Cultura

'Manuscritos Anónimos. Memorias del D.F. en 1920”

Conrado Roche Reyes

Al revisar lo poco que queda de los documentos, fotografías y otras cuestiones, llamó mi atención un fólder el cual contenía buen número de hojas manuscritas, al parecer originales de algo que supongo sería un futuro libro de la estancia de alguien en la capital del país. Supongo que se trata de vivencias de papá, ya que por la época y temática que contienen dichos escritos, fue el tiempo en la ciudad de México (1924) y que son un buen pretexto para observar cómo era la vida de un joven yucateco (17 años) y su entorno. Son varios digamos, capítulos de un futuro libro. Las páginas tienen fecha del año 1955.

Comenzaré con un capítulo de algo que fue la pasión de mi papá desde entonces. Se notará el estilo pletórico de adjetivos, como era costumbre entonces. Ahora un capítulo de este anónimo texto: “En la tabla de valores de las diversiones jóvenes, ninguna con raíz más onda que la afición taurina. Eramos estudiantes ostensiblemente pobres, gente ‘de sol’. Nos privábamos del cine, el billar, las carnitas incitantes y aun de la compañía habitual de la novia, por conservar con heroico sacrificio tres pesos, nuestro boleto de ‘sol general’. Aferrados al ahorro imponderable, se dilataba nuestra deuda con el chino Alfonso. Vivíamos al día de milagro. Pasaban nuestros días vendiendo, cambiando libros, hacíamos trabajos ocasionales. Unos meses me convertí en empleado cobrador, apadrinado por el prepósito Rodríguez, del Profesa, a quien ayudaba en la misa mientras estudiaba en una academia. La pobreza desesperante me lanzó a ese trabajo. Aprendí la suprema lección, estudiar sin un centavo en la bolsa ¡algún día iban a darme risa los pobres ricos que estudiaron con nosotros! Algunos amigos míos, como Chano Sierra, ocasionalmente vendía chucherías de casa en casa: no había vergüenza en ello. Lo humillante hubiera sido el dinero mal habido. Eran otros tiempos, otro estilo, otra gente la mía. Hacíamos dos viajes cuatro con dos de ida y dos de vuelta a pie desde mi barrio hasta la academia, omitidas las grandes distancias que cubríamos insensiblemente departiendo con colegialas. Esto nos abrió conocimiento, puertas de intimidad en la ciudad entrañables, sus piedras, sus rincones, sus habitantes esa especie de dialectos diversos que habla cada rumbo. No leíamos las crónicas que en los libros eran frías, las escuchábamos, las vivíamos. No éramos espectadores de la ciudad, éramos sus personajes, palpábamos la ciudad en cada calle, disfrutando su sol, amamos su penumbra también. Así aprendimos el lenguaje del pueblo, su misteriosa respiración de planta. Era nuestra mejor literatura costumbrista, heterogénea, subyugante. Nos daba cátedra lo bueno, lo sórdido, lo superior.

”Entre el pueblo mezclado a su vida como en un corrido, aspiramos a bocanadas, lo objetivo, cuando era su ritmo. Habríamos rechazado como una necedad intelectual descifrar al mexicano. En orden a diversiones como signo de emoción colectiva, con aquel sentido acento de la afición, fuimos taurinos apasionados, obsesionados, enloquecidos. Asistimos a la fiesta por la fiesta, que entonces era fiesta, con franqueza de un buen aficionado. Hoy me siento tan inaguantablemente ‘villamelón’ como el primer día. Repite la sensación de aquellos domingos, cuando llegaba yo a sentarme arriba del anuncio de ‘dos equis’ que cubría el barandal, exactamente inmediatos a la ‘porra’. Se integraba la ‘peña’ con el ‘indio’ Guevara, el ‘viejo’ García Villalobos, alguna vez Renato, que fuera después periodista. No faltaba ‘Chema’ Reyes. Viajaban por el aire calcetines y medias con harina sobre nuestras cabezas, cruzaban botellas como ráfagas, gritos y carcajadas en los giros de un pasodoble magnífico y gitano; así debajo de nosotros, como una luz de astro que todo lo encendía, un hombre del traje de filigrana avanzaba por la plaza hacia el burladero. Vivía la mirada inconfundible, arrastrando ligeramente su capote de prodigio: Rodrigo Gaona.

”Caído el régimen de Carranza, se reanudaron las corridas que estaban suspendidas. La temporada desbordó el entusiasmo nacional. Resplandecía el cartel con los nombres del Califa de León (Gaona) y de Ignacio Sánchez Mejía. En medio de un escalofrío iba a enseñarnos Ignacio sus pares de banderillas sesgando por dentro, con valentía que ya reclamaba ‘la voz futura de Federico García Lorca…”’.