El próximo 25 de octubre Brasil no solamente se juega la continuidad de un proyecto político. La segunda vuelta presidencial representa una disputa que trasciende sus fronteras: el futuro de las políticas sociales impulsadas por Luiz Inácio Lula da Silva, el resurgimiento electoral del bolsonarismo y el posicionamiento de la mayor economía latinoamericana frente a la estrategia hemisférica de Donald Trump.
En medio de esta confrontación conversé para con Mónica Valente, una de las coordinadoras de la campaña electoral de Lula, durante su breve visita a México para participar en el Congreso Internacional del Partido del Trabajo.
«Estamos librando una batalla durísima», me confesó, al describir un escenario que considera similar al experimentado por otras fuerzas progresistas en Ecuador, Chile, Honduras, Perú y Colombia, más recientemente.
Su diagnóstico permite comprender una de las grandes paradojas de la política latinoamericana: ¿por qué los avances económicos y sociales de un gobierno no necesariamente se traducen en respaldo electoral?, como si se manipularan las mentes.
Reconstruir un país no garantiza ganar una elección
Cuando Lula regresó a la presidencia en enero de 2023, Brasil enfrentaba las consecuencias de una profunda polarización política, los efectos de la pandemia y un marcado deterioro de diferentes políticas públicas durante el gobierno de Jair Bolsonaro. Hubo un retroceso con Bolsonaro.
Valente define estos últimos años con Lula como un periodo de reconstrucción nacional. Durante nuestra conversación destacó la recuperación de programas sociales, las inversiones en salud y educación, las políticas de empleo y una reforma tributaria que llevaba décadas discutiéndose y que su concreción es histórica.
«Voy a colocar la vida de los pobres en el presupuesto público y voy a colocar a los muy ricos a pagar impuestos», recordó Valente sobre una de las promesas centrales de Lula en su campaña de 2022.
La reforma tributaria aprobada durante su gobierno constituye una de las transformaciones institucionales más relevantes de este periodo, aunque sus resultados y efectos distributivos deben evaluarse a partir de sus diferentes componentes y etapas de implementación.
Pero la propia Valente reconoce que los avances gubernamentales no bastan.
La primera vuelta electoral confirmó la profundidad de la disputa: Flávio Bolsonaro obtuvo el 47.03 % de los votos válidos, frente al 45.16 % de Lula. Una diferencia que revela falta de memoria histórica y por tanto, la complejidad del desafío que enfrenta el actual mandatario.
La pregunta resulta inevitable: ¿cómo explicar que un gobierno que reivindica importantes conquistas sociales encuentre tantas dificultades para convertirlas en una mayoría electoral?. La respuesta de Mónica Valente apunta hacia un fenómeno que merece especial atención. «La guerra cultural de la extrema derecha, que utiliza los medios y las redes sociales, es una guerra muy dura», me dijo. Agregó que sus adversarios cuentan con mayores recursos económicos y capacidad de influencia en el ecosistema mediático y digital.
Las campañas electorales contemporáneas ya no se disputan exclusivamente mediante propuestas de gobierno, indicadores económicos o resultados administrativos. También se desarrollan en el terreno de las emociones, las identidades, los prejuicios y las narrativas que circulan a enorme velocidad por las plataformas digitales. Recordemos que Jair Bolsonario llegó a la Presidencia usando como fuente principal las redes sociales, en especial usando el Whatapp.
La desinformación no pertenece exclusivamente a una corriente ideológica. Sin embargo, la capacidad de determinados movimientos para construir comunidades digitales, simplificar conflictos y movilizar a sus seguidores obliga a repensar las estrategias tradicionales de comunicación política.
Durante décadas, las fuerzas progresistas latinoamericanas encontraron parte de su fortaleza en los sindicatos, las organizaciones campesinas, los movimientos sociales y las estructuras territoriales.
Hoy deben competir también en un escenario donde un video viral puede alcanzar a millones de personas antes de que exista una respuesta institucional.
La comunicación dejó de ser un complemento de la política. Se ha convertido en uno de sus principales campos de disputa.
El Escudo de las Américas: la otra batalla por Brasil
Pero la elección brasileña tiene una dimensión geopolítica que no puede ignorarse.
Donald Trump impulsa el llamado Escudo de las Américas, una iniciativa de cooperación hemisférica presentada bajo el argumento de combatir a los cárteles del narcotráfico, el crimen organizado y las amenazas a la seguridad regional. La iniciativa también se inscribe en un escenario de creciente competencia estratégica entre Estados Unidos y China por su influencia en América Latina.
Brasil y México no participan en este mecanismo.
La ausencia brasileña adquiere particular relevancia porque Lula ha defendido una política exterior basada en el multilateralismo, la cooperación Sur-Sur, la participación en los BRICS y la diversificación de sus relaciones internacionales. Su postura contrasta con la cercanía política del bolsonarismo hacia Donald Trump. De allí surge una interrogante central: ¿qué ocurriría con el equilibrio regional si Lula no consiguiera la reelección?
Un eventual gobierno de Flávio Bolsonaro podría modificar las prioridades diplomáticas de Brasil, particularmente en sus relaciones con Washington, China y los mecanismos de cooperación hemisférica. Esto no significa que su incorporación al Escudo de las Américas esté decidida, ni que un cambio de gobierno implique automáticamente abandonar los BRICS. Significa que las orientaciones de política exterior de los candidatos son distintas y que sus consecuencias merecen un análisis que vaya más allá de la confrontación electoral.
Brasil es la mayor economía de América Latina y uno de los actores más importantes del Sur Global. Sus decisiones inciden directamente en la integración regional, los equilibrios comerciales y la capacidad de negociación de los países latinoamericanos frente a las grandes potencias.
Por eso, la elección brasileña también se desarrolla en el contexto de una disputa por el rumbo internacional del continente.
¿Qué significaría la no reelección de Lula?
Una eventual derrota de Lula no representaría únicamente la alternancia entre dos proyectos políticos brasileños.
Abriría una etapa de redefinición para el Partido de los Trabajadores y para las fuerzas progresistas latinoamericanas, que tendrían que examinar las razones por las cuales sus políticas sociales y sus resultados de gobierno no siempre logran consolidar mayorías electorales, especialmente si los beneficiados no salen a votar.
También podría alterar las relaciones entre Brasil y otros gobiernos de la región, así como las prioridades de integración y cooperación internacional.
Para México, que mantiene una relación estratégica con Estados Unidos y al mismo tiempo defiende principios de soberanía y no intervención, el desenlace brasileño será especialmente relevante.
La experiencia de Brasil demuestra que las políticas públicas, por importantes que sean, comunicación efectiva. Los ciudadanos también deben conocer los resultados, comprender sus implicaciones y contar con información suficiente para evaluar las diferentes propuestas políticas.
La batalla por el futuro latinoamericano
Al finalizar nuestra conversación, pregunté a Mónica Valente si estaban preparados para ganar.
«Listos y listas para ganar con Lula presidente», respondió con absoluta confianza.
Sin embargo, detrás de esa seguridad se encuentra una de las contiendas más importantes del calendario político latinoamericano. La decisión corresponde exclusivamente a los ciudadanos brasileños. Pero sus repercusiones se sentirán en toda América Latina.
Porque el 25 de octubre no solamente se decidirá quién gobernará Brasil durante los próximos cuatro años. También comenzará a definirse el papel que desempeñará la mayor potencia latinoamericana en un continente sometido a profundas transformaciones políticas, económicas y geopolíticas