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Cultura

Historia de un longseller: El Padrino, de Mario Puzo

Joaquín Tamayo

Cumple 50 años la novela, el origen de las exitosas películas

Mario Puzo era un ludópata, un adicto al juego. Un apostador irremediable. Para suerte de los lectores y de millones de cinéfilos en todo el mundo hizo su mayor apuesta, corrió el más intenso de los riesgos, no tanto en los casinos ni las mesas de póquer o en las carreras de caballo, sino en el hándicap de la literatura con su novela El Padrino (1969).

Aunque de alguna manera ha sido a veces ensombrecida por las magistrales versiones fílmicas (al menos las primeras dos de la trilogía) dirigidas por Francis Ford Coppola, la obra capital de Puzo ha sobrevivido por su propia cuenta a la tempestad de las corrientes en boga y su relectura transmite aún la frescura y el vigor de las piezas clásicas.

En sus páginas pobladas por la travesía de los Corleone está el antídoto contra la vejez y los achaques de otros libros –exitosos de forma efímera– contemporáneos al suyo. El escritor arrojó los dados por el texto vendido durante más tiempo, el longseller, y no el best seller a la usanza de Jacqueline Susann, Irving Wallace o Harold Robbins, también de esa época y hoy desaparecidos de las librerías. Bingo.

La fuerza todavía descollante de El Padrino obedece a la pormenorizada disección de esa familia italiana convertida en el sistema nervioso de la mafia en los Estados Unidos durante la posguerra, a mediados del siglo XX. El miedo, como en los casos de Charles Bukowski y de Fiodor Dostoyevski (otros célebres apostadores), propició la entera dedicación de Mario Puzo para escribir la gran crónica desde las vísceras de los bajos fondos. Sus deudas de juego eran asfixiantes y ya frisaban los 20 mil dólares. Llegó entonces con los editores para decirles: “Si no me compran esto, me matan”, confesaría años después en un tono relajado, distante de sus furiosos acreedores del pretérito.

Puzo nació en 1920, en Nueva York, en el corazón de la comunidad italiana, y comenzó a escribir desde joven, acaso cuando apenas había regresado de prestar servicio en el ejército tras la II Guerra Mundial. Sus libros iniciales obtuvieron críticas tibias, a ratos favorables; las ventas, sin embargo, sufrían por sus limitaciones. Los efectos de las novelas La arena oscura (1955), El peregrino afortunado (1965) y El verano fugitivo de Davie Shaw (1966) se fueron diluyendo en el mercado. Nada ocurrió con estas narraciones de aventuras y de héroes, cuyo valor los impulsaba a sortear adversidades de distinta índole.

Mientras su producción zozobraba, Mario Puzo tuvo hijos y estaba cada vez más envuelto en la vorágine de las apuestas y de los juegos de azar. Conoció de ese modo el ámbito del hampa, de la extorsión y de la violencia y se adentró en los códigos de las “familias”; en realidad, organizaciones controladoras de las actividades ilícitas.

Por eso, en la mitología de El Padrino persisten ciertas leyendas negras con respecto a Puzo. Siempre se especuló sobre si había tomado modelos reales o no para crear a sus personajes. Un ejemplo: Johnny Fontaine –el fulgurante ahijado de Vito Corleone y cantante de Hollywood– parece inspirado en Frank Sinatra. Crédulo de este argumento, el artista jamás le perdonó al escritor los paralelismos entre su carrera y la del ficticio Fontaine. Y así como el entorno de la farándula suele ser contradictorio, el de la cultura literaria, mejor dicho librera, padece algunos prejuicios atávicos, endémicos. Si algo se lee y posee mucha demanda es motivo de sospechas, de suspicacias. “Seguramente no es bueno, no es literatura seria”, dicen los escépticos estudiosos. La idea es injusta. Para Mario Puzo lo fue y quizá lo siga siendo para otros autores ninguneados a pesar de sus capacidades: Isaac Asimov, Stephen King y Lee Child figuran etiquetados en esa lista denominada “de entretenimiento”. Uno de ellos fijó su postura con mordacidad: “los demás pueden quedarse con el Nobel y la academia; yo, con el Ferrari”. En efecto, Puzo se volvió millonario gracias a las regalías de su trabajo y a los contratos cinematográficos.

El Padrino supera cualquier clasificación mercantilista o intelectual. Es una novela cuya trama y escritura se sustentan en el arsenal de herramientas de un profundo lector de Dumas, de Tolstoi, de Dante, de Nabokov, de Chandler, de Chéjov y, sobre todo, descubrimos en su prosa a un avezado seguidor de la bibliografía de Dostoyevski, su novelista de cabecera. La reconstitución de Puzo en torno a los laberintos de la delincuencia no procede únicamente de sus andanzas y experiencias entre las élites del juego y de los capos; más bien se trata de una mezcla, de una especie de cóctel: por un lado, puso en esas páginas el resultado de sus observaciones y vivencias y, en segunda instancia, la fatídica hondura de lo mejor de Dostoyevski: Los hermanos Karamazov. Ahí efervesce el Dostoyevski en estado puro y salvaje; su mano aparece en calidad de influencia positiva para la conformación de la saga italiana.

¿Similitudes?... En la atmósfera, en la fría determinación de algunos hombres y en la crueldad inquietante de sus actos. Vito Corleone, dotado por la sabiduría natural del sentido común; por el contrario, Michael Corleone encarna la impiedad detrás de una inteligencia perturbadora. No en balde, cuando El Padrino empezó a subir los escaños de ventas, sus detractores no demoraron en afirmar los “aires de parentesco” entre la obra de Mario Puzo y las cúspides literarias del moscovita.

Sin embargo, el escritor ítalo-estadounidense terminó forjando su personalísima sintaxis del mal, una extraña moral de lo clandestino, apoyada en una serie de principios solo entendibles en el tétrico seno de la familia Corleone. Es verdad: las películas de Coppola son, tal vez, algunas de las cintas más logradas del siglo pasado; de hecho, recuperan el aliento narrativo de la obra, aunque nunca alcanzan a representar los temores, las inseguridades y las múltiples máscaras de los protagonistas.

El Padrino es una novela lineal, relatada en tercera persona, sin artilugios, desprendida de ornatos pero colmada de detalles sobre cada una de las escenas y los movimientos de su reparto. Además de Vito Corleone y su dinastía, hubo pasajes enteros imposibles de rescatar por las cintas. Simplemente no tuvieron cabida. He aquí una muestra: los instantes finales de Genco Abbandando, el eterno consiglieri del viejo Corleone, sustituido por Tom Hagen, el hijo adoptivo de la familia. El autor también se detiene morosa, caprichosamente, en el apasionado romance entre el exiliado Michael y la trágica Apolonia, su esposa muerta en Sicilia. Desfilan con minuciosidad las vidas de Lucy, la amante de Santino, y Albert Neri, el expolicía transformado en el hombre de confianza de Michael, apartando así a Clemenza y a Tesio, los antiguos caporelli de su padre.

Más allá de la historia novelada, el mérito de Puzo para hacer de su libro un relato perdurable estriba en la perfecta elaboración de sus personajes, utilizando, a semejanza de Vito Corleone, el sentido común: se concentró en los sentimientos inalterables del ser humano: el dolor, la venganza, la envidia, la codicia, la traición y la lealtad a la familia. En definitiva, retrató sin miramientos la ambigüedad de hombres y mujeres. En su pluma se sostuvieron los matices del gris de la vida misma. “Supo entonces que detrás de aquella luz cegadora, estaba la muerte”, escribió para ponerle punto final a la existencia de don Vito.

Mario Puzo, por su parte, murió hace veinte años. No obstante, sus personajes le han sobrevivido gracias al cine (Marlon Brando, Al Pacino, James Caan), cuyo impulso los ha trastocado en imágenes de la cultura popular. Abundan fanáticos repitiendo frases emblemáticas de sus diálogos. “Nunca le digas al enemigo lo que estás pensando”. “Un hombre sin familia no es un hombre”. En el fondo, el escritor de origen italiano solo quería escribir un libro convencional, a la manera clásica, sin trucos para los lectores, con el único propósito de saldar sus deudas. Cincuenta años después, y al modo de don Corleone, Puzo aún invita a leer esta novela. Dice: “Les haré una oferta que no podrán rechazar”.