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Opinión

El peligro de asfixiar el efectivo: herida a la economía real y rural

Si bien es cierto que el efectivo facilita la informalidad, su restricción agresiva produce un efecto bumerán en la recaudación.

El peligro de asfixiar el efectivo: herida a la economía real y rural
El peligro de asfixiar el efectivo: herida a la economía real y rural

Bajo el seductor discurso de la "modernización" y la "transparencia" se está gestando en México una política que genera desigualdad que la izquierda no entiende: la asfixia del efectivo. Lo que las élites tecnócratas de Ciudad de Mexico presentan como un paso hacia el futuro es, en realidad, un golpe directo a la soberanía económica de los más pobres y una muestra de ceguera ante la realidad de un México que no termina en las colonias conectadas de las grandes urbes.

La brecha que el gobierno no quiere ver.

Es fácil hablar de digitalización desde un escritorio con fibra óptica, pero la realidad nacional es otra. En un país donde el crecimiento económico se ha estancado en 0.7%, el efectivo actúa como la última red de seguridad. Obligar a la población a transitar hacia un sistema bancario que les cobra comisiones por existir, y que no ofrece sucursales en las zonas rurales, es un acto de exclusión financiera institucionalizada. A pesar de la proliferación de aplicaciones y tarjetas, México sigue siendo una economía "de bolsillo". Según datos recientes de 2025, más del 80% de las transacciones diarias en el país se realizan en efectivo. Para el 91% de los mexicanos, el dinero físico no es una reliquia del pasado, es la herramienta indispensable para comprar comida, pagar el transporte y mantener a flote a las micro y pequeñas empresas que generan la mayor parte del empleo en el país.

¿Fiscalización o castigo a la pobreza?

La narrativa oficial sostiene que limitar el efectivo es la clave para aumentar la recaudación. Sin embargo, los datos de 2025 revelan una paradoja: mientras la presión fiscal aumenta, el consumo se enfría. Al perseguir el último centavo del comerciante local, el Estado está matando a la "gallina de los huevos de oro". Si el pequeño negocio cierra porque no puede costear la infraestructura digital, pagar mercancía o porque sus clientes rurales no tienen tarjetas, la base gravable no crece; se extingue. El resultado es un círculo vicioso: menos transacciones generan menos empleo, y menos empleo indirectamente erosiona la recaudación de impuestos a largo plazo. Se busca fiscalizar a la miseria en lugar de fomentar la riqueza. El efectivo es el único método de pago que no requiere permiso de un tercero, que no depende de una batería cargada y que no excluye a quien no tiene un historial crediticio.

La paradoja de los impuestos

Si bien es cierto que el efectivo facilita la informalidad, su restricción agresiva produce un efecto bumerán en la recaudación. Al entorpecer el consumo y provocar el cierre de pequeños negocios que no pueden adaptarse a los costos de la banca tradicional, la base gravable se encoge. Un país que crece poco, donde el 98.8% del empleo es dominado por mini Pymes, no puede permitirse el lujo de poner trabas al intercambio comercial básico.

Los banqueros se deben de estar riendo de su engaño al SAT, que cada vez pone más trabas al efectivo, pero sentencio, cualquier intento por restringir el dinero físico antes de garantizar el acceso universal a la tecnología es una política elitista y centralista. El Estado no puede exigirle a un ciudadano que pague digitalmente cuando no ha sido capaz de llevarle un cajero automático o una antena de internet a su comunidad.

Se recauda, mas no porque disminuya la informalidad, sino porque se fiscaliza más al formal, porque ahí estan los números del IMSS que muestran que hay la mayor caída de patrones desde la pandemia y las tiendas chicas que venden menos son caldo de cultivo del contrabando.

La verdadera modernidad no se impone por decreto ni por prohibición; se construye con infraestructura, pero más con cultura y fomento al consumo local. Antes de seguir atacando al efectivo, el gobierno debe preguntarse: ¿A quién beneficia realmente una economía sin billetes? A los bancos de México nada más, que, por si fuera poco, son los más rentables del mundo. Pero para el México de a pie, para el campesino, el artesano y el microempresario, la desaparición del efectivo no es progreso, es una condena al olvido económico. Ya Elektra, que sí entiende el efectivo, es la casa de cambio y banco más grande de Mexico de los que menos tienen.

Es hora de abrir los ojos: Verónica, Oscar y Jorge, ustedes representan a un estado con 107 municipios de vocación rural, cuya realidad económica dista mucho de la infraestructura que goza el centro del país y que los centristas parecen ignorar. Pero hay un peligro adicional: cuando la digitalización llega sin estrategia local, el consumo se desvía. El uso de tarjetas de crédito y débito facilita que el capital, en lugar de circular en los comercios de la zona, se exporte a través de gigantes como Temu, Shein y Mercado Libre, descapitalizando nuestras propias comunidades. Y para muestra un botón, ante los cambios del comercio mundial el Primer Ministro de Canada se volteó a su pueblo y les dijo, “Es hora de comprar más productos de Canada”.

La economía de México se mueve en efectivo. Si detienen el efectivo, detienen al país. Asfixiar el flujo de efectivo es, en última instancia, asfixiar el crecimiento de México.