El conflicto con Irán por el enriquecimiento de uranio que crea condiciones para fabricar la bomba atómica, los progresos y las advertencias de Corea del Norte en la materia y la guerra en Ucrania que involucra a cuatro países con armas nucleares, Rusia, Estados Unidos, Reino Unido y Francia, amenazan con el empleo de bombas atómicas y la proliferación.
A ello se suma la virtual quiebra del sistema de seguridad colectiva mundial del cual forma parte el Tratado de No Proliferación Nuclear del que Irán, Ucrania y otros países amenazan con retirarse. A ello se añade los ataques de Rusia, Ucrania y Estados Unidos en áreas aledañas a las centrales electronucleares de Zaporiyia, en Ucrania, y las iraní, en Bushehr, las dos primeras en funcionamiento, mientras la última se construye en Darkhoven, Irán.
La central nuclear de Zaporiyia está enclavada en una zona de guerra activa en Ucrania; de hecho, desde los primeros días de la guerra fue ocupada por Rusia y ha estado en peligro permanentemente. Entre tanto, la iraní de Bushehr se encuentra en las márgenes del Golfo Pérsico y las inmediaciones del Estrecho de Ormuz, otro teatro de operaciones militares.
El irresponsable comportamiento de los combatientes en estas guerras, además de los peligros que implican las instalaciones nucleares existentes, favorece el desencadenamiento de otra ronda de proliferación nuclear como la que llevó a India, Pakistán y Corea del Norte a la posesión de tales ingenios.
Al respecto en los años 50 del pasado siglo XX, el presidente de los Estados Unidos, Dwight Eisenhower, que era el principal general de Estados Unidos cuando fueron fabricadas y lanzadas sobre Japón dos bombas atómicas, lo cual según se ha afirmado no aprobó, estimó que unos 20 países poseían condiciones económicas y técnicas para fabricar tales armas de destrucción masiva, cosa que un país atrasado y pobre, como era entonces China había realizado.
El cálculo de Eisenhower y la existencia de la Guerra Fría, aumentó los peligros de una conflagración nuclear, lo cual dio lugar al Programa de Estados Unidos Átomos para la paz (1953), a la constitución de la Organización Internacional de la Energía Atómica (1957), órgano de control nuclear de la ONU y a la aprobación del Tratado de No Proliferación (1968). Tales esfuerzos no evitaron el almacenamiento y emplazamiento de armas nucleares de Estados Unidos en sus bases en Europa y Turquía ni la Crisis de los Misiles en Cuba. Tampoco el acceso y la prueba de armas nucleares por parte de India (1974), Pakistán (1998), Corea del Norte (2017), según se sospecha también se sumaron Israel y Sudáfrica. Con razón, en el 1963 el presidente John F. Kennedy había advertido que: “Para el 1970 en lugar de cuatro podían haber 15, 20 o 25 países con armas nucleares”.
Al respecto, Rusia ha trasladado armas nucleares tácticas a Bielorrusia, se ha mencionado que algunos de los países nucleares de la OTAN pueden hacerlo mismo en Ucrania y recientemente ha trascendido que, el Servicio de Inteligencia de Rusia ha revelado que Alemania podría crear una bomba nuclear en un año lo cual, según Estados Unidos, Irán puede hacer en un período semejante y varios países de Oriente Medio han advertido que harán lo mismo si Irán lo logra.
Alemania, Australia, Canadá, Japón, Corea del Sur, varios países europeos; así como Brasil y Argentina en América Latina son productores de tecnología atómica, legalmente enriquecen uranio y cuentan con potencial industrial y dinero para sumarse a la proliferación nuclear que parece estar a la vuelta de la esquina. Los peligros son enormes.
Ayer se firmó un pacto mediante el cual EE.UU. facilitará tecnología a Arabia Saudita para el enriquecimiento de uranio, lo que convertiría a esa nación árabe en un nuevo estado nuclear, según pronóstico de expertos.