Los partidos políticos están en un mal momento en la opinión pública colombiana. Los casos de corrupción, el desengaño que han dejado muchos de quienes se han lanzado bajo el paraguas de sus denominaciones tradicionales y, peor aún, el hecho de que muchos consideren que para tener éxito hay que crear un partido a su conveniencia y busquen evitar ser identificados con el sello de los partidos tradicionales, han llevado a esa situación.
En Colombia hubo tradicionalmente dos partidos hegemónicos: el Liberal y el Conservador. En el 1957, asaltó el poder el general Gustavo Rojas Pinilla, en una dictadura consentida por las cabezas de ambos partidos. Fue realmente una dictablanda. Así como lo subieron, en el 1958 lo bajaron y, para acabar el enfrentamiento armado entre los seguidores de ambos partidos por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, candidato liberal que se consideraba seguro ganador, en una sangría que se conoció como la violencia y que costó 300 mil muertos y aún continuaba, las cabezas de esos dos partidos se reunieron en Europa y firmaron un pacto para dividirse todos los cargos del Estado por mitad. Eso llegó al extremo de lo que se llamó la milimetría, porque hasta los cargos de porteros se dividían entre los dos.
Como decía el sacerdote guerrillero Camilo Torres, decidieron que no valía la pena enfrentarse si podían disfrutar todo completamente sin pelear. Fue un régimen bipartidista sin fisuras hasta cuando apareció el antiguo dictador como candidato presidencial con partido propio.
En los años 60, el ya exgeneral Rojas Pinilla armó su propio partido, la Alianza Nacional Popular (Anapo), con una propuesta populista que conquistó multitudes. En el 1970, se presentó como candidato presidencial respaldado por su partido. El día de las elecciones anochecimos con el general como ganador y nos despertamos al día siguiente con Misael Pastrana, candidato del Partido Conservador, como presidente electo, gracias a que el entonces presidente decretó el toque de queda, sofocó los brotes de rebeldía y obró el milagro de multiplicar los votos.
Un grupo de personas que habían militado en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y buscaban un horizonte más político que el de esa guerrilla -aunque con el convencimiento de que la vía armada era el camino-, se acercaron a la Anapo (donde ya estaban políticos de izquierda que optaban por la vía de la legalidad, que crearon la Anapo Socialista) porque consideraban que si ahí estaba el pueblo era ahí donde había que estar.
De pronto empezaron a aparecer en la prensa avisos de Contra los parásitos, M19”, Contra las plagas M19 y un día esa misma prensa publicó que se habían robado la espada del Libertador de la Quinta de Simón Bolívar, donde estaba expuesta, y que la acción era reivindicada por el M19.
La consigna era “M19 con el pueblo, con las armas, con María Eugenia, al poder”. María Eugenia, conocida como La Capitana, era la hija del general. Había desempeñado cargos de asistencia social durante el mandato de su padre, con lo cual se había hecho muy popular.
Ese fue el fin del bipartidismo que por tanto tiempo dominó la conducción del poder en Colombia. Pero pasamos de la estrechez a la sobre producción y hoy contamos con una cantidad tal de partidos que es imposible conocer el nombre de todos. Casi cada candidato que se postula crea su movimiento o ramificación de un partido. El partido liberal y el conservador siguen existiendo pero languidecen cada día porque incluso sus hoy dirigentes nacionales tuvieron antes un partido propio del cual han hecho innumerables derivaciones.
Eso cobija a la derecha, el llamado centro y la izquierda, cada uno con divisiones y subdivisiones ad infinitum. El último presidente del Frente Nacional, del Partido Conservador, fue Misael Pastrana, quien nunca pudo sacudirse la sospecha de que había subido al poder por la trapisonda que le quitó la presidencia al general. Lo sucedió Alfonso López, que si bien se postuló por el partido liberal, hizo toda su carrera política con movimiento propio Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) pero, como ha sucedido con otros, cuando quiso conquistar la presidencia volvió al seno del partido oficial.
Por ese partido, el Liberal, fue presidente su sucesor, Julio César Turbay Ayala, en cuyo periodo el M19 desarrolló acciones armadas audaces: la toma de la embajada de República Dominicana, que se solucionó mediante la negociación, pero luego el robo de las armas del Cantón Norte mediante un túnel que cavaron desde una casa situada en frente de esa instalación militar desató una ola de represión brutal de la que todavía se habla como la de las caballerizas, porque en esa parte de la escuela de caballería del Ejército se aplicaron las torturas.
A Turbay lo sucedió Belisario Betancur, a nombre del Partido Conservador. Durante su presidencia, el M19 hizo la toma de la Corte Suprema de Justicia y luego la retoma brutal por parte del Ejército que se llevó por delante todo el Código Penal, la Constitución nacional y las normas del Derecho Internacional Humanitario. Varios militares han sido condenados por ejecuciones extrajudiciales y tortura porque se logró documentar que los cadáveres de varias personas que salieron vivas del Palacio aparecieron luego dentro de él como si hubieran muerto en desarrollo de la acción del Ejército para recuperar el control dentro de sus atribuciones legales.