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Yucatán

Mujer indígena, ejemplo de trabajo en el campo

MAXCANU, Yucatán, 7 de mayo.- La mujer indígena de la comisaría de Santa Cruz es un claro ejemplo del trabajo en el campo, pues durante más de 50 años ha ido a desyerbar la milpa y ahora, machete en mano, enfila hacia los montes para cortar leña para su fogón y poder tortear.

Sin embargo, este Día de la Madre, por primera vez descansará y festejará con sus hijos y esposo con un relleno negro, aunque afirman que no habrá músic pues no hay dinero para ese lujo.

Con 65 años de edad, doña María Magdalena Dzib González es la más pequeña de sus primas Hilda María Canché Dzib de 66 y Rita Eloísa Barbosa Dzib, de 77 años, son tres primas que no se rinden ante las adversidades de la vida.

Cargando una cuerda se reúnen en el centro del pueblo en donde ya las esperan dos de sus hijas, Paulina May Dzib y Elsy Beatriz Barrera, ambas de 35 años, también guerreras pues han seguido de cerca las ejemplares vidas de sus mamás.

Juntas caminan hacia los montes al amanecer de cada día, sin importar si es sábado, domingo o día festivo, “todos los días hay que prender el fogón y tortear, aquí no cabe decir que no se tiene ganas de salir a trabajar porque dicen que el que no trabaja no come”, señalan.

Para estas emprendedoras no importa si hay mucho sol o si está lloviendo, la mestiza es ejemplo de lucha y perseverancia; no se rinden.

Platicando entre ellas en maya parece ser que les agrada la compañía del reportero del POR ESTO!, y ríen a carcajadas, pero las más jóvenes aclaran que siempre es así, platican sus experiencias, su diario vivir y contentas siempre se verán porque se sienten plenas por ser mujeres indígenas, orgullosas de sus raíces y costumbres, pero sobre todo, de vivir en una comunidad llena de paz, de tranquilidad que les dan el arrullo de los árboles, el cantar de los pájaros y el movimiento de las iguanas, como si trataran de decirles algo.

Luego de un buen rato de caminata, finalmente se distribuyen en un tramo del monte, en donde cada una empieza a cortar sus troncos, el sol es fuerte a las 10 de la mañana, pero eso no las intimida.

A un costado se observan los vestigios de lo que fue una hacienda henequenera, bardas muy antiguas que hace que estas mujeres recuerden aquellos momentos cuando ayudaban a sus papás en las tareas del campo.

“Desde que teníamos 12 años ayudábamos a nuestros papás a desyerbar la milpa, sembrábamos tomate, chile verde, calabaza, frijol, ibes, caita, pero todo eso ya quedó atrás, ya nadie trabaja el campo, los jóvenes mejor se van a otros lados en busca de trabajo y nosotras seguimos juntando leña”, coincidieron estas tres mujeres.

Sin embargo, el peso del tiempo se nota cuando tienen que agacharse para levantar los trozos de madera que con fuerza cortan con sus filosos machetes por espacio de dos o tres horas, hasta que juntan un buen puño y lo entrelazan con sus cuerdas para que enseguida, apoyadas por sus hijas Pau y Elsy acomodárselas en la espalda, sostenidas con la cabeza.

Salen del campo y deciden regresar paso a paso hasta llegar a la cancha del pueblo y bajan sus pesadas cargas; enseguida se sientan para descansar y platican cómo la pasarán el Día de la Madre.

“Prepararemos nosotras mismas relleno negro pero no tortearemos, ese día compraremos tortillas de máquina que, aunque no nos gustan, ese día no tortearemos, queremos disfrutar con nuestras familias”, dijeron María Magdalena, Hilda y Rita, apoyadas por sus hijas Pau y Elsy.

--¿Habrá música en vivo?--, preguntamos--.

--No tenemos para esos lujos, sólo comeremos y celebraremos en familia; comeremos el relleno negro, pero estaremos felices con nuestros hijos y en nuestro pueblo en medio de la naturaleza, mencionaron.

De pronto, deciden contar cuándo eran niñas cómo jugaban.

“Íbamos a la huerta, había unos bejucos y nos subíamos y nos colgábamos, teníamos como 7 u 8 años, jugábamos kimbomba, a la comidita, a las muñecas, de las espigas del elote figurábamos que era comida, las semillas de maravilla decíamos que era pimienta y las matas que salen en épocas de la lluvia que dan frutos como el espelón y otra como si fuera frijol y así jugábamos a las comiditas, un tiempo muy hermoso, muy bonito”, dijeron.

Doña Hilda se atrevió a contar cómo fue conquistada por el que ahora es su esposo, don Alejandro Ek.

“Yo tenía 18 años, el primero que se me acercó fue Alejandro que ahora es mi esposo, él fue a mi casa a visitarme y me preguntó si podía visitarme, que quería ser mi novio pero le dije que era poco a poco porque me regañaba mi mamá, y después de dos meses le dije que sí, lo hice sufrir un poco y ahora es mi esposo”, recordó.

(Texto y fotos: José Luis Díaz Pérez)