El socialismo no es una entidad que se construya, sino un estado social que se alcanza con el progreso de las fuerzas productivas y el buen gobierno. El socialismo en cualesquiera de las versiones -escandinavo, socialdemócrata, con rostro humano o asiático-, tiene futuro; quien no lo tiene es el modelo soviético, un enfoque trascendido.
Aquel proyecto propuso una ruptura total con el capitalismo, entronizando la dictadura de proletariado, lo que conllevó a la creación de nuevas estructuras políticas, económicas y sociales, y demandó afanes de creatividad nunca alcanzados y desgastantes esfuerzos. Las dimensiones totales, la escala planetaria, algunos errores y absurdos explican las dimensiones y repercusiones del fracaso. El fervor revolucionario y la movilización popular en Rusia, otras regiones del imperio zarista que condujeron al triunfo de los bolcheviques, a la consolidación del poder soviético, al éxito en la Guerra Civil, a la victoria sobre el fascismo y a la reconstrucción del país en la posguerra, fue paulatinamente absorbido y desnaturalizado por la burocratización, el formalismo y la simulación, constantes del sistema.
Se trató de un proceso temprano y con anomalías asociadas a la muerte de Vladimir I. Lenin, la sucesión tramitada por Joseph Stalin, que llegó al poder manipulando al Partido Comunista, la polémica con León Trotski y la fundación de la URSS mediante un proceso que incluyó altas dosis de compulsión política, entre otras cosas para sumar países que preferían la independencia. De allí nació el stalinismo, arquetipo de la arbitrariedad política, y que conllevó a la represión física o ideológica en las fi las propias, a la aplicación a rajatablas del centralismo democrático y dio lugar a pugnas internas e incoherencias silenciadas, aunque nunca resueltas.
Esas y otras anomalías, entre ellas la lectura errónea de la obra teórica de Caros Marx y el dogmatismo enrarecieron el desempeño de las fuerzas políticas que conducían el proceso, principalmente en el partido, que monopolizó la gobernanza y dejó de ser una fuerza política para transformarse en un órgano de poder. El proceso soviético, incluidos sus defectos estructurales y sus errores, entre ellos la sacralización del liderazgo y del poder, se copió al carbón en los países en los cuales se implantó el llamado socialismo real, dando lugar a sociedades autoritarias, gestionadas desde arriba, en las cuales estuvieron presentes todas las formas de participación popular, menos las independientes o autogobernadas. La eliminación de la noción de la independencia y la autonomía de los poderes estatales y sociales dio lugar a enormes confusiones institucionales. No hace mucho presencié a un vocero cubano que, al criticar la división de poderes propias del liberalismo, defendió la idea del “poder único” y en el colmo de la equivocación, aludió al “poder del partido”.
Amparadas en deformaciones tomadas como hallazgos científi cos o principios sustentados en deformaciones teóricas, se crearon défi cits de democracia, de derechos humanos y civiles, de auténtica participación. Con el tiempo, como si fueran logros frente a la burguesía, se suprimieron todos los espacios para la crítica, la oposición, la independencia de la prensa hasta alcanzar niveles irreversibles. En aquellos entornos, las organizaciones sindicales, estudiantiles, femeninas, así como las asociaciones profesionales de maestros, periodistas, científi cos, artistas y escritores que efectuaban eventos, congresos y elecciones, en el apogeo del sistema no tenían reparos en asumir que eran poleas de transmisión desde la cúpula del Partido hacia el pueblo.
Debido a la anulación del carácter y el papel de la sociedad civil, en estos países, el apoyo popular fue totalmente institucionalizado y, cuando se hacía referencia a este, se trataba de estas organizaciones. En la URSS el Partido Comunista llegó a tener 25 millones de militantes y su organización juvenil, el Komsomol, 40 millones. Los sindicatos alcanzaron los 100 millones de afi liados. Entre otros factores el gigantismo y la unanimidad fi cticia debilitó a estas entidades contaminadas por las malformaciones del sistema que llegaron a anularlas. Todo ello, sumado a otros factores, explican porque, en el dilatado y convulso proceso interno que condujo a la disolución del campo socialista y al colapso soviético, ninguna de estas entidades reaccionó en defensa del sistema.
El pueblo, la clase obrera y los intelectuales que no promovieron el cambio porque carecían de mecanismos de participación para hacerlo; por las mismas razones no se opusieron a ellos. En Cuba, donde la alianza con la Unión Soviética fue una alternativa frente a la agresividad de los Estados Unidos, la asimilación del modelo político, económico e institucional soviético se produjo en circunstancias caracterizadas por los peligros mortales que signifi caban la actitud del imperialismo.
La concertación política e ideológica, sustentada por la colaboración económica, duró hasta la desaparición de la URSS. Ante el colapso, Fidel Castro llamó a la resistencia y a salvar lo que pudiera ser salvado del proceso de construcción socialista en marcha. No obstante, en la medida en que se hicieron inaplazables, se introdujeron cambios imprescindibles, incluso en la Constitución, de la cual se eliminaron las alusiones a la Unión Soviética que, según Fidel Castro no debieron incluirse, y se avanzó en aspectos económicos como la reintroducción del trabajo por cuenta propia y la apertura a la inversión extranjera.
Un elemento que no ha tenido la relevancia esperada al ser cooptado por otras disposiciones, fue la introducción del voto directo en la elección de los diputados. Fue relevante que los legisladores de entonces no se conformaron con suprimir el ateísmo, sino que avanzaron hacia la entronización del laicismo en las estructuras estatales. Aquellas reformas sirvieron de acicate e inspiración, entre otras cosas para la resistencia ante presiones, amenazas y acciones del imperio que, como las leyes Torricelli y Helms-Burton apretaron el dogal del bloqueo y para futuros avances como las ideas y propuestas introducidas por Raúl Castro.
Aquellos esclarecimientos y esfuerzos, en particular de Raúl Castro, que tan insistente como infructuosamente llamó a los cambios de mentalidad de los dirigentes que, no obstante, la resistencia, dieron lugar a los Lineamientos del Partido, a los pronunciamientos a favor de la rectificación en los eventos partidistas, y la conceptualización teórica para la construcción del socialismo que, ha merecido los honores de las gavetas. Comparto con el presidente la idea de que, por ahora, no hacen falta reformas políticas, de las cuales, aunque él no lo crea, son portadoras algunas de las 176 medidas y que, en su momento llegarán solas.
Suscribo sus convicciones del socialismo como meta histórica, aunque insisto en la necesidad de definiciones. Si por socialismo se entiende el modelo soviético, le arriendo la ganancia. En esos entendidos, es preciso refl exionar además sobre el alcance del concepto, “Estado socialista de derecho…” y de su conexión, entre otras cosas, con la administración de justicia, las relaciones de propiedad, los límites de la discrecionalidad de atribuciones de funcionarios y entidades estatales. Sin formalismos, tabúes ideológicos, descalifi caciones ni exclusiones, sería pertinente dar dimensión plural y social, así como alcance internacional a las refl exiones sobre esos y otros asuntos cuyo esclarecimiento conceptual es relevante.
La academia cubana en los ámbitos jurídicos, humanistas y de la información, debería tomar parte activa en esos procesos, no sólo para aportar, sino para nutrirse, revisarse y fortalecerse. Cuba que ha comprendido que, al intentar romper con el capitalismo, se excedió al suprimir estructuras como el mercado, el sector privado, las libertades económicas que impidieron el emprendimiento de los ciudadanos, hace bien en rectifi - car para lo cual sirven las 176 medidas aprobadas. No obstante, necesita arrojar lastres ideológicos, teóricos y culturales. La experiencia soviética es un legado por heroica pero un peso muerto en cuanto a las estructuras sociales. El Gobierno, el Partido, el Estado, el Parlamento, la Sociedad Civil y otras instancias deberían tomar notas