Hubo un tiempo en que el Martes de Pintadera no necesitaba promoción ni escenario principal. Bastaba salir a la calle para saber que el carnaval estaba en su punto más atrevido. En los años 80, 90 y los primeros del 2000, la pintadera era sinónimo de barrio, de risas desbordadas y de ropa que jamás volvía a su color original.
En colonias tradicionales como Guadalupe, Santa Ana, Santa Lucía o San Román, la fiesta comenzaba desde temprano. Jóvenes armados con cubetas y bolsas de pintura corrían por las calles sin distinguir edades ni estatus: quien se asomaba, corría el riesgo de terminar cubierto de colores. Algunos salían con ropa vieja; otros, simplemente no salían por miedo a regresar empapados. Los coches tampoco se salvaban.
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En la entonces Concha Acústica, hoy convertida en el Domo del Jaguar, se organizaban bailes multitudinarios. Era el punto de encuentro donde la ciudad entera parecía reunirse sin más regla que divertirse. Incluso se jugaba al tradicional “toro petate”, mientras la música sonaba hasta entrada la noche, cuando llegaba el esperado baile de gala.
La pintadera marcaba el calendario emocional del campechano. Era el día más irreverente del carnaval, el que rompía formalidades y unía generaciones bajo una misma nube de pintura.
Hoy el panorama es distinto. Por la mañana, el malecón recibe a participantes de la carrera de pintura vegetal; por la noche, el espectáculo se concentra en el Foro Ah-Kim-Pech, donde un show cómico reúne a algunos asistentes. La celebración es más controlada, más organizada… y para muchos, menos espontánea.
Entre recuerdos y comparaciones, el Martes de Pintadera refleja cómo también las tradiciones evolucionan. Lo que antes era caos festivo ahora es evento programado. Sin embargo, en la memoria colectiva de Campeche sigue vivo aquel martes donde nadie salía limpio y todos regresaban felices.