La naturaleza de las medidas recién entronizadas por la Dirección cubana para tratar de relanzar la economía, significan trascendentales cambios de forma y contenido en la conducción de la economía nacional y los intercambios internacionales, en ambos casos con matices políticos y fuertes impactos en los consensos sociales y en los necesarios ajustes para la operación del Sistema Socialista en su conjunto.
Obviamente, se tratará de un proceso difícil, no exento de contradicciones y tensiones en el cual la diversidad de puntos de vista y el debate social es positivo para contribuir a la aplicación de las reformas y procurar comprensión ante los inevitables costos sociales del empeño.
Dada la crisis que abarca la totalidad de la economía y la sociedad cubana en su conjunto, la velocidad con que se apliquen y avancen las disposiciones, es importante para paliar el malestar y sufrimiento de millones de personas afectadas por la situación reinante, no pocas veces calificada de insoportable.
Por otra parte, dadas las decisivas connotaciones internacionales, tal vez sea aconsejable, moderar el discurso oficial porque no es posible atraer a los capitalistas extranjeros y a los potenciales inversionistas entre los cubanos de ultramar para que convivan con consignas acerca de la construcción del socialismo bajo la dirección del Partido Comunista.
No se trata de discreción o de ejercer artes de simulación, sino de perfilar la gobernabilidad, excluyendo el abuso de consignas, favoreciendo los análisis conceptuales y evitando la tendencia a la agitación y a las críticas de confrontación, sin pretender hacer a la vez la política y la anti política.
Más de una vez he comentado las reflexiones de Fidel Castro cuando en los años 70 y 80 del pasado siglo fue necesario dialogar con representantes de la emigración radicada en Estados Unidos y corregir las políticas aplicadas hacia ese sector de la población cubana cosa que, dado antecedentes políticos e ideológicos, no complacía de modo unánime a los cuadros del partido y del Estado a los cuales convocó para explicar y defender las medidas adoptadas.
Recuerdo como Fidel explicó la complejidad de implementar “políticas difíciles”, sobre todo cuando implican rectificaciones y conllevan a desdecirse respecto a preceptos en los que se creía. En estos casos se trata también de desaprender, es decir remover de las mentes conocimientos erróneos e instalar verdades que siempre estuvieron en el horizonte, pero no fueron percibidas e incluso se rechazaron. Las medidas que ya han comenzado a implementarse en Cuba, muchas de las cuales significan rectificaciones de acciones que en sus momentos fueron o parecieron justas y necesarias y después de décadas han resultado ineficaces o contraproducentes, en cuyo caso a veces se requieren autocríticas, son parte de esas políticas difíciles.
El proceso iniciado que avanza sobre una línea de no retorno y cuya realización implica cambios de acentos y precisiones políticas, traerá aparejados tanto éxitos como costos sociales, más que preocupar debería ratificar. En cualquier caso, la rectificación y la maduración de las nuevas políticas, unas más que otras requerirán tiempo.
Es importante comprender que no se trata de renunciar al proyecto social socialista, sino de entenderlo de otro modo porque, a la luz de la experiencia histórica es compatible no sólo con el mercado, el sector privado, el cese de los monopolios estatales, incluido la tenencia de la tierra, los ajustes en la planificación centralizada, la democracia y otras estructuras, sino incluso con el capitalismo, tal y como se presenta en algunos países socialmente avanzados, en los cuales se han desplegado los estados de bienestar y funciona la economía social de mercado.
En una de mis primeras clases de Economía Política me explicaron sobre el ludismo, un movimiento político de principios del siglo XIX surgido entre obreros europeos que culpaban a las máquinas del desempleo, las extenuantes jornadas laborales, los accidentes en el trabajo y de otros hechos ligados con la mecanización, cosa en la cual estaban obviamente equivocados.
Lo socialista no son las empresas ni las máquinas, los medios de producción, las materias primas o la tierra. Lo socialista es el Estado cuando, como núcleo del sistema político, se orienta al bien común, en un clima de avenencia colectiva y paz social, asegura rangos de equidad y justicia en la distribución de la riqueza social producida, establece políticas sociales y legislaciones laborales avanzadas, asegura servicios públicos para todos y vela por los derechos humanos y civiles y la administración de la justicia con probidad.
No importan rasgos diversos en el entramado social, lo importante es saldar la crisis para consolidar el proceso y salvar sus esencias. El dogmatismo aplicado a la política consiste en no comprender que las cosas pueden ser de otra manera. Es el caso.