Hay momentos en que una guerra deja de pertenecer a los países que disparan. Lo que ocurre entre Estados Unidos, Israel e Irán es uno de ellos. Porque después de meses de bombardeos, represalias, sanciones, amenazas y negociaciones inconclusas, la pregunta ya no es solamente quién posee más aviones, más misiles o mayor capacidad de destrucción. La pregunta es otra: ¿Cuántos errores puede cometer una misma política antes de aceptar que el error está en la política?
Y hay una segunda, todavía más incómoda: ¿Está ganando Estados Unidos la guerra contra Irán? ¡¡¡Porque Ganar no es solamente bombardear!!! Está lejos de serlo.
Estados Unidos e Israel poseen una superioridad militar indiscutible sobre Irán. Han golpeado instalaciones estratégicas, infraestructura y capacidades militares iraníes. Teherán ha sufrido pérdidas humanas, económicas y materiales enormes.
Pero Irán no capituló ni el Estado se derrumbó. Su estructura militar no desapareció. Teherán respondió contra Israel y contra intereses estadounidenses en la región y convirtió el estrecho de Ormuz en una de sus principales palancas de presión sobre la economía mundial.
Entonces aparece una distinción fundamental que las grandes potencias suelen olvidar: una potencia puede ganar batallas y no ganar una guerra. Y es que las guerras no se miden solamente por la cantidad de objetivos destruidos sino también por los objetivos políticos alcanzados.
Y ahí el balance resulta mucho más incómodo para Donald Trump. Si el objetivo era doblegar a Irán, no ocurrió. Si era garantizar una solución definitiva al problema nuclear iraní, tampoco. Si era conseguir mediante la presión militar una rápida capitulación de Teherán, la realidad demuestra que el cálculo fue equivocado, subestimaron a los iraníes. Incluso, si el propósito último era estabilizar Medio Oriente, basta mirar el mapa para comprender hasta qué punto ese objetivo continúa distante.
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Yo vi lo que viene después
Cuando fui corresponsal de guerra vi caer a Muamar Gadafi en Libia.
Vi su brutal final después de más de cuatro décadas en el poder y vi también algo que desde la distancia muchas veces se olvida: derribar a un gobernante no significa construir un país mejor después.
Gadafi murió en 2011, después de una intervención militar de la OTAN iniciada bajo el argumento de proteger a la población civil. Entonces, Occidente pudo considerar cumplido el objetivo militar pero luego luego llegó la otra historia: fragmentación del Estado, proliferación de milicias (me tocó verlas actuar con dureza contra los migrantes), enfrentamientos internos, violencia, tráfico de personas y claro, muchos años de inestabilidad.
Lo vi como periodista. Por eso, cuando escucho nuevamente discursos que presentan la destrucción militar de un adversario como el camino más corto hacia la estabilidad, inevitablemente recuerdo Libia.
Pero Irán no es Libia.
Y esa diferencia resulta esencial para comprender lo que está ocurriendo. Irán ha sido escenario de bombardeos, sanciones, bloqueos, amenazas y una extraordinaria presión militar y económica. Ha perdido dirigentes, instalaciones e infraestructura. Su población está pagando un precio enorme.
Pero el Estado iraní no se derrumbó. Sus Fuerzas Armadas no desaparecieron. Su capacidad de respuesta no fue eliminada. Su gobierno no capituló.
Y, por lo que ha expresado Teherán, tampoco piensa hacerlo por muchas presiones adicionales que lleguen desde Washington.
Ese es precisamente el problema que enfrenta Trump de cara a las elecciones de noviembre próximo. Estados Unidos puede incrementar el costo que paga Irán. Puede destruir más infraestructura, endurecer las sanciones y elevar todavía más la presión económica.
Lo que no ha demostrado es que pueda transformar toda esa superioridad militar en el resultado político que buscaba. Ahí está la diferencia entre destruir y vencer.
Libia terminó demostrando que incluso la caída del adversario puede abrir una tragedia mayor. Irán está demostrando algo distinto: un país puede padecer por la enorme superioridad militar enemiga y, aun así, negarle al adversario la capitulación que necesita para proclamar una victoria definitiva.
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¿Perdió Trump?
Es lo que todos se han preguntado. Decir simplemente que Donald Trump perdió militarmente la guerra sería una simplificación. Pero afirmar que no ha conseguido los objetivos políticos que permitirían hablar de una victoria estadounidense es otra cosa. Y eso es lo que perseguía entre otras cosas. Las elecciones intermedias se acercan.
Estamos ante varios intentos de resolver el mismo problema mediante distintas dosis de una estrategia esencialmente idéntica.
Bombardear.
Amenazar.
Negociar.
Sancionar.
Volver a amenazar. Y cuando el resultado no corresponde a las expectativas, aumentar nuevamente la presión
¿Cuántas veces puede repetirse ese ciclo antes de preguntarse si la estrategia está produciendo exactamente lo contrario de aquello que buscaba?
Porque una de las consecuencias más peligrosas podría ser ésta: convencer a Irán, y de paso a muchos otros países, de que su supervivencia no depende del derecho internacional ni de los acuerdos, sino de poseer suficiente capacidad militar para hacer demasiado costoso cualquier intento de destruirlo.
Ese sería un resultado extraordinariamente peligroso para el mundo.
La extraña “posición de fuerza” iraní
Por eso resultan particularmente interesantes las palabras del presidente iraní, Masoud Pezeshkian, al defender que ha llegado el momento de terminar la guerra cuando Irán se encuentra en una “posición de fuerza”.
¿Qué significa estar en posición de fuerza después de meses de ataques, daños económicos, destrucción de infraestructura y enormes pérdidas?
No significa que Irán haya derrotado militarmente a Estados Unidos. Significa haber sobrevivido a una guerra profundamente asimétrica. Aquí, la victoria del más débil no consiste en conquistar Washington ni en derrotar a la Fuerza Aérea estadounidense.
Puede consistir simplemente en impedir que el adversario consiga aquello por lo cual inició la guerra. Hoy en día Irán conserva su Estado, su capacidad militar y de represalia, así como su influencia regional.
Y lo más importante: conserva una de las cartas geopolíticas más cruciales del planeta: el estrecho de Ormuz.
No perdamos de vista que después de toda la presión ejercida, Washington todavía necesita negociar con el mismo Estado que pretendía doblegar. Y de esa “posición de fuerza” habla el líder iraní. No es invulnerabilidad. No es victoria militar. Es capacidad para no rendirse y todavía negociar. Y en una guerra contra la principal potencia militar del planeta, esa diferencia resulta fundamental.
Ormuz: donde una guerra regional se vuelve mundial
El estrecho de Ormuz explica mejor que cualquier discurso por qué ésta dejó de ser solamente una guerra de Medio Oriente.
Por esa estrecha vía marítima pasa una parte fundamental del petróleo y del gas comercializados internacionalmente. Un misil puede explotar a miles de kilómetros de América Latina y terminar reflejándose en el precio de la gasolina. Un barco detenido puede modificar los costos de transporte en Europa. Una amenaza sobre Ormuz puede mover los mercados asiáticos. Una sanción estadounidense contra Irán puede alterar decisiones comerciales de China.
Así funciona el mundo globalizado que construimos y que no es ajeno a los de América Latina. Se refleja en nuestros bolsillos.
Durante décadas celebramos que mercancías, capitales e información pudieran atravesar el planeta en cuestión de horas.
Ahora descubrimos la otra cara de esa interdependencia: también globalizamos las consecuencias de las guerras y estas guerras no le convienen a los comunes hombres del planeta. Son pocos los que se benefician vendiendo armamento y similares para la guerra.
Israel y la política de abrir otro frente
Y está Israel. Cada vez resulta más difícil encontrar una crisis regional en la que el gobierno de Benjamín Netanyahu no termine ampliando el radio de confrontación: Gaza, Líbano, Siria, Irán. Y ahora una tensión cada vez mayor con Turquía.
Ankara ha solicitado a Interpol una orden internacional contra Netanyahu. La respuesta del primer ministro israelí fue atacar personalmente al presidente Recep Tayyip Erdogan y calificarlo de “dictador antisemita”.
No estamos hablando de dos actores marginales. Israel es el principal aliado estadounidense en Medio Oriente. Turquía posee uno de los ejércitos más importantes de la región y es miembro de la OTAN. La escalada verbal se suma a las tensiones provocadas por las operaciones israelíes en Siria y por los intereses enfrentados de Ankara y Tel Aviv.
Y otra vez aparece el mismo patrón.
Ante cada problema, abrir otro frente.
Israel puede conseguir éxitos militares inmediatos con esa estrategia. Pero acumular enemigos no significa necesariamente acumular seguridad. Una política de ataques permanentes puede destruir muchas amenazas y, al mismo tiempo, producir otras nuevas.
Por eso Washington debería hacerse otra pregunta: ¿hasta dónde Estados Unidos diseña su propia política hacia Medio Oriente y hasta dónde termina siendo arrastrado por las decisiones del gobierno de Netanyahu?
Una alianza no debería significar aceptar automáticamente cada escalada del aliado. Mucho menos cuando las consecuencias terminan pagándolas países que nunca participaron en las decisiones que condujeron a ella.
Y ojo que el problema ya no es Irán
Quizá ése sea el mayor error conceptual. Seguimos hablando de “la guerra con Irán” como si Irán fuera un compartimento aislado del planeta. No lo es.
Ormuz puede alterar los precios internacionales de la energía.
Una confrontación entre Israel y Turquía afectaría los equilibrios internos de la OTAN. Los países del Golfo observan y calculan cuánto vale realmente la protección estadounidense. Y observan China, Rusia, Europa y buena parte del Sur global también toma nota.
Porque detrás de esta guerra existe una discusión mucho mayor: ¿quién escribe las reglas del siglo XXI?
Las grandes potencias reclaman respeto al derecho internacional cuando les conviene y encuentran argumentos para bordearlo cuando consideran amenazados sus intereses.
Las instituciones multilaterales continúan existiendo, pero su capacidad para detener guerras resulta cada vez más limitada, una realidad que debería preocupar especialmente a las naciones medianas y pequeñas. Porque un mundo sin reglas no es un mundo de iguales. Es un mundo donde manda quien posee más armas, más dinero, más tecnología y mayor capacidad para castigar a los demás.
¿Cuántas veces más?
Trump prometió durante años poner fin a las guerras interminables. Sin embargo, Washington vuelve a encontrarse atrapado en la lógica que tantas veces criticó: presión militar, sanciones, amenazas, negociaciones y nuevamente presión militar.
Irán continúa allí. Israel sigue ampliando sus frentes.
Ormuz continúa siendo una palanca sobre la economía mundial y Estados Unidos sigue buscando cómo transformar su enorme superioridad militar en un desenlace político satisfactorio.
Eso debería provocar una reflexión.
No porque Irán haya ganado la guerra, sino porque Estados Unidos tampoco ha conseguido ganarla en los términos que él mismo planteó.
Las superpotencias suelen cometer un error histórico: confundir superioridad militar con capacidad ilimitada para imponer resultados políticos.
Vietnam lo demostró.
Afganistán volvió a demostrarlo.
Irak debería haberlo dejado suficientemente claro.
Y Libia dejó otra advertencia que yo tuve oportunidad de observar personalmente: incluso cuando consigues derribar al adversario, todavía queda la pregunta más difícil de todas.
¿Y después qué?
Puedes destruir mucho más que tu enemigo y aun así no conseguir aquello que buscabas.
Puedes dominar el cielo y no controlar el desenlace.
Puedes anunciar una victoria y encontrarte meses después negociando nuevamente con el adversario supuestamente derrotado.
Puedes endurecer las sanciones después de bombardear y bombardear después de sancionar.
Hasta que inevitablemente aparece la pregunta: ¿cuántas veces hay que comprobar que una política no funciona antes de cambiarla?
El mundo que nos tocó vivir
Existe todavía un peligro mayor que perder una guerra. Es Acostumbrarnos a ellas. Ha ocurrido con Gaza.
Sucede con conflictos que durante algunos días ocupan las primeras planas y después terminan convertidos en una cifra más dentro del flujo cotidiano de noticias.
La normalización de la guerra quizá sea una de las derrotas más profundas de nuestra época. ¡Y de eso debemos hablar!
Estamos entrando en un mundo marcado por la competencia entre Estados Unidos y China, la guerra en Europa, la inestabilidad de Medio Oriente, la carrera tecnológica, los minerales estratégicos, las rutas comerciales, el petróleo, el control de los mares y una nueva carrera armamentista.
Ya no se disputa solamente territorio.
Se disputa poder.
Se disputan mercados.
Se disputan recursos.
Y, sobre todo, se disputa quién tendrá derecho a establecer las reglas del nuevo orden internacional. Yo vi en Libia hasta dónde puede llegar la ilusión de que destruir es resolver.
Quince años después, Irán nos presenta la otra cara de aquella lección: la enorme capacidad destructiva de una potencia tampoco garantiza la rendición de quien está dispuesto a resistir. Todavía queda la diplomacia y aún existe la posibilidad de comprender que seguridad no puede significar necesariamente destrucción del adversario.
Puede parecer ingenuo en estos tiempos.
Mucho más ingenuo sería creer que podemos continuar acumulando guerras, sanciones, bloqueos, armas y amenazas sin que alguna vez perdamos el control.
Irán puede parecer muy lejos. No lo está.
Ormuz demuestra que en el siglo XXI casi ninguna guerra queda suficientemente lejos.
Porque cuando las reglas dejan de contener al poder, cuando la diplomacia se sustituye por la amenaza y cuando la guerra empieza a parecernos normal, ya no importa solamente quién ganó la última batalla.
Importa qué clase de mundo quedará después.
Tenemos una extraordinaria capacidad para hacer la guerra y una sorprendente incapacidad para aprender de ella.
Y ese, desgraciadamente, es el mundo que nos tocó vivir.