Por Alfredo García
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Demócratas y republicanos celebraron el pasado martes su “victoria” electoral legislativa en Estados Unidos. Sin embargo, ambos triunfos no fueron los esperados. Los demócratas no superaron la media tradicional de ganar escaños en la Cámara de Representantes como partido de oposición en las elecciones de término medio, donde el partido en el gobierno pierde una veintena de curules. Desde 1958, de las 38 elecciones de medio mandato, en 35 ocasiones el partido en la Casa Blanca ha perdido la mayoría en la Cámara de Representantes. Sólo en dos ocasiones, Bill Clinton, en 1998, y George W. Bush, en 2002, el partido gobernante ganó escaños en la Cámara Baja.
En el caso republicano, convertida las elecciones legislativas en un referendo sobre su gestión de gobierno por la egocéntrica euforia del presidente Donald Trump, retener la mayoría que tenía en el Senado y perder la Cámara de Representantes, resta mérito a su “victoria”.
Lo que resultó mucho mayor de lo esperado, fue el aumento de la polarización política que deja un país más dividido que antes de las elecciones y señales sobre el antagonismo clasista. Varias encuestas de medios revelan que alrededor del 80% de los norteamericanos, considera que Estados Unidos está más dividido que nunca.
La diversidad política fortalece la democracia, pero la división la debilita. Desde su campaña electoral, Trump no ha perdido momento para dividir al pueblo norteamericano por su nivel social, género, color de piel o estatus migratorio, todo ello profundizado durante la campaña electoral legislativa con discursos racistas, satanizando la inmigración indocumentada y discriminando a las mujeres.
Hasta el comienzo de este siglo, el mapa político de EE.UU. estaba muy definido: demócrata en las regiones costeras y republicano en el centro del país. Después de la embestida divisionista del presidente Trump, su esencia clasista supera la preferencia partidaria. La histórica victoria electoral del primer presidente afroamericano en 2008 y su progresista agenda de cambio, impulsó su contrario, exacerbando a la ultraderecha que atizada por el Tea Party, sacó a la luz disimuladas diferencias sociales.
Según especialistas, el triunfo de Donald Trump, reveló la división entre lo urbano y lo rural, entre ciudades progresistas y convencionales. Trump recibió 3 millones de votos menos que la candidata demócrata, Hillary Clinton, pero obtuvo su victoria gracias al peculiar sistema electoral norteamericano y un intenso trabajo de campaña en zonas rurales más conservadoras y regiones donde la industria se encontraba en estado de deterioro. Las elecciones del martes, demostraron total identificación de las zonas rurales con Trump, y las zonas industriales recuperadas exhibieron el agradecimiento laboral.
Según un estudio de The Washington Post-Schar School, en distritos determinantes para la Cámara de Representantes en zonas conservadoras, los demócratas tuvieron 12% más de apoyo del voto femenino que los republicanos; y 20% más entre mujeres blancas con estudios universitarios. Sin embargo los hombres blancos con estudios, dieron 12% más de apoyo a los republicanos. El cisma social se refleja en la nueva representación del Congreso: la bancada demócrata tiene más mujeres y minorías. Los republicanos en su inmensa mayoría son hombres blancos.
Anunciando la escalada de lucha clasista que se avecina, está el triunfo de los candidatos demócratas progresistas en la Cámara de Representante, en particular la socialista de origen puertorriqueño, Alexandria Ocasio-Cortez, que será la legisladora más joven del Congreso; y su contrario el refuerzo de la ultraderecha republicana en el Senado, que convierte la cámara alta en el partido de Trump.