fue complicándose, por lo que, bastante enfermo, falleció en Mérida el 30 de enero de 1917.