Bajo la sombra de un tinglado, las ágiles manos de Pauna Mesina Mex, de 73 años, dan forma a una hamaca que no estará en aparadores ni mercados: será para un integrante de su familia.
Con serenidad y una sonrisa discreta, explicó que el urdido es su mejor terapia ocupacional.
“Es para no estar todo el día sin actividad”, comentó mientras entrelazaba los hilos con una destreza aprendida desde la adolescencia.
Pauna prefiere instalarse bajo el techo improvisado de la casa de una de sus hijas. Ahí pasa las horas tejiendo hamacas que distribuye sólo entre sus seres queridos.
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“No las vendo al público, son para la familia”, manifestó. Recordó que fue a los 13 años cuando su padre le advirtió que, si no continuaba con sus estudios, debía aprender un oficio. Fue entonces cuando una mujer conocida como Neydi, quien enseñaba el arte del urdido a niñas de aquella época en la comunidad, le transmitió los conocimientos básicos de esta tradición profundamente arraigada en Yucatán.
Con el paso de los años, ya casada, Pauna convirtió esa habilidad en un apoyo económico. Trabajó con un comerciante dedicado a la venta de hamacas, apoyando así a su esposo. El tejido se transformó en sustento y herramienta para sacar adelante a la familia.
Hoy, lejos de la necesidad económica, continúa urdiendo por convicción y bienestar personal.
“Es muy aburrido estar en casa sin ocupar la mente y las manos en algún trabajo. Además, dicen que estar sin hacer algo es malo y trae enfermedades”, mencionó.
Las hamacas que elabora varían en tamaño y complejidad. Algunas requieren hasta 24 carretes de hilo, las cuales son las matrimoniales.
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En Yucatán, donde el calor predomina, la hamaca no es sólo tradición sino una necesidad.
Desde tiempos pasados, los habitantes adoptaron esta forma de descanso que permite una mejor ventilación durante las noches cálidas. En la actualidad, muchas familias se preparan para la temporada adquiriendo nuevas hamacas para sobrellevar las altas temperaturas.
En el mercado, los precios varían según el tamaño, el tipo de hilo y la complejidad del tejido. Una puede costar desde cuatro mil hasta 12 mil pesos.
Para Pauna; sin embargo, el valor no se mide en dinero. Cada hamaca que termina es una herencia que enlaza generaciones y mantiene activa la memoria de una tradición que, como sus manos, se niega a quedarse quieta.