En las calles empedradas de San Francisco de Campeche, donde las fachadas coloniales evocan historias de piratas, conquistas y epidemias, se levanta un edificio que guarda uno de los capítulos más oscuros de la salud pública en la región: el Hospital de San Lázaro, conocido como el Lazareto.
Construido en el siglo XVIII para atender la epidemia de lepra, el inmueble fue diseñado como un espacio de aislamiento, en un tiempo en que la ciencia y la superstición se entrelazaban. Los planes, elaborados en 1782 por ingenieros reales del Archivo General de Indias, contemplaban 80 habitaciones, una capilla central, cocinas separadas por sexo y áreas de enfermería. El hospital fue inaugurado en 1795, bajo la administración de José Núñez Castro, con reglamentos firmados por el mariscal Arturo O’Neill y O’Kelly y el doctor Santiago Martínez de Peralta.
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El Lazareto no solo fue un hospital, sino también un símbolo de exclusión social. Los pacientes, en su mayoría indígenas mayas, esclavos africanos y mestizos pobres, eran recluidos de por vida, perdiendo derechos civiles y dependiendo de la caridad cristiana para sobrevivir. La lepra, conocida como el “mal de San Lázaro”, era temida como una “peste”, aunque investigaciones modernas confirman que no se trataba de la plaga bubónica, sino de una enfermedad endémica traída durante la colonia.
Historiadores destacan que el Lazareto de Campeche fue uno de los pocos hospitales de lepra en América que se construyó conforme a los planes borbónicos originales, integrándose en una red imperial para controlar enfermedades consideradas “sociales”. A diferencia de otras epidemias que azotaron la ciudad, como el cólera de 1833 o la viruela de 1855, el San Lázaro se enfocó exclusivamente en la lepra.
Hoy, el edificio sobrevive como un testimonio arquitectónico y un recordatorio de cómo la salud pública en la colonia estuvo marcada por el miedo, la exclusión y la fe. Aunque la lepra persiste en casos aislados —28 bajo tratamiento en 2015 y uno nuevo en 2025—, los avances médicos han transformado lo que antes fue una condena social en una enfermedad tratable.
El Lazareto invita a reflexionar sobre la memoria histórica de la salud, recordando que en las sombras de la colonia se encuentran lecciones vigentes para el presente.
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JY