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Historia de las empanadas de atún que no eran de atún sino de arroz con leche, pero que a final de cuentas resultaron de aire

Por José Díaz Cervera

Historia de las empanadas de atún que no eran de atún sino de arroz con leche, pero que a final de cuentas resultaron de aire

Salí muy temprano de mi casa. La estrategia era llegar a la tienda de autoservicio apenas abriera y evitar la aglomeración (en tiempos de pandemia es fundamental evitar el contacto directo con los demás).

Pasé rápidamente al departamento de frutas y verduras, deseaba comprar unas naranjas para hacer jugo (en la frutería de mi barrio las naranjas no tenían buen aspecto), inmediatamente después, me topé con una mesa que ofrecía unas empanadas hojaldradas de atún y jamón y queso, y tomé seis, considerando que vendrían bien en el desayuno.

Hice algunas otras compras y volví a casa.

Me bañé y bajé a desayunar; el café olía muy bien. Comí fruta y me dispuse a probar una de las hojaldras; la primera mordida fue suficiente para darme cuenta de que algo no andaba bien, pues el pan tenía buen sabor, pero el atún no aparecía por ningún lado. Tomé entonces un cuchillo y abrí la hojaldra sólo para comprobar que no tenía relleno alguno; repetí la operación con las otras cinco y me di cuenta que había yo sido objeto de un fraude. Encolerizado, regresé a la tienda a reclamar.

Cuando le mostré al tipo de “servicio al cliente” las hojaldras, lo primero que hizo fue llamar a la encargada de la panadería, quien me explicó que en realidad yo había llevado unas empanadas rellenas de arroz con leche y que no se me podían cambiar ni se me devolvería mi dinero porque “la política de la tienda no permite la devolución de alimentos manipulados”. Yo alegué que, si ella encontraba entre el pan un solo grano de arroz, yo me retiraría de la tienda sin más ni más y así empecé a hurgar en el migajón sin éxito.

Cada empanada me costó quince pesos, más el berrinche y la gasolina utilizada para volver a hacer una reclamación estéril. Ganas no me faltaron de ofender a los dos empleados, pero al final tuve una discreta lucidez que me permitió decir algo que descargó mi coraje sin necesidad de perder el estilo: “si me hubieran dicho que sus empanadas están rellenas de la política de la tienda, le hubiera regalado media docena al gerente y una docena a los dueños, además de una para cada uno de ustedes…”.

Mientras volvía a casa, pensaba de nuevo en todo lo que esta situación crítica exhibe de nosotros como individuos y como sociedad. ¿Cuántos más fueron víctimas de ese fraude (menor, si se quiere, pero fraude al fin)? ¿Cuántos habrán reclamado? ¿Por qué seguimos siendo los ciudadanos “de a pie” las víctimas de todos aquellos que se saben impunes? ¿Por qué ahora que requerimos una mínima solidaridad repetimos los vicios de siempre? ¿Tenemos remedio?

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