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Opinión

México pisa el acelerador: el mensaje detrás del auto eléctrico

México enfrenta así una disyuntiva histórica: continuar como un gran centro de manufactura o aprovechar la transformación tecnológica para ascender dentro de las cadenas globales de valor.

El modelo 2 de Olinia  tendrá capacidad para transportar hasta 650 kilogramos y una autonomía superior a 120 kilómetro
El modelo 2 de Olinia tendrá capacidad para transportar hasta 650 kilogramos y una autonomía superior a 120 kilómetro / Especial

México pisa el acelerador en la carrera mundial por la electromovilidad. La presidenta Claudia Sheinbaum presentó el vehículo eléctrico que será producido en el país, junto con la infraestructura de carga que acompañará esta apuesta nacional.

Detrás del automóvil, la planta y la red de cargadores hay un mensaje económico de mayor alcance: México busca dejar de ser únicamente una plataforma de manufactura para convertirse también en productor de tecnología, componentes y vehículos de nueva generación.

El anuncio llega en un momento decisivo para la relación comercial con Estados Unidos, cuando Washington vuelve a utilizar aranceles, restricciones comerciales y el acceso a su mercado como instrumentos de negociación.

La inversión de Kia asciende a 649 millones de dólares entre 2026 y 2028 para producir en Pesquería, Nuevo León, el EV3, un modelo que hasta ahora se fabricaba en Corea del Sur. El proyecto contempla nuevos empleos y se integra a una estrategia más amplia para desarrollar la infraestructura necesaria para la expansión de la electromovilidad.

No es un dato menor. Una cosa es ensamblar automóviles eléctricos y otra, mucho más compleja, construir alrededor de ellos una industria. Por eso, durante la conferencia matutina de la presidenta, pregunté al secretario de Economía, Marcelo Ebrard, qué mensaje enviaba este anuncio a Estados Unidos.

Su respuesta resumió buena parte de la estrategia mexicana: fortalecer la industria automotriz, participar en tecnologías de punta, especialmente en electromovilidad, elevar gradualmente el contenido nacional y ampliar las exportaciones hacia otros mercados.

Ahí está la verdadera noticia. Durante décadas, México construyó una de las industrias automotrices más importantes del mundo gracias, entre otros factores, a su integración con Estados Unidos. En 2024 produjo alrededor de 3.99 millones de vehículos ligeros y exportó cerca de 3.48 millones, de acuerdo con cifras del Inegi. Aproximadamente ocho de cada diez unidades exportadas tuvieron como destino el mercado estadounidense. Esa escala confirma la fortaleza del sector, pero también revela su dependencia de un solo comprador. En general, el 80 % de las exportaciones mexicanas van al mismo mercado.

La nueva competencia industrial, sin embargo, ya no se define únicamente por el lugar donde se ensambla un automóvil. La disputa se extiende a las baterías, los semiconductores, los sistemas electrónicos, las pantallas, el software y todos los componentes que convierten al vehículo eléctrico en una computadora sobre ruedas.

México enfrenta así una disyuntiva histórica: continuar como un gran centro de manufactura o aprovechar la transformación tecnológica para ascender dentro de las cadenas globales de valor. El reto se observa con claridad en el contenido nacional. Aunque el país cuenta con una amplia red de proveedores, buena parte de los componentes de mayor valor tecnológico todavía se importa. El T-MEC exige para los vehículos ligeros hasta 75 por ciento de contenido regional, pero ese porcentaje no equivale automáticamente a contenido mexicano: incluye insumos producidos en Estados Unidos y Canadá.

La diferencia es crucial. La ecuación es clara. Cumplir con el tratado fortalece a Norteamérica; aumentar la participación mexicana fortalece específicamente a México.

Ebrard ha insistido en la necesidad de producir en el país una proporción cada vez mayor de esos componentes. Es uno de los objetivos centrales del Plan México: elevar el contenido nacional, sustituir determinadas importaciones y lograr que una parte mayor del valor generado por la industria permanezca dentro de nuestras fronteras. La infraestructura de carga es otro elemento indispensable. La electromovilidad no puede expandirse sólo con la fabricación de automóviles. Para que se convierta en una alternativa viable se requieren cargadores, electricidad suficiente, carreteras preparadas, servicios especializados y una red capaz de acompañar el crecimiento del parque vehicular eléctrico. También se necesita inversión, pero conviene distinguir entre los anuncios y los proyectos concretados. México ha recibido compromisos millonarios relacionados con vehículos eléctricos, baterías, componentes y manufactura avanzada.

Su impacto real dependerá de que se traduzcan en plantas operando, proveedores nacionales, centros de investigación, capacitación y empleos especializados. La pregunta inevitable es qué mensaje recibe Washington. México toma estas decisiones mientras Estados Unidos busca recuperar producción industrial, proteger sectores estratégicos y reducir determinadas dependencias externas.

Al mismo tiempo, América del Norte se prepara para una nueva etapa del T-MEC y las tensiones comerciales vuelven a ocupar un lugar central en la relación bilateral. El mensaje mexicano no parece ser: queremos producir sin Estados Unidos. Es otro, más complejo y posiblemente más importante: queremos producir más desde México que significa más componentes nacionales, más proveedores, más tecnología, más empleos especializados y también, mayor capacidad de innovación y con ello, mayores posibilidades de exportar hacia mercados distintos al estadounidense.

Eso modifica gradualmente la naturaleza de la relación. Un país que sólo ensambla depende de decisiones tecnológicas, financieras e industriales tomadas en otros lugares. En cambio, quien desarrolla proveedores, conocimiento, infraestructura y tecnología aumenta su capacidad de negociación.

México necesita a Estados Unidos y Estados Unidos necesita a México. Las cadenas productivas construidas durante décadas hacen difícil imaginar el presente y el futuro económico de cualquiera de los dos países sin el otro. Pero integración no significa subordinación industrial ni obliga a México a permanecer en el mismo lugar dentro de la cadena de valor.

La llegada de nuevas inversiones en electromovilidad coincide con otra apuesta: Olinia, el proyecto nacional de vehículo eléctrico. Son iniciativas distintas. Una muestra la capacidad del país para atraer inversión extranjera de alto valor tecnológico; la otra busca desarrollar capacidades propias. Ambas, sin embargo, apuntan en una misma dirección: convertir la electromovilidad en política industrial.

México necesita las dos vías. Debe atraer a las grandes compañías internacionales, pero también lograr que más piezas, tecnologías, servicios y conocimiento se desarrollen dentro del país. Debe mantener y fortalecer el T-MEC, pero reducir la vulnerabilidad que implica enviar más de cuatro quintas partes de sus exportaciones a un solo mercado. La industria automotriz ilustra esa concentración: Estados Unidos compra la mayoría de los vehículos que México exporta y es también un destino central para las autopartes. Diversificar no significa abandonar Norteamérica, sino evitar que toda la estrategia industrial dependa de una sola frontera.

La transición hacia el automóvil eléctrico ha desatado una competencia industrial mundial. Estados Unidos, China, Europa, Corea del Sur y otras potencias invierten enormes recursos para asegurar un lugar privilegiado en la industria que sustituirá progresivamente al motor de combustión interna.

México cuenta con ventajas importantes: ubicación geográfica, décadas de experiencia manufacturera, trabajadores especializados, una amplia red de tratados comerciales y una industria automotriz consolidada. Pero la oportunidad no será eterna.

El éxito del anuncio no podrá medirse sólo por el número de vehículos eléctricos que salgan de una fábrica mexicana. También habrá que observar cuántos componentes se producen en el país, cuántos proveedores nacionales participan, cuántos ingenieros intervienen en el desarrollo, cuánta tecnología se genera localmente y cuánto valor agregado permanece en México. Ese será el indicador decisivo.

Detrás de los 649 millones de dólares, del EV3, de las nuevas líneas de producción y de la red de carga existe una discusión mayor: qué lugar quiere ocupar México en la economía mundial que está naciendo.

Estados Unidos seguirá siendo nuestro principal socio económico durante mucho tiempo. Pero México busca ascender dentro de esa relación: producir más, innovar, elevar su contenido nacional y competir en otros mercados.

El automóvil eléctrico presentado por la Presidenta Claudia Sheinbaum puede significar mucho más que la llegada de un nuevo modelo a una planta mexicana. Es una señal hacia Washington y hacia el resto del mundo.

Es evidente que México quiere seguir siendo socio de Estados Unidos, pero no sólo como plataforma de manufactura. Quiere convertirse en una potencia industrial capaz de producir, innovar y competir. El automóvil eléctrico es apenas el vehículo. El verdadero destino es la soberanía industrial.