Cultura

A Kind of Blue: antes y después

Pedro de la Hoz

El 2 de marzo de 1959 representó un parteaguas en la historia del jazz. Ese día, en el estudio de la Columbia en la calle 30 de Nueva York, el sexteto de Miles Davis grabó las primeras sesiones del disco A Kind of Blue, completado luego el 22 de abril. Cuando el álbum comenzó a circular, los aficionados más atentos advirtieron que algo muy nuevo sucedía en el jazz. El tiempo les dio la razón: A Kind of Blue significó un antes y después.

Los adictos a las etiquetas dirán que entonces nació el jazz modal. En realidad no fue así; la introducción de principios armónicos y estructurales que prescindían de un centro tonal y las progresiones acordales hasta entonces predominantes en el lenguaje jazzístico, comenzó a incubarse unos años antes.

Basta con escuchar algunos solos del saxofonista Coleman Hawkins –sobre todo en el disco Monk’ Music, a la vera del genial Theolonius Monk–, y de su colega Lester Young en Pres and Teddy. Y explorar al propio Davis en su Milestones, de 1958. La clarinada la había dado el compositor y teórico George Russel cuando publicó en 1953 el tratado, Concepto cromático Lidio de organización tonal, donde aventuró lo que se estaba fraguando.

Davis se lanzó a fondo cuando encontró complicidad en el pianista neoyorquino Bill Evans, portador de un estilo sutil y evocador, de lirismo sereno y una visión introspectiva, en el que mucho tuvo que ver su gusto por la obra de los impresionistas franceses, particularmente Ravel y Debussy.

Para A Kind of Blue, Davis, trompetista, completó un sexteto integrado por uno de los mejores saxofonistas que en el mundo han sido, John Coltrane; el contrabajista Paul Chambers; Jimmy Cobb en la batería, Cannoball Aderley en el saxofón alto; y Evans al piano en casi todas las piezas, salvo en Freddie Freeloader, donde intervino Wynton Kelly.

Tomando como fuente el libro de Ashley Kahn, Miles Davis y Kind of blue (2000), el crítico español Diego Manrique evoca la atmósfera que rodeó el parto del fonograma: “Davis podía llevar meses masticando la jugada, pero prefería que los músicos arribaran al estudio sin rutinas aprendidas: buscaba la respuesta fresca, la intuición inmediata. Además, tres de ellos tenían madera de líderes y convenía embridarlos. Eso exigía pasmosa seguridad por parte de Miles: en 1959 se entraba a grabar como si se acudiera a una iglesia y se asumía que todos iban convenientemente ensayados. (…) Los instrumentistas pisaron cautelosa y relajadamente un terreno desconocido. Davis mostraba los rudimentos de cada pieza y se lanzaban a volar”.

Cinco obras integran el disco. Tan solo de la primera, So what existen infinidad de versiones, entre ellas las de Ron Carter, Marcus Miller, George Benson y el propio Coltrane. Se ha convertido en un estándar del jazz.

Ante el clamoroso éxito de Kind of Blue nunca faltaron detractores. De una parte los que acusaban a Davis de haber dejado atrás el legado africano del género; de otra, los que reprochaban la adopción de una música demasiado intelectual.

Al comentar la experiencia del disco, Bill Evans escribió: “Existe un arte visual japonés en el que el artista es forzado a ser espontáneo. Debe pintar en una delgada superficie con una brocha especial y pintura negra en una forma tal que cualquier interrupción del movimiento natural del pincel puede destruir la línea o romper la membrana. Estos artistas deben practicar con especial disciplina, de forma tal que permitan que la idea se exprese a sí misma en comunicación tan directa con las manos que la deliberación no pueda interferir. El resultado de estas pinturas carece de la complejidad y texturas de la pintura tradicional, pero se dice que quien las observe verá que lo capturado rebasa cualquier explicación. Esta convicción, de que la escritura directa es la más significativa reflexión, creo, ha incitado la evolución de una de las más extremas y severas disciplinas del jazz, la improvisación”.

El símil utilizado por Evans es consistente. Para verificarlo habrá que volver a escuchar A Kind of Blue.