Bajo el sol, apoyados en bastones o entre sí, personas afiliadas al Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores, así como otros ciudadanos, estuvieron hasta cuatro horas formadas para pagar el predial en el Ayuntamiento.
En Cancún, cumplir con el pago de dicho impuesto representa para muchos adultos mayores largas jornadas de espera y un trato que dista de ser digno. Desde las 7:30 de la mañana comenzaron a arribar los contribuyentes y con el paso de las horas las filas se extendieron varios metros.
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Personas de la tercera edad, algunas con movilidad limitada, aguardaban de pie mientras el avance del trámite era lento. “A ver si aguanto parada”, comentó una contribuyente al integrarse a la fila, sostenida por su nieta.
Víctor Gómez Cahuich, de 65 años, relató que, pese a ser adulto mayor, no recibió atención preferente. “Me dijeron que sólo dan prioridad a los de más de 70. Tengo glaucoma desde hace ocho años, casi no veo y aun así debo formarme”, expresó.
En el Palacio Municipal hay al menos ocho cajas para realizar el pago, un procedimiento que no debería tomar más de tres minutos. Sin embargo, la desorganización y la falta de orientación provocaron extensas filas y retrasos.
“Venimos por el descuento, pero nadie considera que no podemos permanecer tanto tiempo de pie. Hay algunas sillas al fondo, pero son insuficientes”, lamentó Elena, una contribuyente. Afirmó que no existen filas diferenciadas para personas con discapacidades.
Algunos adultos mayores improvisaron descansos recargándose en muros o barandales; otros optaron por retirarse sin concluir el trámite.
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La demora no sólo generó incomodidad, sino también riesgos para la salud, especialmente en quienes padecen hipertensión, diabetes o problemas de movilidad, aunque en la explanada permanecía una ambulancia por cualquier eventualidad.
Seis de cada 10 contribuyentes eran personas adultas mayores que acudían a consultar su estado de cuenta del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM), la mayoría visiblemente agotadas. Para muchos, el descuento se convierte en un beneficio que se paga con cansancio y humillación.