
En la región, el calabazo, conocido en lengua maya como Chúuj, ha sido, desde tiempos ancestrales, un fruto indispensable en la vida cotidiana de las comunidades; en la actualidad, corre el riesgo de desaparecer.
Proveniente de la planta trepadora Lagenaria siceraria, este fruto, una vez seco, cortado y ahuecado, se convierte en un resistente recipiente natural utilizado para transportar agua, guardar pozole o incluso preparar remedios tradicionales. Hoy, algunos lo llaman con cariño el YETI yucateco, por su capacidad de mantener los líquidos frescos durante horas, sin necesidad de hielo o tecnologías modernas.
Sin embargo, la tradición que rodea al Chúuj enfrenta un serio riesgo de desaparecer. En los últimos años, su siembra ha disminuido drásticamente debido a la introducción de plásticos desechables y a la preferencia de las nuevas generaciones por envases modernos. El impacto ambiental de estos cambios preocupa a quienes aún defienden este fruto como símbolo de identidad cultural y de prácticas sostenibles.
Don Manuel Dzul, campesino de la comunidad de Huhí, recordó cómo su familia siempre cultivaba calabazos junto con el maíz.

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“Antes, en todas las milpas había calabazos. Mi abuelo me enseñó que servían no solo para cargar agua, sino también para hacer sonajas en las fiestas. Ahora casi nadie los siembra; prefieren comprar botellas de plástico que se rompen rápido y contaminan”, dijo.
Frutos más pequeños se elaboran sonajitas, muy valoradas en celebraciones tradicionales y rituales religiosos. Pero en la actualidad se compran más como adornos o curiosidades para restaurantes y tiendas de artesanías, perdiendo el valor práctico que tuvieron durante generaciones. Por ejemplo, una sonaja en el mercado de Mérida o en Casa de las Artesanías puede costar hasta en 200 pesos y un calabazo decorado hasta 400, en ambos casos se utilizan como decoración por el turismo.
Doña Felipa Uicab, artesana de Xocchel, lamentó la falta de interés entre los jóvenes: “Cuando era niña, mi mamá me mandaba con el calabazo lleno de pozole a la escuela. Ahora mis nietos se ríen y dicen que eso ya pasó de moda. Pero el pozole en calabazo sabe diferente, más fresco, más rico. Es una costumbre que no deberíamos perder”.
El desuso del Chúuj refleja un reto mayor: el choque entre tradición y modernidad. Los productores advirtieron que, de no fomentarse nuevamente su siembra, la planta podría extinguirse en la región, dejando atrás siglos de historia y conocimiento asociado a ella.
Para algunos jóvenes, sin embargo, el calabazo representa también una oportunidad. Erick Chan, estudiante universitario originario de Sanahcat, comentó: “Creo que el Chúuj podría volver si lo usamos de manera innovadora, como una alternativa ecológica a los plásticos. En mi carrera de diseño estamos viendo cómo se pueden reutilizar los materiales naturales. Imaginen una campaña para que en vez de botellas de plástico usemos calabazos otra vez”.
En tiempos en que la crisis ambiental exige soluciones sostenibles, el calabazo aparece como un recordatorio de que las respuestas pueden encontrarse en prácticas heredadas de los abuelos. El YETI yucateco no sólo mantiene viva la frescura de las bebidas, sino también la memoria de un pueblo que supo convivir con la naturaleza.
Hoy, la supervivencia del Chúuj dependerá de la capacidad de las comunidades y de la sociedad en general, de reconocer su valor cultural y ecológico, y de apostar por un regreso a las raíces. Tal vez, al rescatarlo, no solo se conserve una tradición, sino también se contribuya a enfrentar los desafíos ambientales que amenazan el futuro.