El manglar no desaparece de golpe. Su deterioro ocurre lentamente, a veces sin que nadie lo note. Primero se abre una brecha entre la vegetación, luego llega el relleno, más tarde el terreno parece firme y, finalmente, el ecosistema deja de existir. Lo que queda es un espacio transformado, incapaz de cumplir la función que durante siglos protegió la costa de Yucatán.
Ese proceso, repetido en distintos puntos del litoral, ha provocado que el estado pierda aproximadamente el ocho por ciento de su cobertura de manglar en las últimas décadas, de acuerdo con estimaciones oficiales derivadas de programas de restauración ambiental. La cifra, aunque puede parecer moderada, representa miles de hectáreas de uno de los sistemas naturales más importantes del país, cuya desaparición implica una pérdida directa en la capacidad de defensa frente a huracanes, inundaciones y erosión costera.
En el manglar, la tierra no es firme. Es una red de raíces, agua y sedimentos que durante siglos ha protegido la costa de la Península de Yucatán contra huracanes, inundaciones y la erosión. Ese equilibrio natural, sin embargo, comienza a fracturarse por la expansión de la voraz depredación humana.
Como informamos ayer, en la comisaría de Chelem, en el municipio de Progreso, se evidenció que uno de los ecosistemas más valiosos del estado enfrenta una presión creciente derivada de la ocupación irregular y el desarrollo urbano.
Operativos desplegados por la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) dentro de la Reserva Estatal de Ciénagas y Manglares de la Costa Norte permitieron detectar rellenos, desmontes y modificaciones al humedal que derivaron en la clausura de predios y el aseguramiento de maquinaria. La intervención federal buscó frenar el deterioro ambiental, pero también confirmó que el manglar ya había sido alterado, en un proceso que refleja una problemática más amplia a lo largo del litoral yucateco.
Noticia Destacada
Profepa frena quema y desmonte de manglar para asentamientos irregulares en Chelem
La Península de Yucatán concentra cerca del 60 por ciento de los manglares de México, con cerca de 4.8 millones de hectáreas, una proporción que la convierte en una de las regiones más importantes del país en materia de protección costera y biodiversidad. Estos ecosistemas funcionan como barreras naturales que reducen el impacto de fenómenos meteorológicos extremos, retienen sedimentos y sirven de refugio para numerosas especies marinas y terrestres.
La Península de Yucatán, santuario natural
Su conservación no sólo es relevante desde el punto de vista ambiental, sino también social y económico, debido a su relación directa con actividades como la pesca.
En los últimos años, el crecimiento inmobiliario en la costa ha incrementado la presión sobre estas zonas naturales. El atractivo de vivir frente al mar, sumado a la expansión urbana y la inversión privada, ha elevado la demanda de terrenos en el litoral. En ese contexto, los humedales se han convertido en espacios vulnerables, ya que su relleno permite la habilitación de nuevas áreas para construcción, pero al mismo tiempo elimina su función ecológica.
Especialistas han advertido que la modificación de los manglares incrementa el riesgo de inundaciones y debilita la capacidad de la costa para resistir huracanes. La pérdida de estos ecosistemas también implica la desaparición de hábitats esenciales para la reproducción de diversas especies, lo que impacta el equilibrio ambiental y las actividades productivas que dependen de él.
Para entender la importancia ecológica, México se posiciona en el segundo puesto a nivel global en número de Sitios Ramsar, con 142 humedales catalogados como de relevancia internacional, que en conjunto superan las 8.6 millones de hectáreas. Además, el inventario nacional registra más de 6 mil sistemas de humedales que resguardan una notable riqueza natural, entre ellos manglares, ciénegas y oasis. Estos espacios forman parte de la Convención de Ramsar, acuerdo firmado en 1971 que reconoce su importancia ecológica, su biodiversidad y los servicios ambientales que brindan, incluyendo ecosistemas como pantanos, ríos, lagos y manglares bajo protección.
En Yucatán, los humedales cubren más de 600 mil hectáreas, integradas principalmente por manglares y ciénagas de alto valor ambiental. Sin embargo, estos ecosistemas enfrentan una creciente presión derivada de la intervención humana. A pesar de contar con protección en zonas como Ría Lagartos y Celestún, ambas ubicadas en la franja costera, padecen afectaciones por la contaminación, el avance urbano sin control, las actividades agroindustriales –especialmente la porcicultura– y la transformación del uso de suelo.
Reflejo del daño a la biodiversidad
El caso de Chelem ilustra con claridad esta tensión entre desarrollo y conservación. Las inspecciones federales documentaron la ocupación irregular de terrenos dentro del manglar, así como la remoción de vegetación y la alteración del humedal. Las clausuras impuestas representan una medida para contener el daño, pero también evidencian la dimensión del problema, ya que estas intervenciones ocurren después de que el ecosistema ha sido afectado.
Noticia Destacada
Crece negocio clandestino de venta de terrenos en la ciénega de Progreso
La zona intervenida forma parte de un sistema continuo de humedales que se extiende a lo largo de la costa norte de Yucatán. Su alteración no sólo afecta un punto específico, sino que repercute en el equilibrio general de la región. La fragmentación de estos ecosistemas reduce su capacidad de protección y aumenta la vulnerabilidad del litoral ante fenómenos naturales.
Organizaciones ambientales advierten que el crecimiento urbano, particularmente el vinculado al desarrollo turístico y residencial, avanza sobre estos ecosistemas aprovechando vacíos legales, débil supervisión o cambios irregulares de uso de suelo.
Paradójicamente, muchas de las zonas donde se destruyen manglares son áreas donde se construyen viviendas o desarrollos que, sin esa protección natural, quedan expuestos a fenómenos extremos.
Consecuencias por llegar
Las consecuencias de la pérdida del manglar no siempre son inmediatas, pero se vuelven evidentes con el tiempo. El incremento en el riesgo de inundaciones, la erosión costera y la disminución de la biodiversidad son algunos de los efectos asociados a su desaparición. Además, la recuperación de estos ecosistemas es un proceso complejo que puede tardar décadas, cuando es posible.
Actualmente, la costa yucateca enfrenta una encrucijada. Por un lado, el crecimiento urbano y económico continúa avanzando hacia el litoral. Por otro, la necesidad de conservar los manglares se vuelve cada vez más urgente, ante su papel fundamental en la protección ambiental.
Las acciones recientes en Chelem representan un intento por contener el deterioro, pero también ponen en evidencia la fragilidad de estos ecosistemas frente a la presión humana. El manglar, que durante generaciones ha protegido la costa, enfrenta ahora el desafío de sobrevivir en medio de un entorno en transformación.
La pérdida del ocho por ciento de la cobertura de manglar en Yucatán refleja la acumulación de estos procesos a lo largo del tiempo. Ante esta situación, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) ha impulsado programas de restauración que contemplan la recuperación de miles de hectáreas mediante la reforestación y conservación de humedales. Sin embargo, especialistas han advertido que la restauración es un proceso lento y que la prevención sigue siendo la medida más eficaz.
Lo que ocurra en los próximos años será determinante. Cada intervención, cada clausura y cada metro de humedal perdido forman parte de un proceso que definirá el futuro ambiental de la región. Más que un paisaje, el manglar es una barrera viva cuya permanencia resulta esencial para la seguridad ecológica de Yucatán.