Opinión

Drogas: cuando el problema no es la sustancia, sino el vacío

“El dato preocupa, pero lo verdaderamente inquietante no está en el número, sino en lo que ese número es inca paz de explicar. Porque el problema no es únicamente la sustancia. El problema es el vacío”.

Drogas: cuando el problema no es la sustancia, sino el vacío
Drogas: cuando el problema no es la sustancia, sino el vacío

Las cifras son claras y, al mismo tiempo, insuficientes. Las estadísticas del Inegi y de la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco muestran un aumento sostenido en el consumo de drogas ilegales en México, particularmente entre jóvenes. Aunque estados como Yucatán se mantienen por debajo de la media nacional, en parte gracias a estrategias preventivas que han buscado anticiparse al problema -como el programa Aliados por la Vida, impulsado por el gobierno estatal para fortalecer la prevención de adicciones, la salud mental y el acompañamiento comunitario- la tendencia sigue siendo ascendente y constante.

El dato preocupa, pero lo verdaderamente inquietante no está en el número, sino en lo que ese número es inca paz de explicar. Porque el problema no es únicamente la sustancia. El problema es el vacío. Durante años, el debate público ha reducido el consumo de drogas a un asunto de seguridad, criminalidad o salud pública. Se habla de decomisos, de prevalencias, de edades de inicio y de campañas preventivas. Todo ello es necesario, pero insuficiente.

Existe una dimensión menos visible que rara vez se abor da con la profundidad requerida: el estado emocional de una sociedad que vive acelerada, fragmentada y emocionalmente agotada. Vivimos en una época marcada por la prisa permanente. Jornadas laborales extensas, presión económica constante, incertidumbre sobre el futuro, exigencias de éxito inmediato y una hiperconectividad que, paradójicamente, ha profundizado el aislamiento emocional. Nunca habíamos estado tan comunicados y, sin embargo, pocas ve ces las personas se han sentido tan solas.

En ese contexto, el consumo deja de ser un acto de rebeldía y se convierte en una forma de anestesia. Las estadísticas pueden medir el consumo, pero no la ansiedad crónica, el insomnio, la frustración acumulada o la sensación de no pertenecer que muchas veces antecede al primer contacto con una sustancia. No miden el cansancio emocional de quienes sien ten que deben sostener un ritmo de vida que no admite pausas ni erro res. Y ahí es donde la conversación pública suele quedarse corta.

Resulta revelador que, mientras se encienden las alertas por el aumento en el consumo de dro gas ilegales, el consumo de alcohol -socialmente aceptado- continúe siendo elevado, especialmente entre adultos. El mensaje implícito es contradictorio: se condena el escape químico de unos, pero se normaliza el de otros. Así, la sociedad aprende a evadir el malestar antes que a comprenderlo. Desde esta perspectiva, el con sumo de drogas no es la causa principal del problema, sino uno de sus síntomas más visibles. Es la expresión de una crisis más profunda: la crisis de sentido.

Una sociedad que no genera espacios reales de escucha, contención emocional y comunidad termina empujando a sus integrantes a buscar alivio donde sea posible, incluso en aquello que los daña. Esto no significa negar la responsabilidad individual ni minimizar los riesgos del consumo.

Significa entender que las políticas públicas centradas únicamente en la sustancia están condenadas a quedarse cortas. Perseguir drogas sin atender las causas emocionales es intentar secar el agua sin cerrar la llave. La prevención real no comienza con campañas publicitarias ni con discursos alarmistas.

Comienza con educación socioemocional desde la infancia, con familias que puedan acompañar, con escuelas que enseñen a gestionar la frustración y el fracaso, y con comunidades capaces de reconstruir vínculos. La salud mental, durante mucho tiempo tratada como un tema secundario, empieza a revelarse como un asunto estructural de seguridad y bienestar social. En ese sentido, resulta relevante que en algunos estados comience a discutirse un cambio de enfoque. Programas como Aliados por la Vida, en Yucatán, reflejan un intento por mover la conversación del terreno exclusivamente reactivo hacia la prevención emocional y comunitaria. No se trata de soluciones definitivas, pero sí de señales de que el problema empieza a entenderse desde una dimensión más amplia: la de las causas y no solo la de las consecuencias.

Los datos del Inegi deben leerse como una advertencia. Nos dicen que algo no está funcionando en la manera en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos. Nos obligan a preguntarnos si el modelo de vida que hemos normaliza do es compatible con el bienestar emocional de las personas. Si el Estado solo reacciona cuando el consumo aumenta, llegará siempre tarde. Y si la sociedad continúa señalando únicamente la sustancia, seguirá ignorando el vacío que la hace necesaria. Atender el consumo de drogas exige una mirada más humana y menos punitiva, una comprensión más profunda de las emociones colectivas y una decisión firme de reconstruir comunidad. Porque mientras no se atienda el vacío, ninguna sustancia dejará de ocupar su lugar.