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Opinión

Minneapolis: cuando se justifica la violencia del Estado

“A todas luces y sin temor a equivocarnos, Minneapolis vuelve a recordarnos una verdad incómoda: el tiempo no cambia nada si las estructuras permanecen intactas”.

Minneapolis: cuando se justifica la violencia del Estado
Minneapolis: cuando se justifica la violencia del Estado

Minneapolis vuelve a sangrar. Y no es una metáfora. Es una realidad que todos vimos a través de las redes socia les. El video de los lamentables hechos se hizo viral. Sucedió en la fría mañana del miércoles 7 de enero de 2026, cuando un operativo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) derivó en un tiroteo que dejó una mujer muerta en el Sur de la ciudad, cerca de East 34th Street y Portland Avenue, justo a unas cuantas cuadras del lugar donde en 2020 fue asesinado George Floyd.

El tiempo pasó; la herida no cerró. El gobernador de Minnesota, Tim Walz, confirmó la participación de agentes federales del ICE a quienes pidió abandonar la ciudad. La escena, otra vez, terminó en protestas, gas pi mienta y una ciudad paralizada como hace cinco años. Las versiones oficiales llegaron rápido o más bien, demasiado rápido. El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) se defendió de las críticas alegando que una manifestante “usó su vehículo como arma” y que un agente de ICE, “temiendo por su vida, la de sus compañeros y la seguridad pública”, realizó disparos defensivos.

La vocera del DHS, Tricia McLaughlin, afirmó que el agente “utilizó su entrenamiento” y que la mujer murió tras ser alcanzada por los disparos. Lo que no dijo en qué en su auto llevaba juguetes de niños. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, cerró fi las con esa narrativa: actuar en defensa propia, agente herido, dado de alta y ya con su familia. Incluso pidió al público “rezar por él” y también por la familia de la fallecida.

Pero mientras el discurso oficial se ordenaba, la calle contaba otra historia. Videos difundi dos en redes muestran a agentes federales disparando, a manifestantes arrojando nieve y hielo, y a policías respondiendo con gas lacrimógeno y pimienta. Testigos presenciales describen una escena caótica y denuncian que no se permitió asistencia médica inmediata a la mujer herida, una acusación que el senador estatal Omar Fateh calificó como “profundamente preocupante”.

Desde Truth Social, el Presidente Donald J. Trump avaló sin matices la versión del ICE, cali f i có a las personas involucradas y a la fallecida como “agitadoras profesionales”, habló de una “iz quierda radical violenta” y presentó al agente como un héroe que salvó vidas. No esperó peritajes, ni investigaciones, ni contextos.

El veredicto estaba dictado. Del otro lado, congresistas demócratas elevaron el tono. La representante Jasmine Crockett afirmó que el ICE asesinó a una ciudadana estadounidense y acusó directamente a la retórica de Trump de legitimar esta violencia. “No nos quedaremos callados mientras agentes federales enmascarados y no calificados aterrorizan a nuestras comunidades”, escribió.

El alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, fue más allá: pidió al ICE abandonar la ciudad, al igual que la senadora Tina Smith. Y la verdad es que cuando las autoridades locales piden a una agencia federal retirarse por razones de seguridad pública, no se tra ta de un incidente aislado; sino de una crisis institucional. En redes sociales, miles de usuarios señalaron la coincidencia geográfica con el asesinato de George Floyd.

“Mismo barrio, mis ma violencia”, “cambian los uni formes, no las balas”, “los tiempos no cambian”. No es consigna: es memoria histórica. Minneapolis se ha convertido en un símbolo incómodo de una promesa in cumplida porque el problema de fondo no es si el agente “temió por su vida”. Esa frase se ha convertido en el salvoconducto perfecto para cerrar cualquier debate.

El verdadero cuestionamiento es por qué la fuerza letal sigue sien do la respuesta inmediata, por qué los operativos migratorios se ejecutan como despliegues de guerra y por qué, cinco años después de Floyd, el uso de la violencia sigue sin controles claros ni rendición de cuentas efectiva. La muerte de esta mujer no ocurrió en el vacío. Se inscribe en una escalada de redadas migratorias que han tensado comunidades, criminalizado la protesta y normalizado la presencia de agentes federales armados en barrios residenciales.

Bajo el discurso de “hacer América segura”, se está erosionando algo esencial: la confianza social y el límite al poder armado del Estado. A todas luces y sin temor a equivocarnos, Minneapolis vuelve a recordarnos una verdad incómoda: el tiempo no cambia nada si las estructuras permanecen intactas.

Las promesas de reforma no bastan cuando el gatillo sigue siendo la respuesta. Mientras no haya investigaciones independientes, justicia real y límites firmes al uso de la fuerza, la historia seguirá repitiéndose