Internacional

Erase una vez en el oeste

Jorge Gómez Barata

En el Nuevo Mundo, los Estados Unidos son siempre pioneros. Antes que en Venezuela hubo allí dos presidentes, uno electo y otro designado. En 1860 el país se fracturó en dos, los Estados Unidos de América y los Estados Unidos Confederados, con dos constituciones, dos congresos, y dos presidentes. Abraham Lincoln, en el norte, y Jefferson Davis, en el sur. Uno gobernaba desde Washington y el otro lo hacía en Richmond.

Dado que la constitución de los Estados Unidos no contempla un mecanismo para el desgajamiento de ningún estado, el Congreso y el Tribunal Supremo no reconocieron la separación de esos territorios. Así, desde el punto de vista del diseño original, existió una “dualidad de poderes” que resultó trágica, y cuyas consecuencias se sienten todavía.

Hasta entonces el país estuvo formado por 34 estados, once de los cuales se separaron, mientras veintitrés se mantuvieron leales a la Unión. Los Estados Unidos Confederados contaron con un territorio de 1,995.392 km², y una población de más de nueve millones de habitantes. Ninguna nación extranjera se involucró en el conflicto ni los reconoció. Curiosamente, en aquel anómalo país no se formaron partidos políticos.

Aunque existen varias interpretaciones y pueden enumerarse distintas causas de la secesión y de la Guerra Civil, lo más importante fue la cuestión de la esclavitud, un debate que desde la Declaración de Independencia y la redacción de la constitución dividió al país. Durante la guerra civil, en los estados del sur existían unos cuatro millones de esclavos, casi la mitad de la población.

La secesión sureña comenzó en 1860 bajo el gobierno de James Buchanan. El primer estado en separarse fue Carolina del Sur. La división del país dio lugar a la guerra civil que se prolongó cuatro años, fue el más cruento de los conflictos de ese carácter, ocasionando casi un millón de muertos, más que en todas las guerras libradas por los Estados Unidos juntas.

Abraham Lincoln obtuvo la victoria, pero le costó la vida a manos de Edwin Booth, un fanático sureño que lo asesinó. Jefferson Davis, presidente ilegítimo tuvo mejor suerte, estuvo preso durante dos años, y aunque fue acusado de traición, nunca fue procesado, y en 1868 el gobierno federal retiró los cargos. Recuperó sus derechos y murió en su cama en 1889.

La esclavitud, la secesión, la guerra civil, la segregación racial, y la lucha por los derechos civiles, son los procesos políticos más dramáticos y costosos de la historia estadounidense, y probablemente los asuntos a los que con más ahínco se han consagrado las diferentes fuerzas políticas. Todavía hoy el racismo es el más grave problema social de ese país, la mayor paradoja de sus ideales y su cultura, y un baldón del cual la sociedad y las élites no logran liberarse.

Aunque en la zaga de la secesión y la guerra civil se estableció la segregación racial (apartheid) y las leyes Jim Crow, también se aprobaron las tres enmiendas más importantes a la constitución (después de las diez primeras). Se trató de la 13, que puso fin a la esclavitud; la 14, que estableció el trato igualitario a todas las personas en territorio americano e instauró la ciudadanía por nacimiento, y la 15, que otorgó el voto a los afroamericanos.

Al margen de otras consideraciones, lo que hoy ocurre en Venezuela, donde una entidad electa por el pueblo fue puesta fuera de la ley por tecnicismos jurídicos y ad libitum, un ciudadano se proclama presidente de la república, y de modo abyecto conspira y pacta con potencias extranjeras acciones contra su país, evidencia las profundas deformaciones estructurales y la orfandad de las instituciones del estado.

Quienes en Venezuela apoyen semejante proceder deberán recordar que “Ni a las naciones ni a las mujeres se les perdona el momento de debilidad en que un aventurero puede seducirlas”.