En un contexto de reacomodo de alianzas económicas y políticas a nivel global, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, emprende esta semana una visita de Estado a China, la primera de un jefe de gobierno canadiense en casi una década.
El viaje ocurre pocos meses después de que el propio Carney advirtiera públicamente que Pekín representaba el mayor riesgo geopolítico para Canadá, por presuntas interferencias electorales y disputas en el Ártico.
Un giro pragmático en la política exterior canadiense
La llegada de Carney a Pekín refleja un cálculo diplomático cuidadosamente medido. Canadá enfrenta una creciente presión económica derivada de su guerra comercial con Estados Unidos, su principal socio, lo que ha acelerado la necesidad de diversificar mercados y reducir la dependencia de Washington, que hasta hace poco absorbía más del 75 por ciento de las exportaciones canadienses.
Analistas señalan que China busca proyectarse como un socio estable frente a la volatilidad de la política comercial estadounidense. Michael Kovrig, exdiplomático canadiense, advierte que Pekín podría aprovechar la coyuntura para presentarse como un actor confiable, aunque subraya que la relación entre ambos países sigue siendo profundamente tensa.
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Una relación marcada por desconfianza y antecedentes críticos
Las fricciones entre Ottawa y Pekín se intensificaron desde 2018, cuando China detuvo a Kovrig y a Michael Spavor tras el arresto en Canadá de la ejecutiva de Huawei, Meng Wanzhou.
A ello se suman sanciones comerciales, como los aranceles impuestos por China a productos canadienses tras la decisión de Ottawa de gravar vehículos eléctricos chinos.
Carney ha definido su visita como un intento de construir una relación “estable”, sin ignorar los señalamientos sobre derechos humanos, interferencia política y presiones económicas. Desde el gobierno canadiense se reconoce que China no es un aliado estratégico, pero sí un actor imposible de excluir del tablero global.
Comercio, energía y límites estratégicos
Las conversaciones se centrarán en energía, agricultura, comercio y seguridad internacional, sectores donde ambos países comparten intereses.
No obstante, expertos alertan sobre los riesgos de abrir áreas sensibles como inteligencia artificial, tecnología aeroespacial o minerales críticos, donde China podría absorber conocimiento y propiedad intelectual canadiense.
Diplomacia en equilibrio
Para Ottawa, el reto consiste en ampliar su presencia en el mercado chino, que hoy representa apenas el 4 por ciento de sus exportaciones, sin comprometer su soberanía ni sus principios democráticos.
Analistas coinciden en que la visita podría derivar en acuerdos puntuales de corto plazo, aunque el trasfondo seguirá siendo una relación compleja, marcada por la cautela y la necesidad mutua.
La gira de Mark Carney confirma que, en el nuevo escenario global, Canadá apuesta por una diplomacia pragmática, incluso frente a socios con los que mantiene profundas diferencias estructurales.
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