Yucatán

El orgullo de ser yucateco

Roger Aguilar Cachón

Con más de medio siglo de estar viviendo en esta Tierra del Faisán y del Venado, de Canek, de los sanjuanistas, de la trova yucateca, de la vaquería, de los tríos, de la rica gastronomía, de su gente y sus bailes y sabores y olores, no me queda más que decir que es un orgullo ser yucateco. Más allá de las profecías de fin del mundo, mi tierra es única, no sólo por lo que se ve, sino por lo que se siente.

De Yucatán nosotros tenemos que estar orgullosos, y más que ser un regionalista, es ser realista, ya que las personas que nos visitan, cuando regresan a sus lugares de origen se llevan una grata sensación de Yucatán, y ustedes, mis caros y caras lectoras, se preguntarán, ¿por qué estar orgullosos de ser yucatecos? Aquí les va mi respuesta.

Por su música, nuestra tierra es cuna de famosos poetas cuyas letras y canciones han dado la vuelta al mundo y han roto y conquistado corazones. Desde un Rosal enfermo, pasando por Peregrina, y recordando Somos novios. Ricardo Palmerín, Guty Cárdenas, Armando Manzanero, Luis Rosado Vega, Carlos Lico, Enrique “Coqui” Navarro, nuestros pilares en la canción yucateca. La serenata yucateca es una de las más famosas y vistosas manifestaciones culturales de nuestra tierra. Muchas personas han sido enamoradas por la música de un trío o bien llevado canciones a las mamás en su día. Solamente es necesario pasar por las noches alrededor de la plaza grande para ver a los músicos esperando ser llamados para llevar serenata. Aunque también se les encuentra en algunos bares y restaurantes. Para los paseantes los jueves se pueden recrear la vista y el oído en la tan famosa Serenata de Santa Lucía.

Por su baile, cuántas veces nos hemos sentido muy orgulloso cuando vamos con alguna visita y contemplamos los pasos y bailes de la jarana, que si la Angaripola, que si Las mujeres que se pintan, que el Chinito Coy Coy, que un 6 x 8, o qué sé, pero lo que sí sé, es de la presencia y belleza de nuestras mestizas y mestizos portando su albo traje y sus hermosos ternos elaborados a base de xocbichuy. Deleitando la pupila con sus hermosos bordados que nos muestran figuras, flores y animalitos en vistosos colores. Los lunes por la noche o los domingos al rayar el mediodía, se pueden apreciar espectáculos de jarana en los bajos del Palacio Municipal.

Hemos de estar orgullosos por nuestro legado cultural tangible, a cada paso podemos ver monumentos, placas en bronce o en piedra donde se recuerdan pasajes de nuestra historia. Casonas con legado y solera histórico-cultural. También a través de las letras en cientos de libros con temas de la localidad. Y por el intangible, nuestro pueblo lleno de sabiduría heredada de nuestros antepasados, sus creencias y supersticiones que nos enriquecen y nos hacen únicos.

Orgullosos por su gastronomía, de frontera a frontera, de continente a continente se hace mención de nuestra gastronomía, relleno negro y blanco, la rica cochinita pibil y el lechón al horno, imprescindible para desayunos y fiestas de medio día. Ya sea en tacos o en pan francés. El afamado poc-chuc, que aunque su cuna está en el Sur, allá en Ticul, en nuestra ciudad se puede degustar en los restaurantes que se encuentran a lo largo y ancho de su geografía. Y qué decir del frijol con puerco de los lunes o del puchero del domingo. Salbutes y panuchos, con salsa de chile habanero, inolvidable por su sabor y consecuencias. Es tan rica nuestra gastronomía que no debemos de perder de vista el dzik de venado, que puede hacerse de boliche. No olvidemos nuestros tamales de xpelón, de pollo y carne molida, y sobre todas las cosas el esperado pib o mucbil pollo.

También de pescado, como el famoso tikinxic, y de marisco podemos presumir. Y de los dulces, ahhhh, ese es otro cantar, ciricote, cocoyol, papaya, de camote, limones rellenos de coco, caballero pobre, manjar-blanco, dulces de pepita y de pepino kat.

Orgullosos de nuestras costumbres, de nuestra calles, de nuestro entorno, de nuestra forma de hablar, así un poco aporreado, de nuestra vestimenta, guayaberas e hipiles. De nuestra joyería en filigrana y esmaltada. De nuestras alpargatas normales de llanta y las de lujo o xanakehueles –chillonas–.

Nosotros debemos de estar orgullosos por nuestra riqueza natural, de nuestra sabana, de las zonas arqueológicas como no las hay en otros lugares, de los cenotes que se pueden encontrar aún en nuestra ciudad. También de nuestras playas y flamencos, de nuestros atardeceres y mejores amaneceres. De nuestras mujeres, héroes, escritores, músicos y artesanos.

Orgulloso de nuestras salinas, de nuestras playas, de los vistosos flamencos y amaneceres idílicos, de nuestro canto de los pájaros del famoso thó, de nuestros cardenales, cheles, yuyas. También de nuestros venados que son hasta el día de hoy motivo de caza, de nuestro faisán, de los armadillos, etc.

Orgullosos, sí, de nuestras supersticiones, de los famosos chivo brujos, del mal de viento, del mal de ojo, de nuestra medicina tradicional y de nuestras parteras. De nuestros cosos taurinos en los pueblos, de sus fiestas tradicionales y patronales.

Orgullosos de nuestra haciendas henequeneras, de nuestra iglesias, de nuestro don de gente, de nuestra cultura y sobre todo de nuestra identidad, de nuestra lengua maya y de los secretos que nos dejaron nuestros ancestros los mayas.

Por eso y por mucho más, mis caros y caras lectoras, debemos de henchir el pecho y decir con orgullo, yo soy YUCATECO, a mucha honra. ¿Y ustedes, caros y caras lectoras también lo están?