Doña Esperanza lleva treinta años vendiendo ropa en el mercado Lucas de Gálvez. Ella no maneja estadísticas ni lee los boletines del Inegi, pero sabe perfectamente cuándo la gente aprieta el bolsillo. “Antes de la pandemia la gente regateaba pero compraba. Ahorita preguntan, dan vueltas y se van”, dice mientras dobla una blusa que nadie se llevó. No lo sabe, pero su experiencia cotidiana tiene nombre técnico y cifra oficial: el Indicador de Confianza del Consumidor (ICC) cayó a 44.1 puntos en marzo del 2026, su nivel más bajo en más de un año, y arrastra ya quince meses consecutivos de retrocesos anuales.
Lo que mide ese indicador es, en esencia, algo muy humano: el ánimo. Las ganas –o el miedo– de gastar. Y cuando ese ánimo decae, las consecuencias no se quedan en un papel del gobierno; llegan al mostrador de doña Esperanza, a la caja de los restaurantes del centro histórico, al hotel que tiene habitaciones disponibles un fin de semana de puente.
¿Qué significa ese número en la vida real?
El Indicador de Confianza del Consumidor (ICC) que publica cada mes el Inegi junto con el Banco de México no mide cuánto gasta la gente, sino algo más íntimo y poderoso: cuántas ganas tiene de hacerlo. Lo construyen a partir de miles de entrevistas donde preguntan cosas concretas a hogares de todo el país: ¿ves bien la economía hoy? ¿Crees que en un año estarás mejor? ¿Podrías comprarte una lavadora ahorita? Las respuestas se convierten en un número entre 0 y 100. Cincuenta es la línea que divide el optimismo del pesimismo. En marzo del 2026 ese número fue 44.1, casi seis puntos por debajo de esa frontera.
El indicador acumula quince lecturas a la baja y se mantiene en bajos niveles de optimismo, en un entorno de bajo crecimiento económico en el 2025 y con perspectivas poco favorables hacia el 2026.
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Lo que golpea con más fuerza no es el dato de un mes, sino la tendencia: quince meses consecutivos en caída anual equivalen a más de un año en que los mexicanos, mes tras mes, ven la economía peor que el mismo período del año anterior.
Lo que más preocupa dentro de los componentes del indicador es la percepción sobre el futuro del país. El componente que registró la mayor caída fue el de la expectativa sobre cómo estará la economía nacional dentro de doce meses, con un descenso de 3.5 puntos frente a marzo del 2025; la segunda peor lectura fue la percepción sobre la situación actual del país comparada con hace un año, que cayó 3.3 puntos.
O es sólo que hoy se sienta mal: es que tampoco se ve con claridad un horizonte mejor.
El impacto en Yucatán: cuando el cliente piensa dos veces
Aquí es donde los datos nacionales se vuelven historia local. Yucatán es un estado cuya economía depende, en proporciones significativas, de algo muy sensible al ánimo: el gasto de las personas. Las ocupaciones con mayor número de trabajadores en la entidad son empleados de ventas y dependientes en comercios –más de 83,000 personas– seguidos por trabajadores domésticos y comerciantes en establecimientos.
Cuando un consumidor decide pensarlo dos veces antes de comprar, ese efecto llega directo a decenas de miles de familias yucatecas que viven de atender a ese consumidor.
Y la señal más inquietante del reporte de marzo apunta exactamente ahí. El indicador sobre posibilidades de adquirir bienes duraderos –refrigeradores, lavadoras, televisores, muebles– se desplomó a 29.1 puntos, muy lejos del umbral de optimismo. Los datos reflejan que cayeron dos puntos las posibilidades actuales de los hogares para realizar compras de muebles, televisor, lavadora y otros aparatos electrodomésticos comparadas con las de hace un año.
En Mérida, donde las tiendas de electrodomésticos y las plazas comerciales han sido uno de los termómetros del crecimiento urbano de los últimos años, esa señal anticipa menor movimiento en los pisos de ventas.
No se trata solo de los artículos grandes. Las posibilidades de ahorro cayeron 2.1 puntos en comparación anual, y la percepción sobre la compra de bienes básicos –ropa, alimentos, zapatos– bajó 1.1 puntos.
La presión llega hasta lo cotidiano. La persona que recorre el mercado Lucas de Gálvez, la que entra a una tienda de ropa en Plaza Las Américas, la que decide si comer fuera o no el domingo: todas están procesando, aunque no lo sepan, ese pesimismo que el Inegi convirtió en número.
Especialistas señalan que este fenómeno responde tanto a factores internos como externos, incluyendo la percepción de incertidumbre económica en el país, y que el ánimo de los consumidores yucatecos se ha visto influenciado por ese panorama más amplio, lo que ha derivado en una menor disposición para realizar gastos.
La paradoja: los empresarios sí confían, pero el consumidor no
Aquí aparece una tensión que define el momento económico de Yucatán con precisión. Mientras el consumidor aprieta el bolsillo, el sector empresarial de la entidad muestra una lectura diferente. En marzo del 2026, Yucatán reportó una mejora en la confianza empresarial, con avances especialmente en los sectores de comercio y servicios, alineándose con una tendencia nacional donde algunas actividades han mostrado signos de recuperación. El contraste es revelador: los que producen y venden están relativamente optimistas; los que deben comprar, no.
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Ese desajuste no es menor. Una economía como la yucateca necesita que ambos lados del mostrador estén sincronizados. Si las empresas invierten y generan oferta, pero el consumidor retiene su gasto, el dinamismo se frena. Y hay una señal adicional que complica el panorama: al cierre de marzo del 2026, Yucatán figura entre los estados con crecimiento negativo en la generación de empleo formal durante el primer trimestre del año. Menos empleos formales significa menos gente con ingreso estable para gastar –un círculo que se retroalimenta.
El salvavidas turístico
Hay, sin embargo, una válvula de alivio que Yucatán tiene y que otros estados no pueden presumir de la misma manera: el turismo. Y en los datos de marzo apareció un guiño positivo: la expectativa de salir de vacaciones registró una leve mejora mensual. Para un destino que ha consolidado a Mérida como una de las ciudades más visitadas del país, ese matiz importa.
Los primeros meses del 2026 mostraron estabilidad alentadora para los comerciantes del Centro Histórico, quienes reportan flujo continuo de clientes, y la combinación de clima favorable, actividades culturales y la consolidación de Mérida como destino turístico ha contribuido a ese comportamiento. El turismo externo –tanto nacional como internacional– funciona como un colchón que amortigua lo que el consumidor local deja de gastar. Pero ese colchón tiene límites.
Yucatán puede crecer por encima del promedio nacional –como lo hizo en el 2025– y al mismo tiempo sentir el peso de un consumidor nacional más cauteloso, con menos ahorro y menos ganas de abrir la cartera. Los dos escenarios no se contradicen: coexisten, y hacen que el crecimiento sea más frágil de lo que los titulares optimistas sugieren.
El reto de los próximos meses es claro: si el pesimismo sobre la economía nacional persiste y el empleo formal no repunta en la entidad, el consumo interno –ese motor silencioso que mueve a los comercios, los restaurantes, los hoteles y los mercados de Mérida– seguirá marchando con el freno puesto.