Opinión

La fabricación de la verdad

“No propongo que todos nos volvamos periodistas, sino algo más modesto y urgente: recuperar un hábito mínimo de verificación cotidiana”.

La fabricación de la verdad
La fabricación de la verdad

La noticia más viral de esta semana no apareció en los medios tradicionales de comunicación (prensa, radio o televisión), sino en las redes sociales y no fue escrita por un periodista, reportero o influencer, sino por un bot programado. Y tuvimos acceso a ella, no por nuestro interés propio, sino porque un algoritmo la colocó para nosotros en nuestra dieta diaria del scroll infinito. Durante siglos, la información circuló con filtros.

El periódico tenía editores. El libro tenía correctores. No eran infalibles, pero alguien respondía por lo que se publicaba. Hoy, cualquiera con un teléfono puede producir y distribuir información a una escala que hace veinte años habría requerido un staff completo y una inversión cuantiosa en equipo.

No escribo desde la nostalgia, ni desde el desprecio por las redes. Escribo desde la Facultad de Comunicación de la Anáhuac Mayab, donde cada semestre veo llegar a jóvenes que manejan los teléfonos celulares con una soltura que a muchos adultos nos falta.

Vivimos una paradoja: nunca tuvimos tanta información, y nunca fue tan fácil sentirse informado sin estarlo. Los algoritmos que la posibilitan operan a sabiendas que la atención se retiene mejor con emoción que con razón: la indignación, el miedo, la complicidad con los nuestros. La verdad es más lenta, más compleja, más aburrida que el rumor.

A eso se suma la afinidad: compartimos aquello que confirma lo que ya creemos, y las plataformas amplifican esa tendencia porque aprenden de nosotros. No es que tengamos menos datos, sino que estamos peor equipados para reconocer cuándo un dato es confiable, y al mismo tiempo estamos más seguros de nuestras convicciones. Pero si cada grupo tiene sus “hechos”, la conversación pública se vuelve imposible. La comunicación se diluye al no haber nada en común

La humanidad ha convivido con rumores desde que existe la palabra. Lo nuevo es la escala, velocidad y ausencia de fricción. Antes, reenviar un rumor requería una conversación, un tiempo. Hoy requiere un pulgar y un segundo. Y en ese segundo, algo se pierde: “¿y esto de dónde salió?”. Durante décadas delegamos en los periodistas la tarea de filtrar y verificar.

Eso tenía sentido cuando producir noticias requería una infraestructura costosa. Hoy la responsabilidad se ha redistribuido, se ha democratizado, nos guste o no. Y al democratizarse, nadie parece asumir esa responsabilidad. No es exclusiva de los periodistas, aunque su ofi cio consista en buscarla. No es de los académicos, aunque pasemos años estudiando cómo se distorsiona la verdad. Es de cada uno cuando compartimos sin verifi car.

No propongo que todos nos volvamos periodistas, sino algo más modesto y urgente: recuperar un hábito mínimo de verificación cotidiana. No requiere ser experto en nada. Solo requiere preguntar, de dónde salió eso, antes de compartir. Verificar no es desconfiar de todo: es reconocer que la confianza tiene niveles.

La palabra de un amigo en el grupo, no pesa igual que una nota firmada por un reportero que responde por su trabajo. Y aquí entra la universidad. Una facultad de comunicación no está para comentar lo que otros producen, sino para producir conocimiento riguroso sobre lo que ocurre aquí: en los grupos de WhatsApp de las colonias, en los medios locales, en las prepas de la ciudad.

Ese conocimiento debe circular, no quedarse en un cajón. La universidad está para servir a la sociedad. En esa tarea se inscribe “Nodos en Comunicación”, la revista que publicamos desde la facultad. Su número más reciente rinde homenaje al Dr. Javier Esteinou Madrid, una de las fi guras más influyentes y prolíficas de la investigación en comunicación en México, con más de cuarenta libros publicados. Su obra nos recuerda que investigar la comunicación es una forma de defender la verdad compartida.

No la presento como solución a los problemas que he descrito. Sería exagerado. La presento como lo que es: un esfuerzo modesto pero sostenido por hacer lo que una universidad debe hacer: pensar en voz alta, con rigor, y compartir lo que piensa. La próxima vez que suene el teléfono y alguien mande un audio urgente, quizá valga la pena un segundo de duda. Ese segundo es pequeño, pero es el espacio donde empieza una sociedad crítica, mejor informada. Y una sociedad mejor informada es, siempre, más libre.

Docente de la Facultad de Comunicación y Empresas de Entretenimiento | Universidad Anáhuac Mayab