Quintana Roo

Crónica de un rescate frustrado

Amediados de 1997, el empresario yucateco Armando Millet recibió una llamada telefónica peculiar. Del otro lado de la línea, el presidente municipal de Cancún, el pionero Rafael

Lara, le solicitaba de la manera más atenta no demoler una rústica casa que acababa de adquirir y, de ser posible, tener la gentileza de donarla al municipio, con el propósito de instalarla en un parque público de reciente creación.

En efecto, Millet y su grupo habían comprado un predio hotelero en la segunda etapa de Cancún, que en los planos de Fonatur estaba marcado como el lote 22A. Ubicado sobre la costa oriental, con una envidiable playa de 40 metros de ancho, esa propiedad nunca había figurado en los catálogos de venta del Fondo. La razón: sobre su alta duna se alojaba la casa rústica que anhelaba Lara, que no era otra que la cabaña construida en el Cancún virgen por José de Jesús Lima. Una construcción modesta, sin duda, pero que en justicia podía considerarse una reliquia histórica, al ser la primera casa que existió en la isla.

Adquirida por el Banco de México desde los inicios del desarrollo, utilizada como cuartel general por técnicos e ingenieros, la casa de verdad tenía un aspecto rústico: gruesas vigas de zapote, colocadas en diagonal, sostenían una retícula de troncos labrados con hacha, coronada por una enorme palapa de zacate. El exterior era muy pintoresco: enterrados en la arena, unos peldaños de madera conducían hasta el porche, cuya anchura estaba concebida para colgar hamacas.

Menos logrado era el interior: dos recámaras estaban situadas en los costados de la casa, una de cada lado, separadas por la estancia y la cocina. Cada una tenía su propio baño, con sus componentes algo dispersos: el lavamanos integrado al dormitorio, y en el muro lateral, tres puertas de idéntica factura, dando acceso al inodoro, la regadera y el clóset.

Pero el enclave era espectacular. Aparte de la vista, que permitía observar en toda su magnificencia los once kilómetros de playa (en ambas direcciones, pues se ubicaba casi en medio), la propiedad estaba rodeada por una jungla exuberante, con gran riqueza de cocoteros, de ceibas y de ramones. Por añadidura, abundaban también las iguanas, que fueron protegidas y alimentadas hasta formar legión, dándole a la casa un toque primitivo y selvático.

Un refugio seductor, y sin duda un desperdicio como cuartel de campaña, así que Fernández Hurtado decidió convertirla en una especie de casa de protocolo: “Los visitantes se quedaban boquiabiertos al contemplar la playa. Yo insistía en llevarlos ahí, para que imaginaran lo que sería Cancún lleno de hoteles. Siempre quedaban muy impresionados”.

Pero la casa rústica no tenía las comodidades suficientes. Así que primero se le adicionó un salón, con una cocina industrial, para ofrecer banquetes a grupos reducidos, de veinte o treinta personas (la dimensión normal de una comitiva). A partir de entonces, las visitas de los inversionistas potenciales se ajustaron a un patrón habitual. Recuerda Daniel Ortiz, testigo de múltiples visitas: “Primero recorrían los terrenos, veían los planos, revisaban los avances, pero siempre remataban en el anexo de la casa, que empezó a ser llamada Casa Maya, donde los con- sentían con panuchos y ceviche de caracol, acompañados por las trovas de un trío yucateco. Era una estrategia de ventas muy efectiva”.

No fue difícil imaginar que el efecto crecería si los invitados podían pernoctar en ese minúsculo paraíso. Tampoco fue difícil suponer que el gobierno de México podría usar la casa para agasajar a huéspedes distinguidos. Así que el siguiente paso fue construir un par de búngalos modernos, mucho más confortables, con algunos lujos (como el aire acondicionado) y con algunas instalaciones de seguridad. Y para rematar el conjunto, una alberca en dos cuerpos, unidos por un coqueto puente y rodeados por una florida terraza.

La lista de dignatarios que ocupó la Casa Maya es extensa e incluye presidentes, primeros ministros, premios Nobel, estrellas de rock y leyendas vivientes. Casi todos anotaron sus nombres y sus impresiones en el Libro de Visitantes Distinguidos (que fue donde Enríquez Savignac expresó su juicio sobre Fernández Hurtado), y la lectura de esos autógrafos está repleta de superlativos: paraíso terrenal, lugar glorioso, sitio mágico, comida divina, experiencia exquisita.

Como herramienta diplomática, sin duda la Casa Maya jugó su papel. También lo jugó como lugar de descanso de cinco presidentes consecutivos (Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas y Zedillo), que se volvieron visitantes habituales (y, más que ellos, sus familias). El problema fue que la voz se corrió y las solicitudes para usar la mansión empezaron a surgir de todos los ámbitos: secretarios de Estado, gobernadores, ministros de la Corte, diputados y senadores, magnates de la industria, actores de renombre, intelectuales de postín, periodistas de ocho columnas, campeones de futbol (o de cualquier cosa), y una larga lista de recomendados, compadres, meritorios y cuates.

La demanda alcanzó tal magnitud que terminó por imponerse la jerarquía. A la hora de prestar la casa, tenía mano el Estado Mayor, es decir, los invitados del Presidente. Luego seguía el secretario de Turismo, cuya oficina solía controlar en forma directa la agenda de entradas y salidas; y en un lejano tercer lugar, el director de Fonatur, cuyo papel se limitaba a mantener impecable la propiedad y pagar los sueldos. Con matices, la Casa Maya funcionó bajo ese esquema por años, durante los cuales a nadie se le ocurrió la descabellada idea de venderla.

Era, por así decirlo, un terreno intocable.

Pero llegó la avalancha del neoliberalismo y, al verse privado de fondos públicos, Fonatur tuvo que sacar a remate sus activos. Con la Casa Maya se hizo una excepción: los servicios que prestaba se consideraban tan esenciales, que el Fondo decidió construir otra Casa Maya en la tercera etapa, asignando el proyecto a un arquitecto de moda, Diego Villaseñor.* Mientras la casa sustituta se terminaba, la original siguió en funciones.

Pero la suerte estaba echada. Puestos a subasta, el terreno y su Casa Maya pasaron a ser propiedad del consorcio Royal Resorts, un grupo especializado en tiempos compartidos, con un extenso portafolio en el destino. Encabezado por Richard Sutton, un veterano de la Fuerza Aérea americana que se radicó en Cancún, y Armando Millet, un inversionis- ta yucateco que nunca quiso dejar su natal Mérida, la empresa había dejado constancia de su seriedad desde la década de los 80, con la operación de un complejo de 200 departamentos, el Club Internacional. En un ramo en donde menudearon los engaños, Sutton y Millet crearon una sólida marca, que les permitió cuadruplicar el negocio en poco más de una década, con la apertura de otros desarrollos: Royal Mayan, Royal Caribbean y Royal Islander. Y en esa fase de expansión, se quedaron por accidente con la Casa Maya.

Recuerda Millet: “Adquirimos el terreno para edificar ahí nuestro proyecto más ambicioso, el Royal Sands. Y claro, sentíamos un poco de pena por la casa de visitas, era triste tener que derribarla. Así que la llamada de Rafael Lara llegó justo a tiempo”.

Agrega Lara: “No lo conocía cuando lo llamé, sólo sabía que iban a construir el hotel y que tenían que desbaratar la casa. No sólo accedió a donarla, sino que la desarmó pieza por pieza, un trabajo de rompecabezas. Cada viga fue numerada,cada poste,cada dintel,y se levantaron los planos correspondientes, para que no hubiera errores. Luego la llevaron a su nueva ubicación, el parque Kabah, y ahí la volvieron a armar.Además, cubrieron todos los costos, a la ciudad no le costó ni un centavo. Creo que fue una actitud ejemplar”.

Por parte del Ayuntamiento, supervisó la reconstrucción un pionero que conocía la casa al dedillo, Ignacio Werner, quien tuvo la ocurrencia de enterrar en algún sitio una cápsula del tiempo, y dejó instrucciones de abrirla después de 50 años.

Otra vez Millet: “Creo que la casa quedó en el lugar perfecto, en medio de la selva. Fue una suerte poder rescatarla, porque es un símbolo de Cancún. Y no es una réplica: es la casa original, pieza por pieza. Ojalá se conserve muchos años”.

El lugar perfecto, el parque Kabah, también era un proyecto en marcha. Parte de una donación que Fonatur entregó al gobierno del Estado, las 42 hectáreas del predio, ubicadas sobre el libramiento Kabah (a un costado de la histórica aeropista), habían quedado rodeadas por la mancha urbana. Alega Lara: “Si las dejábamos ahí, tarde o temprano se iban a vender y a urbanizar. Así que convencí al gobernador Mario Villanueva que firmara un edicto y las convirtiera en parque”.

Ya como alcalde, Lara se preocupó por trazar senderos entre la maleza (con la idea de atraer caminantes y corredores), armó las réplicas de un cam- pamento chiclero y de una casa maya (la clásica palapa donde vivían los campesinos) y gestionó la donación de Millet, la auténtica cereza del pastel.

Sus planes, sin embargo, eran más ambiciosos: “Pensé que ahí podíamos instalar un viejo sueño de los pioneros, el museo de la fundación de la ciudad. ¡Qué mejor edificio que la primera casa! Estaba como hecha a la medida. Así que nos pusimos a juntar recuerdos”.

La convocatoria tuvo eco. Un pionero donó uno de los primeros teodolitos que se usaron en la traza urbana, una auténtica pieza de museo. Otro, un plano trazado a mano, con la distribución de los ranchos en Cancún antes del inicio del desarrollo (Rubén Zaldívar). Un benefactor anónimo entregó una copia del Libro de Visitantes Distinguidos.* Muchos aportaron fotografías (Alicia González, Abraham Cepeda, Diego de la Peña, Jorge Lobo, Lucía Alonso, Ricardo González, Jorge Ávila y un largo etcétera), mientras algunos planos eran rescatados de los archivos municipales, y una notable colección de fotografías aéreas se adquirió buceando en las latas de microfilm del Inegi. Así, a base de murales, mamparas, vitrinas y maquetas, un modesto museo de sitio fue inaugurado en 1998, en presencia del constructor original de la casa (José de Jesús Lima), ostentando en el frontis un nombre inequívoco: Museo Casa Maya.

Como sucede con frecuencia en este país, tanto el parque como el museo dejaron de ser temas prioritarios cuando cambió el gobierno municipal. Aunque nunca se abandonaron del todo, el esfuerzo por mantenerlas en buen estado se esfumó: al paso de los años, los senderos se fueron poblando de maleza, el museo se fue llenando de polvo y la palapa se fue cubriendo de parches. Pero la verdadera hecatombe tuvo lugar en octubre del 2005, cuando los vientos huracanados del Wilma, asociados a un auténtico diluvio, azotaron durante 60 horas la rústica mansión.

La estructura de vigas de zapote aguantó sin problemas. No así la techumbre de pasto, que literalmente se desfondó: auténticas cas- cadas se precipitaron al interior, llevándose a su paso las mamparas, las maquetas, las vitrinas y las fotografías. Cuando pasó el meteoro, el museo era una ruina.

Lamenta Lara: “Todo se perdió. Nadie tuvo la precaución de proteger la colección, de ponerla en sitio seguro. Ahí había documentos que nunca vamos a recuperar”.

El museo tampoco se recuperó: tras remozar el inmueble, el gobierno de la ciudad lo convirtió sin entusiasmo en una especie de aula, donde se imparten clases de pintura, de yoga, de manualidades y de primeros auxilios, a cargo del DIF municipal. En una de las recámaras, pobremente iluminada, cuelgan de las paredes las pocas fotografías sobrevivientes del desastre, junto a recortes de periódicos y carteles publicitarios. Nadie sospecharía que por ahí pasó tanta luminaria.

En resumen, una situación penosa para tan noble reliquia, y un desenlace inmerecido para Pepe Lima, para Rafael Lara, para Armando Millet, y para las docenas de cancunenses que aportaron sus recuerdos personales al museo, con la intención de preservar la memoria de la ciudad. Habría que hacer algo al respecto porque, después de todo, ¿cuántas comunidades en el mundo pueden presumir que tienen, entre sus edificios históricos, la primera casa que se construyó en la ciudad?