En el Día de la Enfermería, que se conmemora cada 6 de enero, las historias que nacen detrás del uniforme blanco y una cofia cobran voz y rostro. Son relatos tejidos con vocación, sacrificios personales, jornadas interminables y una carga emocional que pocas veces se reconoce.
Una de esas historias es la de María Gabina Padilla Huicab, cuya vida ha estado marcada, desde la infancia, por el deseo de cuidar a otros.
Su vocación comenzó en la primaria, cuando cada desfile del 20 de Noviembre era la oportunidad para cumplir su sueño: vestirse de enfermera. Con ingenio, un palo de escoba, ganchos y pequeñas botellas de suero de vidrio simulaba el equipo médico que colgaba orgullosa de su hombro.
Con cofia de cartulina, uniforme improvisado y zapatos blancos, María Gabina ya sabía que su camino estaba definido.
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Con el paso del tiempo, ese juego se convirtió en una decisión firme y ya en la secundaria, cuando representantes de distintas instituciones preguntaban a los jóvenes qué querían estudiar, ella nunca dudó: enfermería.
Esa convicción la acompañó durante la preparatoria y al concluirla ingresó directamente a la universidad y logró convertirse en enfermera, cumpliendo el sueño que alimentaba desde pequeña.
Su vida laboral inició con apenas 17 años; fue aceptada en la Armada de México donde laboró más de once años en el Hospital Naval. Ahí conoció la disciplina, los constantes cambios de sede y la dureza de una institución en la que se sabe cuándo se entra, pero no cuándo se sale. Los traslados forzosos y la posibilidad de ser enviada hasta Guaymas, la llevaron a tomar una de las decisiones más difíciles: solicitar su baja.
Lejos de rendirse, recorrió clínicas y hospitales entregando solicitudes en el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), clínicas privadas y hospitales públicos.
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Mientras esperaba una oportunidad, trabajó con el entonces Instituto Nacional Indigenista en comunidades rurales como San José Carpizo y Santa Cruz, apoyando en acciones básicas de salud y saneamiento. Ahí recibió el llamado del ISSSTE para presentar exámenes teóricos, prácticos y psicométricos, los cuales aprobó. No realizó suplencias y comenzó directo en áreas críticas: quirófanos, urgencias y neonatología.
Con el paso de los años, acumuló experiencia, responsabilidades y sentido humano. Hoy suma 33 años de servicio, con la posibilidad de jubilarse, aunque decidió continuar un tiempo más tras haber sido ascendida de licenciada en enfermería nivel B a C, y asegura que continuará siendo enfermera hasta que Dios lo diga.
A lo largo de su trayectoria ha vivido experiencias que la marcaron para siempre. La muerte de pacientes, especialmente niños, le dejaron cicatrices emocionales imborrables.
Recuerda con dolor el fallecimiento de Rodrigo, un niño de cuatro años que llegó en estado crítico al Hospital “Manuel Campos” y no logró sobrevivir. También guarda en la memoria a pacientes que murieron en sus brazos.
Pero no todo ha sido tristeza. Entre sus vivenciasestá la de un bebé prematuro al que cuidó y estimulaba hablándole y poniéndole música de Beethoven, a quien terminó bautizando con ese nombre. Años después, ese niño regresó convertido en un adulto, agradecido y lleno de vida,.
María Gabina reconoce que la enfermería no siempre es valorada. Ha enfrentado malos tratos, insultos y falta de reconocimiento, aunque también ha recibido muestras sinceras de gratitud. Aun así, afirma que su mayor recompensa es ver a los pacientes mejorar y regresar a casa con bien. Su historia refleja la realidad de miles de mujeres y hombres que, con vocación y sensibilidad, sostienen el sistema de salud. Son guardianes silenciosos de la vida, que entre luces y sombras, continúan cuidando sin esperar nada a cambio.