Veintiún estructuras, 2 mil 257 metros cuadrados de extensión y más de mil años de ocupación ininterrumpida. Esas son las cifras con las que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) presentó, ayer, el hallazgo de K’oxol Ja’ II, un asentamiento maya localizado bajo los terrenos donde se construye la Terminal Multimodal de Progreso (TMM), obra que forma parte del proyecto federal Tren Maya de Carga (TDC).
El sitio, cuyo nombre en lengua maya significa “agua de los moscos” –en referencia a los dípteros que todavía abundan en la zona‒ fue localizado a mediados del 2025 durante las labores de salvamento arqueológico que el instituto realiza de forma obligatoria antes de cualquier obra de infraestructura en territorio con potencial patrimonial. Su existencia se hizo pública apenas este mes de agosto del 2026, luego de que el equipo de campo concluyera la fase de excavación y avanzara en el análisis de gabinete de los materiales recuperados.
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A diferencia de Chichén Itzá, Uxmal o Ek Balam –los grandes nombres que concentran la atención turística y académica de la Península‒, K’oxol Ja’ II no tiene templos, palacios ni estelas. Sus vestigios corresponden a cimientos de viviendas, pozos y espacios domésticos: la huella de una población que, según los arqueólogos, habría tenido una importancia intermedia dentro de la jerarquía regional, subordinada a un asentamiento mayor conocido como El Chiik, localizado al noroeste y también documentado durante el salvamento del TDC.
“Más allá de los gobernantes y sacerdotes que habitaron los grandes templos y palacios, los mayas de antaño, aquellos que no pertenecían a la élite, también hablan mediante ofrendas, pozos de agua y espacios habitacionales”, planteó la secretaria de Cultura del Gobierno de México, Claudia Curiel de Icaza, al referirse al hallazgo como una oportunidad para documentar la vida cotidiana de quienes normalmente quedan fuera del registro arqueológico convencional.
Agua, la clave del asentamiento
David Medina Arona, jefe de campo del proyecto en la TMM Progreso, explicó que uno de los patrones más consistentes detectados en el sitio es el aprovechamiento sistemático de los recursos hídricos. El cenote principal del asentamiento conserva todavía los restos de un brocal, una estructura construida para modificar la boca del pozo y, muy probablemente, controlar el consumo del agua que ahí se almacenaba.
Ese control hidráulico, sumado a la presencia de cuerpos de agua fijos y estacionales dentro del polígono, es lo que llevó al equipo del INAH a proponer que K’oxol Ja’ II no era un caserío aislado, sino parte de una red de asentamientos organizados jerárquicamente, con una comunidad rectora que probablemente coordinaba el acceso al recurso más escaso de la región: el agua dulce cerca de la costa.
Las excavaciones, coordinadas por la arqueóloga Susana Echeverría Castillo y en las que participaron los especialistas Abraham Alarcón Carmona, Carlos Avendaño Rincón y Darwin Velázquez González, además de otros 16 investigadores en campo, ubican la ocupación del sitio entre el Preclásico regional (400 a.C.-250 d.C.) y el Clásico Tardío (450-900 d.C.), es decir, más de mil años de presencia humana continua en ese punto de la costa yucateca.
Lo que no hay también cuenta
Tan revelador como lo hallado es lo que no se encontró. En K’oxol Ja’ II prácticamente no hay cerámica, lo que sugiere que buena parte de los utensilios domésticos de sus habitantes se fabricaba con materiales orgánicos que no lograron sobrevivir al paso de los siglos. Tampoco se localizó un solo entierro humano en las áreas excavadas, un dato que el propio Medina Arona atribuye a las condiciones geológicas del terreno: al estar las viviendas construidas casi directamente sobre la roca madre, los rellenos de tierra eran demasiado delgados para permitir sepulturas dentro de los espacios habitacionales.
Las únicas dos ofrendas recuperadas en todo el sitio corresponden a consagraciones de cimientos, es decir, depósitos rituales colocados al momento de construir una vivienda, una práctica documentada en distintos asentamientos domésticos mayas de la Península. Ambas piezas ya fueron trasladadas para su resguardo, mientras continúa el análisis en laboratorio de los materiales líticos, cerámicos y de sedimento recuperados durante la temporada de campo, que ya concluyó.
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Protección, no traslado
A diferencia de otros hallazgos del Tren Maya que han derivado en la reubicación de estructuras prehispánicas –el propio INAH ha reconocido el traslado de decenas de edificios a lo largo de toda la ruta ferroviaria‒ en el caso de K’oxol Ja’ II se optó por la conservación in situ. Los 21 monumentos fueron limpiados, restituidos en sus muros y cercados con malla de protección, y el instituto acordó con la Secretaría de la Defensa Nacional (Defensa)–a cargo de la construcción de la TMM‒ la creación de un polígono que blindará el sitio de futuras afectaciones por la obra.
El hallazgo de Progreso se suma a un inventario que, a nivel nacional, ya resulta monumental: de acuerdo con cifras del propio INAH difundidas en los primeros meses del 2026, el salvamento arqueológico ligado al Tren Maya ha registrado más de 58 mil monumentos en superficie a lo largo de los mil 554 kilómetros de vía férrea que atraviesan Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo, de los cuales 23 mil 655 ya han sido intervenidos directamente por los equipos de campo.
En ese contexto, K’oxol Ja’ II no destaca por su monumentalidad, sino por lo contrario: por representar a la mayoría silenciosa de la civilización maya, la que nunca dejó textos ni ciudades ceremoniales, pero que sostuvo con su trabajo cotidiano –el manejo del agua, la construcción de sus propias casas, la organización doméstica– la estructura social que hizo posible la existencia de los grandes centros que hoy visitan miles de turistas cada año.
“Estos son sitios que completan la información del pueblo maya. Mucha gente se va a las grandes pirámides y los núcleos urbanos, pero aquí tenemos a esos otros mayas que no dejaron nada escrito y a menudo se olvidan. La arqueología doméstica nos permite devolverles la voz”, resumió Medina Arona al cierre de los trabajos de campo.