Por Rocío Mena Réndiz
Conocer todo lo sucedido en la madrugada del 28 de septiembre, en cada vivienda y refugio resulta hoy en día casi imposible, pero podemos saber un poco más con la ayuda del relato que nos hace el distinguido y apreciado profesor Santiago Pacheco Cruz, director general de Educación Federal en el territorio, en su libro Janet o La Tragedia de Chetumal, sobre su experiencia en esa noche:
“Ya hasta se hacía fastidioso escuchar las noticias que no variaban. Cuando entonces nosotros ocupábamos el cuarto número 12 del piso superior del Hotel Iris, todo de estructura de madera y lámina, por el que pagábamos renta elevada por falta de local aparte, ya que el serio problema de la ciudad eran o son: alimentación, agua y casa. Como no tuviéramos el más mínimo presentimiento de lo que pudiera suceder, a pesar de la magnitud del huracán que se anunciaba, pensamos en principio permanecer en el lugar, considerando estar en altura, por lo que solamente tuvimos la precaución de colocar la hamaca en el veliz que encomendamos en la parte alta de la planta baja al cuidado de la administración del hotel. Después de las veinte horas permanecimos en la misma planta baja haciendo comentarios con un grupo de agentes viajeros que ocupaban cuartos en el piso superior, que habían llegado la noche anterior.
El tema en cuestión era el ciclón del que se hacían diversas conjeturas.
—-Nos quedamos o nos vamos a encomendar a otro lugar, decían valentones algunos; a lo mejor viene sin esa bravura que nos anuncian.
—–Yo he tenido oportunidad de presenciar varios ciclones en Veracruz, Tampico, San Luis Potosí y Chiapas, decía uno que frisaba en los 60 años y ninguno fue de consecuencias; al menos yo pasaré la noche en la cama y a roncar tranquilamente.
—-Yo también pienso y creo que no pasará nada, profesor me quedo aquí con mi hijo y mi sobrino a pasar la noche, a pesar de lo que anuncian no creo que sea tan bravo el león; puede resultar como el de 1942 que nos trató muy bien, repuso la señora Modesta Escalante viuda de Masón, administradora y dueña del hotel.
—-Ojalá diga usted bien, señora, contestamos a tiempo que la radio recalcaba con más intensidad y acento de gravedad las noticias. Todos nos miramos las caras, eran casi las 22 horas; después de escuchar el último reporte sentimos apoderarse de nosotros una terrible incertidumbre que llegó a inquietarnos y plantearnos una severa incógnita, enmudecimos viendo los semblantes de los otros que en vista de esas noticias habían determinado abandonar el hotel como en efecto lo hicieron, quedando solamente el sesentón a quien observamos semblante dudoso. Tal parecía que una voz misteriosa nos alentaba diciéndonos “abandona el hotel y ve a refugiarte; no te hagas el valiente y sálvate”.
Ante estas palabras de nuestro invisible guía, que nos recordó el pasaje histórico sucedido a la invicta Juana de Arco, que escuchó la voz del Arcángel Gabriel, no pudimos más que obedecer. Maquinalmente asumimos una actitud silenciosa y cavilante que llamó mucho la atención de la señora que probablemente llegó a descubrir, por nuestro semblante, la lucha interna que sosteníamos, que no aguantó las ganas de saber lo que nos pasaba.
—– ¿Qué le pasa, profesor? Parece que está usted muy preocupado. No lo piense mucho.
—–Quisiera ir a la escuela a ver como se han acomodado las familias, pero la llovizna no pasa y para colmo ya no circulan coches –le dije para satisfacerla con el disfraz.
—–Si quiere usted coche puede ir mi sobrino a ver si le trae uno.
—–Está bien, que vaya, se lo agradeceré —-dijimos ya decididos a no quedarnos.
Al cabo de unos minutos que nos parecieron siglos, se trajo por fortuna el único coche que estaba de retirada; invitamos al viajero sesentón a acompañarnos al refugio y no quiso dejar el hotel. Eran cerca de las 23 horas cuando se nos llevó a la escuela señalada y al momento de bajarnos arreció la llovizna. Dicha escuela semejaba un panal, era un hormiguero humano donde no se podía dar un paso, verdadera confusión de familias, ancianos e infantes que parecían estar en una gran feria. Se escucharon diversos comentarios sobre la embestida de la fiera, en tanto que otros grupos hacían oraciones encomendándose a sus imágenes y a su Dios para que les tenga piedad y les salve la vida aunque sea”.
En otra parte de su largo relato el profesor Pacheco Cruz nos dice que en el refugio había personas que querían regresar a su vivienda:
“—-Señora deje usted todo por ahora y salve su vida y la de estas criaturas inocentes, su marido tiene razón peligra usted en su casa, es solamente por esta noche quédese por favor, dijimos interviniendo en bien de las criaturas que estaban en las faldas de la mamá.
—-No señor, yo quiero ir a cuidar mi casa por mis animales, si está de Dios que yo me muera paciencia pero no me quedo aquí, si tú quieres quedarte, yo me voy con mis hijos.
Y sin más ni más arrastró a las criaturas y se marchó. El marido viendo la actitud resuelta de su esposa enferma seguramente de los nervios, la siguió mansamente sin protestar, pues por más que le hicimos ver el peligro y convencerla, no conseguimos nada. Estaba neurasténica, desgraciadamente sus deseos se cumplieron, porque al día siguiente supimos que esa familia murió ahogada y aplastada por la casa”.
El profesor Santiago Pacheco Cruz continúa y termina su relato con la llegada del huracán:
“Serían cuando menos las 0:12 horas del inicio del día 28 de septiembre, cuando de hecho se hizo sentir la presencia de la tormenta, tal como se había anunciado. Se sintieron las primeras ráfagas huracanadas acompañadas de fuerte aguacero. Una terrible tensión nerviosa se apoderó de todos los refugiados en general. El profesor Herrera López, que fue por su familia, no regresó a la escuela. Entre tanto el huracán iba elevando gradualmente su potencia al cabo que aumentaba más en proporción, existía la desesperación y el temor de que derrumbara el edificio. No podíamos dormir por estar sosteniendo puertas y ventanas que querían ceder al empuje del viento, que tuvo su potente reacción a las dos de la mañana. Para colmo de males, cedieron los cristales de las ventanas traseras y el agua invadió la pieza anegándola, a pesar de este descalabro no abandonamos los puestos de combate. Se escuchaba claramente el fuerte silbido del viento que se confundía con el aguacero, así como el ruido que produjo la veleta al ser derrumbada, arrancada con todo y cimiento, al igual que un lienzo de pared con su enverjado pegado a la casa donde estábamos. Se escucharon otros ruidos sin poderse precisar lo que fueran, ya que no podíamos salir de aquella especie de celda que nos ahogaba. Aquello era desesperante… ¡y cuantas desgracias no estaría ocasionando entre la población, sin esperanza de auxilio! ¡Cómo amanecerá la ciudad…!
Desde la hora en que se inició la tormenta hasta las 2 de la mañana, fue una lucha terrible que se sostuvo para salvar la vida, y en medio de tanta confusión no nos dimos cuenta de que toda la casa estaba encharcada, sin poder salir por el viento y la lluvia. Dos largas horas de padecimientos hasta que después de esa hora, 2:30 poco más o menos, comenzó a ceder toda fuerza por el norte para pasar por el sur como estaba anunciado. El ataque por este lado fue de lo más horrible que cerebro humano pueda concebir, fue terriblemente pavoroso por haber descargado toda su ira y fobia arrastrando en su ayuda las aguas del temible Caribe, que entraron atacando furiosamente por el sur y sureste de la ciudad. Y aquí fue Troya. Sobrevino naturalmente el desbordamiento total de la bahía, cuyas mansedumbres aguas reforzadas ya inundaron la ciudad con acompañamiento de fuertes oleajes y marejadas que destruyeron casas y cuanto encontró a su paso, sin respetar vidas en general, ya que murieron ahogadas cantidad de personas, sin distinción de edades, siendo infantes la mayoría. Las aguas subieron a más de tres metros de altura, llegando los estragos a más de 400 o 500 metros de distancia dentro de la población. Gran número de familias quedaron aplastadas al derrumbarse casas, sin contar con otra cantidad de cadáveres que arrastró la corriente mar adentro, que no aparecieron jamás y que seguramente fueron pasto de la fauna marina. Afortunadamente todos los que se refugiaron en los locales señalados amanecieron sanos y salvos, sin haber sufrido más que los sustos consiguientes, sin saber que la danza macabra de la muerte estaba por todo el lado sur.
Casi al amanecer nos trajeron la fatal noticia de que tanto el profesor Herrera López como el señor Audomaro Castillo Herrera, se habían ahogado y habían sido arrastrados por la corriente, noticia que causó profunda pena y dolor por tratarse de dos compañeros de trabajo, pero se supo luego que no se confirmó el caso, cuando más tarde se nos presentaron los afectados, en cuyos rostros se reflejaba la terrible angustia por haber luchado contra el peligro, salvándose milagrosamente con sus familias.
Aclaró completamente el 28 de septiembre. ¡Que panorama tan pavoroso y desolador presentaba la ciudad antes atractiva y sonriente…! Esto era solamente lo que se podía contemplar a distancia y desde los corredores de la escuela! ¡Cómo sería lo de más allá…! Era materialmente imposible calcularlo. Un montón de escombros y de ruinas, todas las calles y principales avenidas se habían convertido en inmundos basureros donde no se podía dar ni un paso y menos con el estancamiento de parte de las aguas que formaban un lodazal. Solamente se veían en pie algunas casas de mampostería y una que otra de madera de reciente construcción, pues las restantes fueron derribadas quedando solamente los pisos como recuerdos”.
(Texto enviado por el exsenador Jorge Polanco Zapata)
CONTINUARÁ…
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