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Cultura

Ecos de mi tierra

Luis Carlos Coto Mederos  

321

Los ataques fingidos

Señores, pasé un apuro

en la guagua que venía,

que solo resistiría

un corazón fuerte y duro.

A una joven, que aseguro

que de otro pueblo ha venido,

le dio un ataque subido

que el pasaje se alarmó

aunque a mí me pareció

que el ataque era fingido.

Allá en Santa Marta había

una joven casadera

con un novio que no era

el que su padre quería.

Cuando el muchacho venía

que era muy a cada rato,

le empezaba el arrebato

y ella gritaba en su achaque:

Caeré con el ataque

y que me aguante Donato.

Sebastián Ronda tenía

tres hijas que se “atacaban”

y los novios no faltaban

haciéndoles compañía.

Todo fue bien hasta un día

que llegó el cabo Julián

y empezó a repartir “plan”

y se oía “fuaque, fuaque”,

y ese fue el último ataque

en casa de Sebastián.

Cuando yo era jovencito

que empezaba a “comer gofio”

por poco el cráneo me atrofio

con una novia en Caimito.

Si yo no iba tempranito

con la sirimba caía,

pero se equivocó un día

y se tiró de un tejado

y el ataque simulado

terminó en alferecía.

Chanito Isidrón

322

El son de la ruñidera

Señores, voy a contar

lo que a mí me sucedió

una vez que llegué yo

a un guateque familiar.

Me mandaron a pasar

adelante y me senté,

y en el momento noté

que en aquella reunión

revivió la animación

solo porque yo llegué.

El público me rodeaba

por escucharme impaciente

mientras yo pausadamente

mi pobre canto le daba.

La juventud se animaba

pidiendo un toque de son

y yo al ver la petición

de todo el público atento

daba exacto cumplimiento

a la noble reunión.

Empiezan los bailadores

botando algunas figuras

y se veían las cinturas

con rapidez de motores.

Entre aquellos pormenores

el mundo se desespera

y una viejita que era

dueña de la habitación

dijo: No quiero más son,

se acabó la ruñidera.

Continué, no le hice caso

a lo que ella me decía,

ni me pensé que sería

un móvil para el fracaso.

Como estaba para el paso

no pregunté ni quién era,

y la vieja majadera

conversando con trabajo,

decía: Se acabó el relajo

y el son de la ruñidera.

Como una fiera la anciana

me fajó con el bastón

mientras que la reunión

echó la cosa a jarana.

Decía: No me da la gana

que sigan de esta manera,

diga el mundo lo que quiera

en mal concepto de mí,

pero yo no quiero aquí

más toque de ruñidera.

Yo que estaba en un rincón

por el hecho avergonzado

pretendí disimulado

irme de la reunión.

Aproveché la ocasión

y le dije al compañero:

Vete abriendo un agujero

por aquí por el yaguado.

Y salí tan apurado

que hasta dejé mi sombrero.

J. H. Roblero

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