Cada vez que México participa en una Copa del Mundo ocurre algo extraordinario. Durante unos días desaparecen muchas de las diferencias que nos dividen. La política pasa a segundo plano, las redes sociales cambian de tono y millones de personas encuentran un motivo común para creer. En las calles, en los hogares, en los centros de trabajo y en las escuelas vuelve a escucharse una palabra que a veces olvidamos pronunciar con orgullo: México.
No es solamente futbol. Es la demostración de que, cuando compartimos un propósito, somos capaces de sentirnos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos. Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿por qué esa fuerza colectiva parece durar sólo mientras rueda un balón? Con frecuencia escuchamos que México no puede cambiar, que los problemas son demasiado grandes o que siempre habrá alguien más responsable de resolverlos. Sin embargo, nuestra propia historia desmiente ese pesimismo.
Los mexicanos hemos demostrado una y otra vez una extraordinaria capacidad para organizarnos frente a la adversidad, reconstruir ciudades después de desastres naturales, levantar empresas, crear ciencia, producir cultura, competir en el deporte y sobresalir en cualquier lugar del mundo. La capacidad nunca ha sido el problema. Lo que muchas veces ha faltado es convertir ese talento colectivo en un proyecto cotidiano de nación. Así como un equipo no gana un campeonato únicamente por el entusiasmo de su afi ción, un país no transforma su realidad solamente con buenos deseos. Las victorias duraderas se construyen con disciplina, preparación, respeto por las reglas, trabajo constante y confianza mutua.
Las naciones también funcionan de esa manera. El verdadero campeonato de México no termina con la final de un Mundial. Se juega todos los días en la familia que educa con valores; en el ciudadano que respeta la ley aunque nadie lo observe; en el servidor público que entiende que servir no es aprovecharse; en el empresario que genera empleo con responsabilidad; en el maestro que forma ciudadanos antes que profesionistas; en el joven que decide construir en lugar de destruir. Los grandes cambios de una nación nunca empiezan en el poder. Empiezan en la conciencia de su gente.
Por eso la pregunta “¿Y si sí, México?” no es un eslogan. Es una invitación a reflexionar sobre el país que podemos construir cuando dejamos de esperar soluciones ajenas y asumimos nuestra propia responsabilidad. La Copa del Mundo terminará. Como siempre, volveremos a nuestras actividades, a nuestras preocupaciones y a los desafíos cotidianos. Pero quizá ese sea precisamente el momento más importante. Porque entonces ya no habrá estadios llenos ni himnos antes del partido. Sólo quedará una decisión.
La capacidad de México nunca ha estado en duda. Está en su gente. Está en su historia. Está en millones de hombres y mujeres que todos los días trabajan, educan, emprenden y sirven con dignidad. Sólo falta decidir hacerlo. El día que esa decisión sea colectiva, dejaremos de preguntarnos “¿Y si sí, México?” y comenzaremos a afi rmarlo con hechos. Porque los grandes cambios nunca empiezan con una victoria deportiva. Empiezan cuando una sociedad decide cambiar su destino. Entonces ya no será una ilusión. Será, simplemente, ¡Sí México!