Yucatán

La acuarela, una técnica luminosa en la pintura

Ariel Avilés Marín

Entre las variadas técnicas que existen en el mundo de la pintura, destacan por su luminosidad y pureza tres: El guache, el temple y, desde luego, la acuarela. La acuarela, entre estas tres, es la perla de la corona, pues es la más pura. El guache requiere del uso del color blanco en su acabado. El temple, por su parte, requiere de algún vehículo emulsionante en su aplicación. En tanto que la acuarela tiene la maravillosa sencillez de no requerir nada más que agua en la disolución de los pigmentos, y las áreas luminosas que sea necesario destacar se logran dejando en blanco la superficie del papel. En la pintura al óleo los últimos toques que se dan son los puntos de luz que se logran aplicando los colores más claros y, en muchos casos, con detalles de blanco puro. A contraparte, en la acuarela los últimos toques son las partes más obscuras que se aplicarán al final del acabado. Tal parece que, pudiera decirse, el óleo y la acuarela, en su ejecución, son técnicas contrarias en su proceso de creación.

A lo largo del tiempo el óleo ha sido, y es, una pintura que se ejecuta en estudios, por su parte la acuarela, y su conjunto de herramientas para ejecutarla forma un liviano conjunto que puede ser llevado con toda facilidad a cualquier parte, lo cual la hace profundamente popular entre quienes gustan pintar directamente del natural. Además, la acuarela tiene en su naturaleza otras virtudes muy apreciadas por ejecutores y público coleccionista. En una pintura que conserva su luminosidad toda la vida, el paso del tiempo no hace variar un ápice los colores de la obra; por su parte el óleo, con el paso del tiempo, va obscureciendo sus tonos y va perdiendo luminosidad, lo cual hace necesario darle periódicamente un tratamiento de conservación. La acuarela conserva su luminosidad, su color y su pureza toda la vida.

En nuestra ciudad, un hombre ha dedicado su vida y su labor a la creación de obras usando la técnica de la acuarela. Jorge Santiago Herrera Andrade, de raíz profundamente yucateca, pero nacido en Ciudad de México, hijo de yucateco y capitalina, pero pasa una gran parte de su vida en Morelia, Michoacán. De formación profesional es arquitecto, y de ahí toma sus bases para crear su carrera en la vida, ser un gran ejecutante de la acuarela. Herrera Andrade, es además nieto de un insigne educador yucateco, el inolvidable maestro Santiago Herrera Castillo, promotor de una novedosa forma de educar en el ámbito de su Escuela Nueva Ariel, y gran promotor del escultismo en nuestro estado.

Jorge Santiago es un hombre de inquietudes activas, ha montado en su propia casa una amplia exposición de sus obras, pero sus planes van más allá. Con gran entusiasmo externa: “En Ciudad de México, en Toluca, existen museos dedicados a la acuarela ¿por qué en Mérida no habríamos de tener uno?”, y ese es su plan de tono mayor, fundar en nuestra ciudad un museo dedicado a la difusión de este arte. Señala con fuerza tajante: “Los acuarelistas no somos pintores, somos acuarelistas”.

El domingo pasado se celebró el Día Mundial de la Acuarela, y este ha sido el motor que ha detonado su actividad febril. El jueves por la noche, en su residencia, Herrera Andrade inauguró una exposición de su obra. El listón fue cortado por su madre, Elvira Andrade Moreno y dio paso a la numerosa concurrencia que asistió al evento.

La pintura de Jorge Santiago Herrera tiene como tema predominante plasmar los rincones más hermosos y pintorescos de esta ciudad de Mérida, y otras que inciden en su cariño, como Morelia; rincones pintorescos, pórticos, fuentes, corredores con portales, son temas persistentes en su obra. También entra en su producción la elaboración de retratos y se aventura en otros planos, como es el abstracto.

Herrera posee, además, una importante colección de obra de importantes acuarelistas mexicanos, como Joaquín Martínez, que es un verdadero cronista gráfico de la Ciudad de México; y ese es el acervo que desea incorporar a su proyecto de creación del Museo de la Acuarela en Mérida.

La obra de Herrera, está marcada por una profunda personalidad que le da una frescura y una luminosidad incomparables.

El mismo se califica como “un yucateco que ha vuelto a su tierra”, pues han sido más de cuarenta años fuera de Yucatán. “Pero siempre he mantenido el vínculo con Yucatán, con esta que es mi tierra”.

Como acuarelista, se considera discípulo de los talleres de los maestros Beatriz Garminde y Miguel Agüero. Los estudios cursados en arquitectura, en la Universidad Vasco de Quiroga, también pusieron las bases de su dibujo y, de alguna manera, inciden también en su carrera como acuarelista.

Las inquietudes de Jorge Santiago Herrera seguramente fructificarán, pues es un hombre tenaz y laborioso. Su casa puede ser considerada ya, como La Casa de la Acuarela en Mérida; y además está impartiendo cursos y talleres para aquellas personas que se interesan en acercarse a este arte gráfico maravilloso.