Yucatán

De Boccaccio al Covid-19, todo un devenir en la historia

Ariel Avilés Marín

En el año de 1348, una terrible epidemia de peste bubónica golpeó a la ciudad de Florencia. Cinco años después, en 1353, este suceso sería la génesis de una gran obra literaria, de las más grandes en la historia de las letras universales, “El Decamerón” de Giovanni Boccaccio. Boccaccio, con Petrarca y Dante, marcan una generación que anunciaría al mundo grandes cambios en todos los órdenes, empezando por el orden de los pensamientos. Con estos tres célebres escritores se retoma al hombre como centro de la cultura y medida de todas las cosas, la mirada de la humanidad recupera la perspectiva del humanismo, y con ella se hace una revalorización del pensamiento grecolatino. Estos tres gigantes de las letras son heraldos de una nueva y trascendente etapa de la humanidad, El Renacimiento. La obra de Boccaccio, es una apertura de nuevos caminos para la narrativa, algunos teóricos la consideran una precursora de la novela, sea esto real o no, El Decamerón es una obra que hace época y marca un precedente.

La narración de Giovanni Boccaccio cobra actualidad en nuestros días de cuarentena y encierro, pues su tema es precisamente ese, un grupo de diez jóvenes que, atemorizados por la epidemia, huyen y se refugian en una quinta, a las afueras de Florencia, para evitar el contagio y la inevitable muerte por éste. La obra de Boccaccio, hay que subrayarlo, es una ficción, pues ni entonces ni ahora, el encierro por una epidemia se soluciona en diez días, pero la sabrosa, y picante por momentos, narrativa del florentino, es todo un despliegue de ingenio y su amenidad nos da cuenta de la manera de cómo, en esas circunstancias de adversidad, el ingenio y la elocuencia se ponen en juego y al servicio de los recluidos, y los saca adelante en el tedio por el encierro forzado. Hemos de ubicar que, en el S. XIV, ningún recurso técnico poseía la humanidad que pudiera aliviar la condición de los encerrados por la fuerza del temor al contagio, y con él a la muerte. En diez jornadas, que corresponden a esos mismos días, Boccaccio resuelve la trama de su obra, cuyo título da cuenta de esto. DECA = DIEZ y HEMERA HEMERAS = DÍA, así pues, el encierro y la colección de narraciones, comprende un período de diez días, que hace de la obra, una genial colección de cien cuentos.

Seis siglos después, el gran cineasta, italiano también, Pier Paolo Pasolini, retoma la obra de Boccaccio y genera una nueva versión, ahora encuadrada en la más joven de las artes, el cinematógrafo. Con gran cuidado y sensible criterio, Pasolini selecciona y retoma las narraciones que considera más sabrosas y picantes, y con ellas borda una obra de arte del cine del S. XX. Como le sucedió a Boccaccio en el S. XIV, la obra de Pasolini es rechazada por la hipocresía de la sociedad conservadora, que es la misma de entonces a ahora. Pasolini, tiene la virtud de seleccionar los cuentos que considera más interesantes y pícaros para bordar con ellos una trama que su genial creatividad lleva a niveles que superan totalmente lo planteado por Giovanni Boccaccio en la obra original. Los recursos que el cine brinda a Pasolini, elevan la trama del encierro forzado a niveles de una fuerza plástica y actoral que sientan precedente en el cine erótico de mediados del S. XX, y hacen de la trama de Boccaccio una recreación catapultada, al ser asumida en el medio que los recursos técnicos de entonces aportan a la historia. El encierro de Boccaccio y el de Pasolini, son originales y diferentes ambos, aunque son el mismo, y esta dualidad se da merced de las circunstancias de uno y otro. Y ambos, el de Boccaccio y el de Pasolini, son a la vez, diferentes del que estamos viviendo nosotros en la actualidad.

Hoy, nos toca a nosotros protagonizar un moderno Decamerón, aunque nunca cruzó por nuestras mentes esta posibilidad. Llevamos ya más de un mes de confinamiento, si no absoluto, sí de una profunda restricción, o más bien restricciones, pues éstas son múltiples y muy variadas. Hoy nos vemos, como los jóvenes florentinos del S. XIV, atemorizados y temiendo por nuestras vidas, y como los otros florentinos, los que no aparecen en la obra de Boccaccio, ahí afuera, hay una enorme cantidad de gente que hace oídos sordos a la información que todos los días la autoridad pone al alcance de toda la comunidad sin distinción alguna. Boccaccio no nos lo cuenta en su inmortal obra, pero en ese año de 1348, una proporción muy grande de los habitantes de Florencia encontró la muerte en la epidemia. Hoy, a nosotros nos toca decidir si somos los personajes de Boccaccio o los de Pasolini, o estar en el otro lado del río, del lado de los que no vieron llegar el Renacimiento, ni siquiera la publicación del libro de Boccaccio, tan sólo cinco años después. Es una decisión responsable guardar en forma severa el encierro que la cuarentena impone, o correr el riesgo, altamente probable, de contraer el virus, y con ello poner en juego nuestras vidas.

Las circunstancias de esta época que nos está tocando vivir, son por mucho, muy diferentes a las de los florentinos del S. XIV, también lo son de las de los florentinos retratados por Pasolini, ya en el S. XX. Tenemos a nuestro favor el enorme caudal de recursos técnicos que la ciencia pone a nuestro servicio en estos días; si analizamos objetivamente, nuestro encierro no es tal, ni por lo más remoto. Esa maravilla que llamamos Internet, la famosa red, pone en nuestras manos el mundo entero al alcance de un simple click. La realidad que vivimos hoy, dista mucho de la que vivimos los niños que llegamos al mundo en la década de los 50’s del pasado siglo. Es muy difícil de concebir, para un niño o joven de hoy, que nosotros crecimos sin televisión, que en muy pocas casas entonces, había teléfono, y era teléfono domiciliario fijo, nada de móvil. Que el centro de reunión y comunicación con el mundo, era un aparato de radio transmisión, que agrupaba alrededor de sí a todos los habitantes de cada casa.

Para nuestra fortuna, hoy tenemos a nuestro alcance, video-llamadas, hasta múltiples; plataformas mudle, canales de Youtube, Facebook, mil y un aplicaciones que nos permiten, en un instante, platicar con un amigo que está en otra ciudad, o hasta en otro país, aún al otro lado del mundo. Así que, hoy por hoy, nuestro encierro es bastante relativo, es llevadero, es amable, y hasta confortable. No hay justificación ni sustento para esa gente que exclama totalmente fuera de sí: ¡Ya no soporto este encierro!; cuando hay gente que, por verdadera necesidad, en unos casos, o por el cumplimiento del deber, en otros, tiene que salir a la calle, aun cuando realmente, desearía no hacerlo. De los encerrados de Boccaccio, a nosotros, hay de por medio un largo devenir de la historia que nos pone en planos totalmente diferentes. Tengamos el temple necesario para resistir este leve encierro, que puede ser la diferencia entra la vida y la muerte. Asumamos el papel pasivo que nos corresponde en este difícil trance. Sólo hay una fórmula, y es bastante simple y sencilla: ¡NO SALGAS DE TU CASA!