Cultura

Chaquiras y lentejuelas. La reina de la noche

Conrado Roche Reyes

Hace unos días caminando por las calles del centro de la ciudad me encontré con mi amiga Pamela, a quien conozco de hace tiempo. Le dio mucho gusto verme después de años. Me platica que se fue de la ciudad, ya que le salió un trabajo en un antro en un estado del norte del país. Ella es artista. Después de los saludos y remembranzas de rigor, al perecer muy alegre, noté en sus ojos un dejo de tristeza. Ella es varios años mayor que yo. Y después de este primer momento del reencuentro, le pregunté qué le notaba algo apagado. Siempre nos hemos llevado así. Somos ambos neta. Finalmente se quebró y me comenzó a contar su actual tragedia. Se quejaba lastimosamente de que ahora ya ningún hombre le hacía caso “yo sigo siendo una diva del show –recalca– a pesar de que tengo bien claro que los años no pasan en balde”.

Entonces comencé a recordarla de cuando yo era un niño de segundo grado de primaria y ella, que entonces era El, estaba en quinto o sexto año. Era un niño muy afeminado. El blanco de todas las burlas en aquel colegio de gobierno el año que pasé por aquella escuela. Durante la plática me dice que desde los cinco años él no se sentía niño, él se sentía una niña desde esa tierna infancia. Se ponía los vestidos de su mamá. Siempre estaba jugando muñecas con las niñas y en la escuela, repito, sufría mucho. Al yo intentar levantarle un tanto el ánimo, le digo que si no se acordaba cómo nos divertíamos de chamacos. Su respuesta fue trágicamente lapidaria. Sí –continua–, se divertían ustedes a mis costillas.

Hay que recalcar al público actual que por aquellos años el ser homosexual era motivo para ser encarcelado, y aun en casos extremos un más que motivo para suicidarse.

Un buen día, al pobre niño Robertito, se le ocurre acudir a aquella escuela de pequeños y salvajes infantes con un brassiere (entonces llamado corpiño) relleno de calcetines. Al notarlo los demás, el pobre fue perseguido por toda la escuela y entre todos le dieron una “pamba” ya casi golpiza. El pobre niño cayó al suelo y gritaba algo que nos sonó de lo mas extraño “¡ Ayyy, no me peguen, –con su aflautada y amujerada voz–: voy a perder a mi hijo!”. Eso nos paró en seco. Hoy me pregunto y llego a la conclusión de que eran palabras que había escuchado seguramente en su casa.

Finalmente, la dirección de la escuela decidió expulsar a aquel niño a quien ¡otros! habían estropeado con la científica razón de que estaba dando mal ejemplo y era una vergüenza para la escuela.

Prosigue Pamela su relato. “Mira, cuando jovencito, de plano me salí de casa. No soporté ya las palizas de mi papá. Por entonces era yo un chiquito muy guapo, puto pero guapo. No me faltaban amantes. En un principio lo hacía simplemente por placer. Te confieso por entonces era muy promiscuo. Posteriormente me comencé a vestir de mujer y a cobrar por mis servicios. No sabes lo que pasé. Los policías hacían las que estaban en su punto inconstitucionales razzias. Todas las locas teníamos que pagarles a estos con sexo para no ir a la cárcel, aunque varias veces estuve allí. Sin embargo, los hombres se peleaban por mí. Comencé a cobrar. Hacía muy bien dinero que le daba a mi marido, un mayate guapísimo. Pero mi sueño era ser mujer. Te estoy hablando de hace muchísimos años –y hace un coqueto mohín.

Peso sobre peso fui ahorrando para mi operación. Psicólogos, psiquiatras, todos dieron su aprobación, que era necesaria para la operación, que por entonces los mismo médico me advirtieron era muy peligrosa. Finalmente lo hice. Salí del quirófano siendo la mujer más feliz del mundo:¡Pamela¡. Mi marido me dijo que estaba muy guapa. Enseguida nos fuimos a la cama de la casa. Y allí comencé a notar un cambio en él. No tenía erección. Entonces el muy desgraciado me dice que así, operada, le daba asco, me prefería de cancalás. Y la cosa no paró allí. Así de mujer, me sucedió lo mismo con muchos hombres que notaban mi realidad. Para entonces Pamela ya estaba lagrimando en plena sorbetería Colón. “Mi error fue operarme ya muy vieja. Mírame, ya nadie me quiere. Me siento muy sola y vieja...”.

No encontré palabras para consolarla. Y le ratifiqué que sí, ese fue su gravísimo error, el hacerlo ya tan mayor de edad. No se lo dije, pero se miraba a una patética vieja, visiblemente transexual en plena declinación. Y hasta a mí me dio tristeza esa vida desperdiciada, aquel talento que tuvo de joven en sus bailes. El público la aplaudía a rabiar. Era la reina de la noche. Ahora, era una triste princesa de la soledad.