La temporada de incendios forestales del 2025 cerró como una de las más complejas para México en los últimos años. Aunque las cifras nacionales aún no se consolidan del todo, el antecedente inmediato pesa: el 2024 dejó más de 1.67 millones de hectáreas arrasadas, la mayor superficie afectada desde 1998.
Ese dato encendió alertas sobre la relación cada vez más estrecha entre el fuego, la crisis climática y la alteración de los ciclos de lluvia.
En ese panorama nacional adverso, Yucatán logró un comportamiento atípico. Mientras amplias zonas del país y de la propia Península de Yucatán enfrentaron incendios de gran magnitud, la entidad cerró el 2025 con una reducción histórica tanto en número de siniestros como en superficie dañada, una señal alentadora que, sin embargo, convive con riesgos que siguen latentes.
Si bien la región acumuló casi un centenar de siniestros forestales que consumieron 60 mil 837 hectáreas de vegetación diversa, el comportamiento dentro del estado de Yucatán fue notablemente distinto al resto, con señales de reducción significativa del impacto ambiental.
Una década marcada por altibajos
Los registros de incendios forestales en Yucatán muestran una historia irregular, con años críticos seguidos por periodos de menor impacto. Entre 2020 y 2023, la entidad reportó entre 15 y 26 incendios anuales, con variaciones importantes en la superficie afectada. En el 2024, el escenario se complicó: 29 incendios dejaron más de 20 mil hectáreas dañadas, especialmente en municipios del sur del estado.
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En contraste, el 2025 cerró con apenas 13 incendios forestales, la cifra más baja en al menos cinco años. La superficie afectada fue de alrededor de 2 mil 200 hectáreas, un descenso cercano al 89% respecto al año previo, de acuerdo con cifras preliminares de la Comisión Nacional Forestal (Conafor).
Este comportamiento no implica que el riesgo haya desaparecido, pero sí marca una ruptura con la tendencia reciente, en un contexto nacional donde el fuego sigue avanzando impulsado por sequías prolongadas y temperaturas cada vez más extremas.
Menos fuegos, pero no menos vulnerabilidad
Los incendios registrados en Yucatán durante 2025 se distribuyeron en más de una decena de municipios, con mayor incidencia en el sur y centro-norte del estado. Municipios como Tixkokob y Maxcanú concentraron más de la mitad de la superficie quemada, con siniestros que afectaron principalmente selva mediana caducifolia, selva baja y vegetación arbustiva.
El incendio de mayor extensión del año se registró en Tixkokob, donde el fuego consumió 585 hectáreas, seguido por Maxcanú, con 574 hectáreas, y Yaxkukul, con 480 hectáreas afectadas. Aunque la mayoría de estos eventos fue catalogada como de impacto moderado, la recurrencia en ecosistemas sensibles evidencia que la vulnerabilidad ambiental persiste, sobre todo en temporadas secas.
El contraste peninsular
El comportamiento de Yucatán contrasta con lo ocurrido en el resto de la Península de Yucatán. Campeche encabezó la lista regional con 56 incendios forestales y más de 51 mil hectáreas dañadas, consolidándose como el estado con mayor devastación en 2025. Quintana Roo reportó 29 siniestros que afectaron más de 6 mil 600 hectáreas, incluyendo zonas de manglar, dunas costeras y selvas bajas.
En este escenario, Yucatán se ubicó como la entidad con menor número de incendios y menor superficie afectada dentro de la región. La diferencia es significativa, pero no suficiente para bajar la guardia, advierten especialistas y autoridades forestales.
El factor humano, una constante
Más allá de las cifras, los incendios forestales en Yucatán comparten un rasgo que se repite año tras año: su origen mayoritariamente humano. De acuerdo con reportes de Conafor y Protección Civil, más del 90% de los incendios tiene relación directa con actividades humanas, principalmente quemas agrícolas fuera del calendario autorizado, quema de basura, descuidos con fuego y prácticas productivas mal reguladas.
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Las quemas agrícolas, especialmente entre marzo y mayo, siguen siendo uno de los principales detonantes cuando el fuego se sale de control y se propaga a vegetación seca. A ello se suman factores como fogatas mal apagadas, colillas de cigarro y, en algunos casos, incendios intencionales o de origen desconocido, que a nivel nacional representan hasta un 32% de los casos.
El clima no inicia el fuego, pero sí lo vuelve incontrolable: sequías prolongadas, altas temperaturas y vientos fuertes crean las condiciones perfectas para que una chispa se transforme en desastre ambiental.
Cambio climático y un riesgo que no desaparece
El informe de Conafor del 2024 fue claro al vincular el incremento de incendios con condiciones climáticas extremas. Sequías más largas, lluvias irregulares y olas de calor cada vez más frecuentes amplían el periodo crítico de incendios, que ya no se limita a unos cuantos meses del año.
En ese contexto, 2025 no puede interpretarse como una solución definitiva, sino como un respiro dentro de un ciclo que sigue siendo frágil. Incluso años con menos incendios, como el reciente, permanecen expuestos a cambios bruscos en el clima y a la persistencia de prácticas humanas de alto riesgo.
Prevención, la lección pendiente
El balance de 2025 deja una enseñanza clara: la reducción de incendios en Yucatán es un logro relevante, pero no garantiza una tendencia permanente. Autoridades estatales y federales coinciden en que la clave está en fortalecer la prevención, respetar los calendarios de quema, reforzar la vigilancia comunitaria y apostar por educación ambiental en zonas rurales.
La historia reciente de los incendios en México demuestra que los años críticos pueden volver con rapidez. En un escenario de cambio climático acelerado, la prevención, la tecnología y la participación ciudadana siguen siendo la línea más delgada entre un año controlado y una temporada devastadora.
En 2025, Yucatán logró mantenerse a salvo en medio del fuego que avanzó en otras regiones. El reto ahora es convertir ese respiro en una estrategia sostenida, antes de que las llamas vuelvan a imponerse.