México volvió a fijar un límite.
No diplomático. No retórico. Político e histórico.
El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro, el bombardeo sobre Caracas y la muerte de civiles no son hechos aislados. Son la aplicación directa de una doctrina anunciada: la resurrección de la Doctrina Monroe en su versión más descarnada, hoy conocida como Corolario Trump.
Lo ocurrido no cayó del cielo.
Tiene doctrina, fecha y ahora también confesión pública.
Lo que dijo la Presidenta
El lunes 5 de enero, la presidenta Claudia Sheinbaum fijó una postura que define a México como Estado.
México rechaza de manera categórica la intervención en los asuntos internos de otros países.
La historia de América Latina —subrayó— demuestra que la intervención nunca ha traído democracia, ni bienestar, ni estabilidad duradera.
La acción unilateral y la invasión no pueden ser la base de las relaciones internacionales del siglo XXI.
México apuesta por la cooperación, no por la imposición; por el derecho, no por la fuerza.
América no es doctrina
Sheinbaum fue tajante:
América no pertenece a ninguna doctrina ni a ninguna potencia.
Pertenece a sus pueblos.
Cada nación tiene derecho a decidir su rumbo sin amenazas, sin bombardeos y sin secuestros. Ese principio es el núcleo del derecho internacional que hoy se intenta demoler.
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La Doctrina Monroe–Trump
En diciembre de 2025, Estados Unidos reactivó formalmente la Doctrina Monroe como política operativa.
Un mensaje presidencial y la Estrategia Nacional de Seguridad 2025 declararon al hemisferio occidental zona de preeminencia exclusiva de Washington, negando influencia a potencias no hemisféricas y subordinando a América Latina a los intereses estratégicos estadounidenses.
No es retórica.
Es marco de acción.
El saqueo, sin máscaras
La doctrina necesitaba un relato. Y ahora, también un botín.
En un mensaje público difundido en redes, el presidente Donald Trump anunció que las llamadas “autoridades interinas” en Venezuela entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos. El crudo —dijo— será trasladado en buques de almacenamiento, vendido a precio de mercado y el dinero quedará bajo su control personal, para “beneficiar al pueblo de Venezuela y de Estados Unidos”.
La declaración es de una crudeza histórica.
No habla de ayuda humanitaria.
No habla de cooperación internacional.
Habla de apropiación directa de recursos estratégicos de un país ocupado, administrados por el presidente de otra nación.
Esto no es diplomacia.
Es piratería del siglo XXI.
La guerra del pretexto
Para legitimar el ataque, Washington fabricó un enemigo funcional. Durante meses sostuvo que Maduro encabezaba un supuesto “Cártel de los Soles”. Hoy, el Departamento de Justicia de Estados Unidos ha abandonado silenciosamente esa acusación, lo que analistas interpretan como una admisión implícita de que el cártel no existe.
Los datos contradicen la narrativa: Venezuela tiene un papel marginal en el comercio mundial de cocaína y ninguna relación con el fentanilo, droga responsable de la mayoría de las muertes por sobredosis en Estados Unidos.
La “guerra contra las drogas” fue un pretexto.
Como las armas de destrucción masiva en Irak.
La mentira como licencia para la agresión.
Neocolonialismo explícito
En un análisis publicado el 6 de enero, el periodista Luis Hernández Navarro lo llama por su nombre: imperialismo puro y duro. Un neocolonialismo concentrado que busca instaurar un protectorado, tutelar un cambio de régimen y entregar la industria petrolera venezolana a intereses extranjeros.
Ya no se invoca la democracia ni los derechos humanos.
Basta la razón de la fuerza.
De ahí el término que circula con ironía amarga: Doctrina Donroe. América para el imperio. Sin eufemismos.
Resistencia y límites
Pero el poder no es absoluto.
No hay tropas estadounidenses en tierra. El ejército bolivariano sigue de pie. La cadena de mando funciona. Y la realidad no ha obedecido del todo el guion escrito en Washington.
Como recordaba Henry Kissinger —citado por Hernández Navarro—: “puede ser peligroso ser enemigo de Estados Unidos, pero ser amigo es fatal”. Las piezas desechables ya empezaron a caer.
México, del lado correcto
Frente a este escenario, México decidió no callar.
Defender la no intervención no es neutralidad moral.
Es impedir que la mentira se normalice como política exterior y que el continente vuelva a ser tratado como botín.
Remate político
Mientras algunos celebran la resurrección de viejas hegemonías, México eligió otro camino.
El de la soberanía.
El del derecho internacional.
El de la verdad frente al saqueo.
La acción unilateral y la invasión no pueden ser la base de las relaciones internacionales del siglo XXI.
No conducen a la paz.
No conducen al desarrollo.
Conducen al caos.
México apuesta por la cooperación, no por la imposición; por el derecho, no por la fuerza.
AMLO y la línea histórica
Desde fuera del gobierno, el expresidente Andrés Manuel López Obrador reforzó la postura con una advertencia clara: las victorias impuestas suelen convertirse en derrotas históricas, y la política no es imposición.
Recordó que ni Bolívar ni Lincoln habrían aceptado un orden mundial gobernado como tiranía global.
México no improvisa esta postura.
La aprendió a golpes. Hoy no hay abrazos, dice López Obrador en su texto en X.
Evidencia de que si hay memoria histórica y …Hay dignidad. También hay un límite claro que países como México establecen: América Latina no es zona de conquista ni mina abierta del neocolonialismo del siglo XXI.