A la vista parece un juego inocente de luces llamativas y sonidos metálicos en la entrada de tiendas de barrio, pero se ha convertido en una puerta de entrada a la ludopatía infantil bajo la indiferencia de las autoridades. En colonias populares de la capital, las máquinas tragamonedas se han multiplicado sin control, teniendo como principales usuarios a niños y adolescentes.
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El mecanismo es simple pero dañino: los menores, enviados por sus padres a hacer compras básicas, terminan utilizando el cambio en estas máquinas con la esperanza de multiplicar sus monedas. Su diseño visual, con colores brillantes, frutas y personajes infantiles, está cuidadosamente pensado para captar la atención de quienes aún no tienen la madurez para comprender la probabilidad de pérdida.
Elisa, vecina de la colonia Adolfo López Mateos, relató que su hijo tardaba demasiado en regresar de la tienda y volvía con dinero incompleto. Señala que el menor se quedaba enganchado con otros niños frente a las máquinas, describiendo el fenómeno como un hábito que se arraiga desde temprana edad: “es un vicio que empieza desde chiquitos”, comentó.
La problemática no se limita a los menores. En el fraccionamiento Flamingos también afecta a adultos, quienes caen en el juego por cercanía y costumbre. Una habitante que acude a una tienda en la intersección de Sucre con Martínez Ross reconoció que diariamente deja entre 20 y 30 pesos en las tragamonedas, admitiendo que en ocasiones gasta más en el casinito que en los productos básicos que iba a comprar.
Aunque la Ley Federal de Juegos y Sorteos prohíbe este tipo de máquinas sin autorización de la Secretaría de Gobernación, en Chetumal operan con aparente impunidad. Funcionan en un vacío de supervisión donde las autoridades parecen no detectarlas y los propietarios de los negocios se deslindan de cualquier responsabilidad.
La mayoría de los comerciantes afirmaron que solo rentan el espacio a terceros, evitando hacerse cargo del impacto que generan estos aparatos en menores de edad. Especialistas en salud mental advierten que el riesgo no es solo económico, sino neurológico. El uso temprano de estas máquinas estimula el sistema de recompensa del cerebro mediante picos de dopamina asociados a premios aleatorios, lo que puede favorecer conductas compulsivas y aumentar la probabilidad de adicciones.
De acuerdo con reportes locales, han pasado al menos dos años desde el último operativo para retirar este tipo de dispositivos. La falta de vigilancia permite que estas máquinas se integren al paisaje de la ciudad.
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JGH