En los patios polvorientos de la Sociedad de Producción Rural, el sonido metálico de un motor reciclado se ha convertido en símbolo de ingenio y esperanza. Con piezas rescatadas de una lavadora vieja, poleas improvisadas y la creatividad heredada de los menonitas, campesinos locales construyeron una desgranadora de maíz criollo que hoy despierta admiración entre la comunidad.
La máquina, pequeña pero eficiente, recibe entre seis y ocho elotes y en cuestión de segundos los transforma en granos blancos y limpios, listos para ser ensacados y vendidos en mercados locales o en el programa de Alimentación para el Bienestar. El bacal triturado queda a un lado, mientras los campesinos sonríen al ver cómo el trabajo que antes requería horas de esfuerzo manual ahora se resuelve con solo conectar el aparato a la corriente eléctrica.
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“Es como tener un ayudante que nunca se cansa”, comenta Magdaleno Caamal Chan, mientras observa cómo el maíz criollo, sembrado en los tradicionales “speque”, se convierte en producto de calidad. A su lado, Salvador Basto Guerrero asegura que esta innovación permitirá que las familias aprovechen mejor su cosecha y tengan más tiempo para seleccionar la semilla que se sembrará en el próximo ciclo agrícola.
El invento ha despertado la curiosidad de otros campesinos, quienes ya sueñan con tener su propia máquina para evitar el cansancio de desgranar a mano. “Cuando llueve bien, de una hectárea podemos sacar hasta tres toneladas de maíz criollo, y este vale más que el industrial”, explica el excomisario ejidal Ángel Gabriel Chablé Ceh, orgulloso de que la tradición se mantenga viva gracias a la creatividad rural.
Más allá de la eficiencia, la desgranadora representa un acto de resistencia cultural: conservar el maíz criollo, símbolo de identidad y sustento, mientras se aprovechan las herramientas modernas para dignificar el trabajo campesino. En cada giro del torno, la máquina no solo desgrana elotes, también desgrana historias de ingenio, comunidad y orgullo por la tierra campechana.