Opinión

Panem et circenses

“La frase, atribuida al poeta romano Juvenal, describía una sociedad a la que podía mantener se tranquila mediante alimento y entretenimiento”.

Panem et circenses
Panem et circenses

Roma no cayó en un día: se ñales de una sociedad que comienza a acostumbrarse a la decadencia Hay expresiones que sobreviven a los siglos porque describen, con sorprendente precisión, la naturaleza humana. Panem et circenses, “pan y circo”, es una de ellas.

La frase, atribuida al poeta romano Juvenal, describía una sociedad a la que podía mantener se tranquila mediante alimento y entretenimiento. Mientras hubiera pan para satisfacer las necesidades inmediatas y espectáculo para distraer la atención, la preo cupación por los asuntos públicos podía pasar a segundo plano. Roma no cayó en un día.

Tampoco comenzó su de cadencia el día en que dejó de existir el Imperio. Mucho antes de que las estructuras políticas se derrumbaran, hubo señales de desgaste: corrupción, desigual dad, luchas por el poder, debili tamiento institucional, pérdida de confianza, violencia convertida en espectáculo y una sociedad que, poco a poco, comenzó a acostumbrarse a aquello que antes le parecía inadmisible. La historia no se repite exac tamente, pero tiene una particu laridad incómoda: sus síntomas pueden volver a aparecer.

Hoy ya no necesitamos un Coliseo. Tenemos pantallas. El espectáculo dejó de estar concentrado en una arena. Está en nuestros teléfonos, en las redes sociales, en los videos que consu mimos a cualquier hora y en la necesidad permanente de convertir la vida en contenido. Vivimos en una época en la que una tragedia puede convertirse en tendencia, una discusión en espectáculo, un delito en entre tenimiento y una opinión en una batalla por obtener aprobación. Y aquí aparece una expresión propia de nuestro tiempo: “farmear aura”.

Construir una ima gen. Acumular reconocimiento. Proyectar poder, éxito, influencia o superioridad. Convertir la per cepción de los demás en una es pecie de moneda social. No nece sariamente importa quién somos. Importa cómo nos ven. El problema no está en buscar reconocimiento.

El problema comienza cuando la apariencia sustituye al contenido; cuando la imagen importa más que la con ducta; cuando la popularidad se convierte en medida de la verdad y cuando la aprobación colectiva empieza a tener más valor que la conciencia individual. Roma tenía sus espectáculos. Nosotros tenemos algoritmos. Y quizá esa sea una de las gran des diferencias: el Coliseo necesitaba reunir a miles de personas para producir el espectáculo. Hoy basta un teléfono para llevarlo a millones.

ero el problema más profun do no está en las redes sociales. Está en nosotros. Una sociedad comienza a dete riorarse cuando pierde la capaci dad de indignarse ante lo injusto, cuando la violencia deja de sor prender, cuando la corrupción se vuelve parte del paisaje, cuando la mentira se acepta como una herramienta política y cuando el cumplimiento de la ley comienza a depender de quién la infringe. Ahí aparece el verdadero pro blema jurídico.

Porque el Estado de derecho no se sostiene exclusivamente so bre códigos, tribunales, policías, fi scales y jueces. Se sostiene, antes que nada, sobre una convicción colectiva: la ley debe ser respetada incluso cuando no nos conviene. Cuando esa convicción desa parece, las instituciones comien zan a perder legitimidad. Y cuando las instituciones pierden legitimidad, la sociedad comienza a buscar soluciones fuera de ellas.

Entonces aparecen las conde nas públicas sin juicio, los tribu nales de redes sociales, la justicia ejercida desde la indignación y la idea peligrosa de que el castigo puede sustituir al debido proceso. Pero el derecho nació precisa mente para impedir que la justicia se convierta en venganza. El Estado constitucional de derecho no existe para proteger únicamente al inocente que nos resulta simpático. Existe también para garantizar derechos a quien es señalado, acusado o incluso rechazado por la mayoría.

Ese es uno de los grandes desa fíos de nuestro tiempo. Una sociedad democrática debe ser capaz de defender a la víctima sin destruir los derechos del acusado; exigir seguridad sin renunciar al debido proceso; combatir el delito sin convertir el castigo en espectáculo y reclamar justicia sin permitir que la indig nación sustituya a los tribunales. Porque cuando la sociedad comienza a pedir que alguien sea castigado antes de ser juzgado, quizá ya no estamos hablando solamente de inseguridad. Estamos hablando de una cri }sis de cultura jurídica. Y es precisamente ahí don de la historia de Roma vuelve a mirarnos.

No porque nuestro destino ten ga que ser el suyo. Sino porque las sociedades no se deterioran úni camente cuando pierden guerras. También pueden hacerlo cuando pierden principios. Cuando la corrupción deja de escandalizar. Cuando la violencia se vuelve entretenimiento. Cuando la mentira se vuelve estrategia. Cuando la ignorancia se presu me como virtud. Cuando la apariencia vale más que la verdad. Cuando el poderoso considera que la ley es negociable. Cuando el ciudadano deja de creer en las instituciones. Y cuando la sociedad, cansada de los problemas, prefi ere el es pectáculo antes que la refl exión.

Quizá el mayor peligro de nuestro tiempo no sea que tenga mos demasiado “circo”. Quizá sea que hayamos co menzado a olvidar que somos espectadores. Una sociedad que solamen te observa termina dejando de participar. Y una ciudadanía que deja de participar termina entregando sus decisiones a otros. Por eso la pregunta no debería ser si estamos viviendo la deca dencia de Roma. La pregunta debería ser mucho más incómoda: ¿Qué señales de decadencia estamos dispuestos a normalizar antes de reconocer que tenemos un problema? Las civilizaciones no suelen escuchar el instante preciso en que comienzan a quebrarse. La decadencia no siempre lle ga con ejércitos, incendios o inva siones.

A veces llega lentamente. Llega cuando lo extraordinario se vuelve cotidiano. Cuando lo injusto deja de indignarnos. Cuando la mentira deja de sorprendernos. Cuando la violencia deja de conmovernos. Cuando la ley deja de ser un límite. Y cuando preferimos el espec táculo de la realidad antes que la responsabilidad de transformarla. Roma no cayó en un día. Pero quizá comenzó a caer mu cho antes de que sus ciudadanos pudieran reconocerlo. Abogado. --------------------

*Especialista en derecho constitucional, seguridad públi ca y justicia penal.