Víctor Flores Olea
La piedra angular del capitalismo más desarrollado hoy radica en el libre intercambio de bienes y servicios, el mayor que sea posible concebir, oponiéndose tajantemente a todo tipo de regulaciones que negarían la plena libertad del intercambio. En una etapa de intenso desarrollo, el capitalismo exige la más amplia de las libertades. El problema es que cualquier medida restrictiva al mercado es vista por los inversionistas como una grave obstrucción a la libertad de mercado. Haciendo alusión al mercado en su época, Tony Blair nos dice que la Comunidad Económica Europea, no obstante las contradicciones que se adivinan en su seno, debería ser a la postre el mejor ejemplo de una economía libre.
Al subrayar, o demostrar la urgencia de resolver la crisis en cuestión, reconociendo así el fracaso de las teorías liberales extremas, la debacle financiera del sistema en 2008 hubiera podido incitar a los gobiernos liberales de occidente a renovar sus políticas económicas. Sin embargo ocurrió lo contrario: se cerró cualquier vía alternativa y el sistema se encerró en las ya anticuadas teorías liberales que se repetían en la información económica de toda hora, en las crónicas económicas y prácticamente en la totalidad de los manuales escolares. El hecho es que la mundialización ha incrementado grandemente la interdependencia económica de los países, provocada por el aumento del volumen y de la variedad de las transacciones mas allá de las fronteras, incrementando el intercambio de bienes y servicios. así como los flujos internacionales de capitales, al mismo tiempo que la difusión acelerada y generalizada de la tecnología. No obstante esta explosión económica, la parte de las exportaciones regresó a su nivel de 1913 después de 1970. Después subió ligeramente del 12% al 17%. Los mercados financieros y la tecnología se integraron plenamente a este proceso, gracias a un conjunto de acuerdos multilaterales. ¿Por qué tantos gobiernos fueron obligados a abrirse en la economía mundial? La respuesta reside en la experiencia que vivieron la gran mayoría de ellos: los Estados tienen el poder de encerrar en prisión a sus ciudadanos, pero no pueden obligar a los prisioneros a clausurar el espíritu de iniciativa que tienen los individuos en libertad.
Por ejemplo Alemania del Este, a diferencia de Alemania del Oeste, Corea del Norte y Corea del Sur, Taiwán y China, se vieron obligados, los primeros, a un relativo aislamiento en tanto que los segundos optaron libremente por la integración económica mundial. Después de 40 años los ingresos reales por habitante, en los últimos países mencionados, resultaba tres veces más elevado que en los primeros. También esto explica por qué China se ha liberalizado y por qué la Unión Soviética ha vivido un crecimiento limitado. Sería entonces absurdo pensar que la liberalización actual es negativa. Unos la rechazan por una desconfianza profunda hacia los mercados, segundo por el miedo a los extranjeros y una inquietud irracional hacia los salarios, los empleos y la actividad económica sometidos a las fluctuaciones del mercado. En las últimas dos décadas, el abanico de los salarios se ha abierto enormemente entre los trabajadores calificados de unas y otras economías, auspiciándose incluso la falta de trabajos en ambos mercados.
En todo esto, sin embargo, es posible poner fechas al periodo de desarrollo acelerado de China, que coincide con su decisión de liberalizar la agricultura y de abrirse a la economía mundial. En los países en que el comercio ocupó un lugar estratégico en su crecimiento, abundó el flujo de capitales: China sola recibió en 1996 más inversiones del extranjero que la totalidad de países en vías de desarrollo en 1989. La mundialización no ha reflejado simplemente el adelanto tecnológico de los países, sino que marca el logro de la difusión mundial de una liberalización económica creciente, en nuestros días, en Europa Occidental, a partir sobre todo del Plan Marshall, que aportó grandes posibilidades a la humanidad de todos los continentes.
Sobre la mundialización, los debates se llevan a cabo sobre todo en torno a cuestiones económicas pero también hay quienes han discutido el problema desde el punto de vista moral e intelectual. El argumento se ha resumido como sigue: la integración acelerada de las sociedades antes marginales es lo mejor que ha ocurrido a la generación de la postguerra. La mundialización significa, sobre todo, la cooperación de las sociedades y de las culturas, contrariamente a la colaboración ficticia de los diálogos Norte-Sur y de las élites burocráticas. Las consecuencias de una globalización entendida de esa manera ha enriquecido extraordinariamente a los países que la han asumido, dando lugar a un gran avance cultural y social de los mismos, y su resultado ha sido el de un gran avance de la felicidad humana, ahí donde se logró. Para unos la globalización avanza sin remedio y debe calificarse a quienes están en contra como profundamente conservadores.
Para muchos, esta oposición es también profundamente inmoral en la medida en que pretende frenar las aspiraciones de la población del Tercer Mundo. Un notable periodista de la postguerra nos dice: “La Integración acelerada de las sociedades es lo mejor que pudo ocurrir a la generación de la postguerra”. Los críticos más refinados admiten que se han creado millones de empleos, pero añaden que no se trata de verdaderos empleos sino de una explotación disfrazada de la mano de obra, lo cual no sería admitido por muchos obreros que viven en las regiones de explosión económica y adelantos en varios sentidos. Muchos de ellos, sin la mundialización, no tendrían para cuándo salir de una situación de miseria y lograr condiciones de trabajo con relativa prosperidad.
A veces se ha dicho que la libertad de cambio debe subordinarse a valores más importantes. Pero, ¿existe valor más importante que el de rescatar de la pobreza a poblaciones enormes, creando oportunidades de libre elección y desarrollo personal que refuercen la democracia en el mundo? La globalización no es una amenaza sino una oportunidad, para poblaciones enteras, de escapar de la pobreza extrema y de comenzar el recorrido, aun cuando sea lento, de una prosperidad que poco a poco llegará.