La paz que se negocia entre Estados Unidos e Irán tiene como elemento clave la cuestión nuclear, en lo cual, según las exigencias de los Estados Unidos, cualquier acuerdo pasa porque Irán se deshaga del uranio enriquecido al 60 por ciento que posee. Todo lo demás parece negociable. Por otra parte, la exigencia de Irán de la entrega inmediata de al menos la mitad de los 25 mil millones en activos congelados en bancos Occidentales y el resto en los meses siguientes, no comporta mayores problemas para Estados Unidos.
No ocurre lo mismo con lo relativo a la desactivación parcial del programa de misiles de Irán, así como la inclusión del Líbano en el acuerdo de paz y las cuestiones asociadas con Hezbolá y Hamás que Israel presenta como vitales.
En cuanto al uranio, lo más significativo es un pronunciamiento personal, ofi cial y público del presidente Donald Trump, según el cual: “El uranio enriquecido (polvo nuclear) será entregado a Estados Unidos para su repatriación y destrucción, o preferiblemente, en coordinación con la República Islámica de Irán, destruido in situ o en otro lugar aceptable, con la Comisión de Energía Atómica, o su equivalente, como testigo de este proceso… Firmado Presidente DJT”.
Este categórico pronunciamiento contiene varios elementos principales y algunos otros preocupantes. El primero de ello, es que, en la Guerra de 12 días, en junio del 2024, tras el bombardeo con las bombas GBU-57A/B de 13 mil 608 kg y más de seis metros de largo, lanzadas por los aviones B-2 Spirit, y cohetes Tomahawks, Estados Unidos dio por destruido el uranio, mientras Irán guardó silencio. La verdad es que parece no haber existido tal destrucción.
La pregunta es: ¿Dónde está el uranio Si no estaban en las instalaciones de Natanz, Isfahán y principalmente Fordow, esta última ubicada en una montaña de 960 metros de altura, debajo de la cual, en la roca, se cavaron túneles que alcanzaron 60 metros de profundidad, donde se instalaron las centrífugas para el enriquecimiento y se almacenó el uranio con el cual, de acuerdo con la OIEA, Irán se aproximaba al umbral nuclear.
Según se dijo entonces, con ese combustible nuclear, Irán estaba a punto de poder fabricar varias bombas atómicas, lo cual es una línea roja no sólo para Estados Unidos sino para el concierto de los 5+1 (todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad +Alemania) y para los países de la región donde nadie quiere a un Irán nuclear.
Finalmente, las instalaciones iraníes, especialmente la de Fordow, no eran tan secretas ni estaban tan protegidas y la montaña que las albergó fueron demolidas por aviones que estuvieron durante horas sobre territorio iraní sin ser hostilizados ni recibir fuego antiaéreo. Primero se creyó que el uranio había sido sepultado debajo de millones de toneladas de roca, de lo cual hoy no existen certezas. De ser así, para acceder a este se necesitarían trabajos ingenieros que pudieran durar meses o años y serían realizados por norteamericanos.
De no estar allí: ¿Dónde está el uranio enriquecido? Obviamente sólo los iraníes lo saben. ¿Lo habrán revelado? ¿Habrá Estados Unidos verifi cado la información? En cualquier caso, Trump puede estar enterado. La esquela publicada por el presidente de Estados Unidos se refi ere a la destrucción in situ, o sea en el lugar donde esté, ya sea bajo toneladas de rocas o en otro sitio que sólo Irán conoce. Otro detalle que Trump no puede ignorar, es que el uranio no puede ser destruido, excepto cuando forma parte de una reacción en cadena en la cual libera o consume la energía que contiene o cuando, tras millones de años emitiendo radiaciones, espontáneamente, se agota.
Lo que Trump llama “destrucción del uranio” es en realidad su pulverización que, cuando se realiza en condiciones de campaña, se logra mediante explosivos hasta convertirlo en nano partículas, cada una de las cuales es inocua. Al respecto se ha especulado que se trataría de una o varias explosiones nucleares en suelo iraní, para las cuales Irán, que carece de medios para hacerlo; deberá conceder permiso a Estados Unidos para realizar explosiones atómicas en su territorio.
La paradoja no podía ser mayor. Un evento así, sin el uranio a la vista, es impensable porque Irán, que una vez le hizo creer a Estados Unidos que sus existencias estaban en Fordow y habian sido destruidas, puede aplicar otra vez la misma medicina. Si el uranio estuviera expuesto, no haría falta ninguna destrucción in situ pues, tratándose de menos de 500 kilogramos, puede ser trasladado a Estados Unidos y allí, en condiciones apropiadas y seguras, resolver lo que corresponda hacer. En cualquier caso, en una mesa se puede negociar qué hacer con el uranio.
Otra cosa es ejecutar la operación que debe ser realizada por efectivos estadounidenses en suelo iraní, mientras los nacionales contemplan cómo décadas de esfuerzo, vidas sacrifi cadas, incluidas las de algunos de sus más eminentes científi cos y cientos o miles de millones de dólares, se esfuman inútilmente.
Lo otro es que Irán se niegue a entregar o a permitir la destrucción del uranio enriquecido que posee y Trump vuelva a comenzar. La posibilidad de que Estados Unidos renuncie a ese objetivo no aparece en el horizonte. El hecho de que la solución se dilate, no es bueno para ninguna de las partes, tampoco para la región ni para el comercio y la estabilidad mundial. Irán, en cuyo territorio y sobre cuya población e infraestructuras se libra la guerra, es quien más padece, si bien puede causar daño, al menos por ahora, no está en condiciones de derrotar a Estados Unidos. La tregua ahora y la paz en su momento, parecen la mejor opción.