Cultura

Fumar hace daño; la canción, no

Por Pedro de la Hoz

El 6 de noviembre de 1492, mientras esperaba en la costa norte de Cuba a que el mar se aquietara para proseguir su primera travesía exploratoria por desconocidas tierras antillanas, Cristóbal Colón describió en su diario a “hombres con un tizón en las manos y ciertas hierbas para tomar sus sahumerios que son hierbas secas metidas en una cierta hoja seca también a manera de mosquete…”.

El último verano de su vida, en 1950, Eliseo Grenet, notable compositor cubano de vuelta de sus triunfos en París, redondeó en un café de La Habana Vieja una imagen que le obsedía desde algún tiempo atrás; comparar la belleza de una muchacha campesina con los fulgores del campo cultivado donde la vio.

De los trazos de asombro registrados en su bitácora por el almirante genovés a la escritura de Tabaco verde, la cultura del tabaco –vega, hoja, manufactura, humo y placer– y las mujeres y hombres que le han dado a esta cuerpo y sentido, se entrecruzan con la cultura musical. Si fumar hace daño, la música que la hoja y su entorno inspiran, quiérase o no, forma parte del imaginario cultural de los pueblos de este lado del mundo.

No son pocas las referencias al encuentro entre música y tabaco. Distante en el tiempo, un aria de Johann Sebastian Bach, So oft ich meine tobackspfeife, transcrita en dos tonalidades diferentes por su segunda esposa en un cuaderno de notas de 1725, testimonia el uso frecuente de una pipa de tabaco por el compositor. En fechas más recientes, las palmas de la popularidad se las lleva Tabaco y Chanel, con la que el colombiano Jorge Villamizar puso en órbita internacional al grupo Bacilos –integrado además por el brasileño André Lopes y el puertorriqueño José Javier Freire–; aunque no se puede desconocer la pegada que tuvo en su momento la cumbia Tabaco y ron, del colombiano Manuel J. Larroche, sobre todo en la versión amerengada del dominicano Fernandito Villalona.

No cuento aquí aquellas obras relacionadas con el cigarrillo –ni la inevitable Fumando espero con la imagen sensual de una Sara Montiel, ni el cigarrillo del tema homónimo que entona con voz enronquecida la mexicana Ana Gabriel, ni al melancólico reclamo del colombiano el Chico Jaramillo–; en todo caso, me inclino por la evocación del catalán Joan Manuel Serrat en No hago otra cosa que pensar en ti (“enciendo un cigarrillo y otro más…”).

Si de curiosidades se trata, es posible seguir la pista del chotis Tabacos y cerillas, de la zarzuela Las de Villadiego, del español Francisco Alonso, el autor de Las Leandras, o de una placa de 45 rpm con música del francés Hubert Ithier, grabada en 1954 que incluye en una de sus caras La fete du tabac, presumiblemente compuesta durante su viaje a Cuba un año antes.

En la llamada country music existe un clásico, The Tobacco Road –título idéntico al de la cruda novela de Erskine Caldwell–, éxito en 1964 de The Nashville Teens, un grupo británico influido por los sonidos tradicionales de Estados Unidos.

Pero de regreso a la canción de Grenet, no caben dudas acerca de su alto vuelo poético, solo comparable con el evocador tema cantado por la mexicana Guadalupe Pineda en 1981 en el que clama: “Niña color tabaco / falda naranja negra la voz / corre esta noche tu noche”.

Porque cuanto el cubano dice es metáfora certera, sostenida por una línea melódica más cercana al lied que a la criolla: “La vega se pierde / en sus gasas de nieblas azules / el cielo brillante / su lumbre consume: / la linda veguera / es fruto en pulpa y en zumo; / y eleva el tabaco su aroma/ en mil espirales de humo. / Tabaco verde en flor, / en tu mirada es / gama de esperanza, / color de añoranza/ matiz de altivez. / Tabaco verde en flor, en tu sonrisa es / humo que se riza / y se sutiliza / en tu palidez. / La vega fulgura bañada / en el sol tropical / y al ver de las nubes se viste / de azules y granas/ y tú serás / como el tabaco verde en flor. / Un sopor de vida / en la tierra encendida / y amada de Dios”.

No por gusto, Tabaco verde ha nutrido el repertorio de varias de las principales voces del arte lírico musical cubano –dígase Esther Borja, Ramón Calzadilla, Armando Pico, Alina Sánchez–, aunque una de sus más populares versiones es la que a fines de los años cincuenta del siglo pasado grabó Ramón Veloz, recio defensor de la música campesina, y la más innovadora de todas corresponde al original cuarteto Las D’Aida, también de esa época, en un disco cuyo director musical fue Chico O’Farrill, el mismo que ensanchó los caminos en Estados Unidos del jazz afrocubano.

En la veta bucólica, una página de José Ramón Sánchez resulta paradigmática. Como pinareño de pura cepa, este cantor no podía dejar de fijar en sus estampas la visión del paisaje de Vueltabajo y sus parcelas sembradas de tabaco. En tal caso su más reconocida guajira, El madrugador, cantada y grabada por decenas de voces y conjuntos desde la década de los cincuenta hasta nuestros días, describe con elocuencia: “Qué lindo es el suelo mío, / bajo el azulado cielo / y qué lindo el arroyuelo / que pasa junto al bohío. / Embellece el veguerío, el sol con su claridad / y rompe la soledad / habitual de la pradera / una décima sitiera, / que es himno de libertad”.

Claro está que las menciones al tabaco también pasan por la gozosa cadencia de la guaracha. Una vieja grabación del Trío Pinareño, fechada en 1941, contiene Tabaco, azúcar y ron; Agustín Ribot logró un doblete de lujo con Pancho Tabaco, interpretada tanto por Orlando Guerra (Cascarita) como por el Conjunto de Roberto Faz, y quién no bailó, disfrutó y sigue deleitándose con la incomparable voz y el trepidante ritmo de Benny Moré en Se te cayó el tabaco, desde 1958.

Esta saga no ha concluido. Quién sabe si a la vuelta de la esquina otro compositor, otra canción, nos sorprenda. Aunque para bien de nuestra salud no vaya acompañada de nicotina.