Hay momentos que uno vive sin saber que, con el tiempo, se convertirán en memoria colectiva. El 16 de febrero de 1993 fue uno de esos días. Para quienes estuvimos ahí, era simplemente un acto universitario más: una toma de protesta, una responsabilidad asumida, la convicción juvenil de que participar tenía sentido. Treinta y tres años después, esa fotografía ya no habla sólo de un instante. Habla del inicio de caminos.
En aquella mesa coincidimos jóvenes formados en la Universidad Autónoma de Yucatán –con excepción de Dulce María Sauri Riancho, cuya presencia representaba ya entonces la experiencia y la dimensión de la vida pública— sin imaginar que el tiempo nos llevaría a responsabilidades distintas, pero unidas por un mismo origen: la universidad como espacio de formación, debate y compromiso. Carlos Pasos Novelo, quien años después sería rector de la UADY, había sido dirigente estu diantil antes de asumir responsabilidades institucionales mayores.
Su trayectoria confirma algo que sólo se entiende con los años: la universidad enseña a conducir, a escuchar y a comprender que las decisiones colectivas siempre exigen responsabilidad. Roberto Pinzón Álvarez recorrió un camino semejante. De la representación estudiantil pasó a la vida legislativa hasta presidir el Congreso. Su historia recuerda que la política no empieza en los cargos, sino en la disposición de participar cuando aún se es estudiante y se cree que es posible cambiar las cosas.
Ligia Cortés Ortega, quien en aquel momento compartía esa misma etapa universitaria y posteriormente llegaría a presidir el Poder Judicial, representa la fuerza silenciosa de quienes entienden que las instituciones se sostienen en la legalidad, el equilibrio y la responsabilidad. Su trayectoria es también testimonio de cómo la formación universitaria puede convertirse en servicio al Estado. Carlos Aguilar Cervantes encabezaba aquella dirigencia estudiantil.
En ese momento, el liderazgo significaba organizar, dialogar y asumir decisiones frente a compañeros que esperaban representación auténtica. Con el paso del tiempo se comprende que esos espacios son, en realidad, los primeros ensayos de la vida pública. Y en lo personal, formar parte de aquella generación significó entender que la participación no termina cuando concluye una etapa. La universidad deja una marca permanente: la idea de que el conocimiento debe servir, que la justicia debe construirse todos los días y que el compromiso con la sociedad no es un discurso, sino una forma de vida.
Hoy, al mirar esa imagen, lo que más llama la atención no son los cargos que vendrían después, sino algo más simple y más profundo: éramos jóvenes creyendo que participar valía la pena. Tal vez esa sea la enseñanza más importante para las nuevas generaciones. Nadie sabe, mientras vive su juventud, hasta dónde llegarán sus decisiones. Ninguno de nosotros imaginaba entonces las responsabilidades futuras. Lo único claro era la voluntad de involucrarse. La universidad no sólo nos dio una profesión.
Nos dio una forma de entender la vida pública. Treinta y tres años después, esa sigue siendo la invitación para los jóvenes de hoy: participar, prepararse y no renunciar a la idea de que el futuro también se construye desde las aulas. Porque algunas historias comienzan sin que uno lo note… y sólo el tiempo revela su verdadero significado.